miércoles, 22 de abril de 2009

MIS MAESTROS -Don José (III)-

La verdad es que don José nos enseñaba muchísimo de todo. Para hacerse una idea, cuando yo tenía nueve años resolvíamos con soltura problemas de álgebra con ecuaciones de primer grado de una incógnita, cosa que quizá no se hacía en ninguna otra escuela de Teruel. Nos enseñó también a resolver problemas de móviles por métodos gráficos utilizando ejes de coordenadas espacios/tiempos y nos quedábamos admirados cuando contemplábamos las intersecciones de las funciones y con ello sabíamos cuando y donde los móviles se encontraban. Lo de las ecuaciones tenía clara utilidad y lo de los móviles, aunque era un alarde, significaba un esfuerzo conveniente cuando menos para nuestro desarrollo mental.

Utilizábamos solamente dos libros: uno de conocimientos generales que era la “Enciclopedia cíclico-pedagógica, grado medio, de Dalmau Carles Pla. S.A.” editada en Gerona, y otro de lectura que era “El libro del trabajo”, escrito por Adolfo Maíllo, editado por la editorial Salvatella de Barcelona o de Madrid. Aparte de estos, que eran propiedad de cada alumno (previo pago), don José nos consiguió un cierto número de pequeños diccionarios que estaban en la escuela al servicio de todos para buscar el significado de muchas palabras desconocidas para nosotros que aparecían en el libro de lectura.

La enciclopedia contenía información, muy resumida pero básica, de todo lo que se consideraba que debíamos saber, y estaba muy bien elaborada y revisada. Por otra parte este libro es el que se utilizaba en todas las escuelas nacionales de todos los pueblos de España. Había otros dos grados, el elemental y el superior, pero el medio era el fundamental y en muchas partes no conocieron más que este. Los libros de lectura los elegía a su gusto cada maestro.

La enciclopedia nos servía para aprender la teoría de las distintas materias y luego don José nos aseguraba los conocimientos con los convenientes ejercicios y las explicaciones complementarias. Algo que consideraba esencial era el escribir sin faltas de ortografía y “con buena letra”. La caligrafía era la que él mismo utilizaba, es decir letra vertical elegante pero sencilla y la ortografía se trabajaba mucho por medio de dictados del magnífico libro de ortografía de Luís Miranda Podadera. Total que aún ahora, después de tantos años, los alumnos de don José nos distinguimos por el tipo de caligrafía y por la correcta ortografía. Otra de las cuestiones prioritarias era el leer bien. Don José nos ponía en semicírculo con centro en su mesa y leíamos (con entonación) y de vez en cuando nos preguntaba el significado de algunas palabras que iban surgiendo en la lectura. A propósito de esto tengo una anécdota: estaba yo en una de mis primeras clases en la Escuela de Formación Profesional de Teruel y el profesor, para sondear nuestro nivel, nos hizo leer un texto a todos los alumnos. Cuando me tocó a mí, al terminar, me dijo: “Salvador, buen maestro has tenido” expresión que agradecí y mentalmente dediqué aquella alabanza a don José, como sencillo y cordial homenaje a mi querido maestro. Tengo que añadir también que entonces el ingreso en aquella escuela iba precedido por un examen escrito con asistencia de público y yo que no tenía otros conocimientos que los adquiridos con don José, eso sí mantenidos por los maestros que le siguieron, sin prepararlo en absoluto obtuve el primer puesto, lo que fue una buena prueba del alto nivel de mi formación escolar.

Además de estos conocimientos básicos, a los mayores les enseñaba taquigrafía, cosa que en aquellos tiempos sonaba a chino. A mí por mi insuficiente edad esto no me correspondió, pero de oído aprendí también los fundamentos del método.

Hacía colecciones de fósiles y de minerales que le íbamos trayendo. Yo encontré en la Fuencelada un mineral raro que parecía una escoria de herrería, y me dijo que aquello era nada menos que calcopirita de cobre, lo que me dejó con la boca abierta.

De vez en cuando aparecía un inspector y permanecía en la clase el tiempo necesario para hacerse una idea de la marcha de los alumnos. En una de aquellas ocasiones (tendría yo menos de nueve años) don José me sacó enseguida a la pizarra para demostrarle al inspector nuestra brillante preparación en gramática, y me dijo: “Salvador, enumera las conjunciones”. Yo rápidamente y un poco nervioso, respondí: “a, ante, bajo cabe, con, contra, de, desde…” y cuando vi la mala cara del maestro, comprendí que estaba “recitando” las preposiciones propias en lugar de las conjunciones, y acto seguido corregí mi desaguisado, pero la metedura de pata ya se había producido. Esto me sentó fatal y lo sentí por don José, pero a mí me vino incluso bien para rebajarme un poco los humos.

Dudo que alguien pasara por la escuela de don José sin recibir algún sopapo. Yo tampoco me libré, porque un día escribiendo al dictado estaba haciéndoles adornitos a las letras que escribía cuando, inesperadamente, recibí una colleja mediana que me propinó al sorprenderme en tan extravagante actividad llegando, sin que yo me diera cuenta, por mi descuidada retaguardia. Que yo recuerde fue la única vez que me pegó, lo que seguramente hizo por mi bien para que en lo sucesivo prestase más atención a la actividad que estábamos desarrollando. Por lo demás nunca se lo tuve en cuenta.

Uno de sus inventos fue un sistema de comunicación con los padres, que consistía en enviarles a casa una hojita del tamaño de una cuartilla informándoles de la marcha de sus hijos. Las que envió a mi casa siempre fueron muy satisfactorias. No sé como serían las demás, porque no tuve a mi alcance esa información ni me interesé por ella. Sí que tomé nota de ese sistema y de otras muchas cosas de don José, para aplicarlas en las clases que a lo largo de mi vida estudiantil muchas veces tuve que dar para ayudarme en los estudios. Debo decir que nunca apliqué ni lo de los bofetones ni lo del botijo, aunque mis alumnos tampoco me dieron nunca motivos de enfado y, al contrario, siempre me los proporcionaron de satisfacción.

1 comentario:

Salva dijo...

Sigo expectante tus relatos, aunque nada más fuera por el propio documento-testimonio del tiempo que suponenen sería suficiente para leerlos. Son una delicia.
No entraré a valorar tu mirada bondadosa y cariñosa que tienes a aquel tipo de educación, que desde la distancia y desde mi punto de vista se me antoja tan represiva, dura y cruel. Pero así fue, y creo que no salimos del embite los que la padecimos ni tarados, ni obsesos, ni enfermos de ninguna patología psicólógica grave. Obvio es decir que por suerte hubo otras maneras de enseñar. Entiendo que los lazos afectivos hacia tu maestro fueran tan profundos, ello te honra y hacen que tu mirada sobre aquella época sea tan tierna.
Enhorabuena, te emplazo a que sigas y yo deseoso de leerte.
Un abrazo.
Salva

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