martes, 30 de junio de 2009

La cultura del pan en Ariño (V)


Como vemos todas estas labores eran pesadas, y había que realizarlas en el menor tiempo posible. Las familias que se dedicaban exclusivamente a la agricultura normalmente tenían más tierras, así que entre atender lo que tenían de cereales y la huerta, iban siempre “azacanados”, como se decía en Ariño, es decir desbordados por sus muchos trabajos. En las que tenían unas cuantas tierras de secano y algo de huerta, que eran la mayoría, los hombres generalmente trabajaban además en las minas, así que el trabajo también les sobraba por todos lados y no les quedaba más remedio que emplear, además de todos los días festivos, parte de sus vacaciones reglamentarias, reservándose el resto para coger las olivas. En una palabra, que todos, hombres mujeres (y hasta los niños) en verano trabajábamos muchísimo. Los hombres adultos solían llevar la peor parte y, cuando los recuerdo, me producen una sensación no de lástima, sino de orgullo y admiración porque eran unos trabajadores formidables que se sacrificaban por toda la familia sin una queja, y sin hacer el más pequeño alarde, como si fuera la cosa más lógica y natural; y aún les quedaba alegría y satisfacción para cantar alguna que otra jota, cosa que ahora hemos olvidado.


Todas las familias realizaban estas labores por las mismas fechas y todo el pueblo terminaba casi a la vez. En compensación a las muchas fatigas pasadas tenían lugar, al igual que en muchos pueblos, las fiestas mayores que en Ariño se celebraban en honor del santo Patrón san Roque, y servían a la vez para relacionarse los chicos y las chicas; trataban de verse, conocerse, bailar y, como consecuencia de ello y de algún que otro bienintencionado consejo materno, solían aparecer algunos nuevos noviazgos cada año.

Durante las fiestas se olía por las calles a carne asada de cordero, lo que en contadas ocasiones sucedía a lo largo del resto del año. Si la cosecha no había sido buena las fiestas no eran tan alegres, pero también en este caso eran una buena terapia para las tribulaciones pasadas y venideras, así que siempre eran bien recibidas por todo el mundo, y por descontado por todos los jóvenes de ambos sexos.

Habíamos dejado reposando al trigo en el granero hasta que, en los momentos programados a lo largo del año, en cantidad de un par de talegas, se le ponía otra vez en movimiento para llevarlo al molino, transportado como siempre, sirviéndose de las caballerías.

El molino estaba a orillas del río Martín, más abajo de los Baños, a unos 3km del pueblo. La instalación hidráulica consistía en un canal grande bien hecho con cemento, que tomaba el agua del río muy cerca de los Baños y terminaba en un edificio grande tipo almacén, que llamábamos “el molino”, dentro del cual, al fondo, estaba el salto de agua con sus correspondientes turbinas, las cuales movían las ruedas del molino propiamente dicho. A la salida se veía un considerable caudal de turbulentas aguas y, dicho sea de paso, en esta zona se pescaban a veces barbos de buen tamaño. Este era uno de los mejores sitios para pescar de todo el río, ya que los barbos lo preferían por alguna razón que desconozco.

Toda aquella instalación, con sus corrientes, sus torbellinos y su estrépito, era un poco sobrecogedora y peligrosa, especialmente para los niños, que solíamos acompañar a los padres cuando llevaban el trigo a moler.

Lo gestionaba y maniobraba el “tío molinero” que, mediante el pago de un módico importe por el servicio, devolvía en las mismas talegas el trigo convertido en harina de molienda, es decir harina mezclada con cáscara de trigo. Con esta harina se habría fabricado pan integral, pero todos preferíamos el pan blanco, porque nos gustaba más, sin saber que se desperdiciaban la mayor parte de las vitaminas. La harina se cernía en los tornos que había en algunas casas del pueblo, quedando separada de la cáscara, que recibía el nombre de salvado. Este servía, mezclado con remolachas, patatas pequeñas hervidas, calabazas, etc., para comida de los cerdos; así que con estos alimentos, mejores que las bellotas, no es extraño que los cerdos criasen, en Ariño, estupendos jamones.

2 comentarios:

Salva dijo...

Enhorabuena Salvador por estas cuidadas entregas de un proceso que muchos de nosotros, si conocemos, nos lo explicaron nuestros padres.
Mis ánimos para que continues en esta labor; mi agradecimiento pues nos permite recuperar nuestra intrahistoria.
Gracias.
Salva

Salvador Macipe dijo...

Gracias a ti, Salva, por tus frecuentes y amables comentarios.
Para mí es un placer escribir sobre las cosas de Ariño. A ver si nuestros paisanos se van animando a utilizar la extraordinaria posibilidad que nos brinda Entabán y nos cuentan sus anécdotas. Cada uno de nosotros tenemos en la memoria cantidad de cosas interesantes que, sin ofender a nadie, nos pueden hacer sonreír, pensar, y completar el conocimiento de nuestra intrahistoria (como tú dices).
A ti, que tienes preferencia y facultades para la expresión poética, te animo también a que continúes con esa labor tan difícil y tan hermosa que son tus poesías.
Un abrazo.

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