miércoles, 15 de abril de 2009

MIS MAESTROS -Don José (I)-

Según indiqué en mi escrito sobre don Basilio, en 1944, con mis 7 años recién cumplidos, fui asignado a la escuela de don José Martínez de Castro, con el preciado aunque limitado bagaje de conocimientos que había adquirido gracias a mi anterior maestro. Con don José permanecí hasta el verano de 1947, es decir durante 3 años más.

La escuela de don José era la que había a la derecha del Ayuntamiento, a continuación de la de las chicas. En mi anterior clase las escaleras servían para bajar desde la calle; en cambio en esta eran muchísimas, también estrechas y se utilizaban para subir desde la plaza. Así que estas variaciones fueron las primeras que noté en mi nueva ubicación escolar. Al principio y al final de las escaleras había unas míseras puertas -que abrían hacia dentro- que consistían en unas tablas de madera con travesaños; la inferior, de un tono grisáceo propio del abundante sol y de la escasa pintura, y la superior, encalada de un color blanco tímidamente azulado, como todas las paredes, techo y maderos.

Al entrar en la clase se reparaba enseguida en que el suelo era de yeso como el de todas las casas del pueblo pero, cerca de la mesa del maestro, estaba algo hundido por causa del fallo de los maderos que lo sustentaban. Aquella concavidad siempre fue una zona de riesgo que procurábamos evitar, y un constante peligro para los escolares durante años. Este problema de los maderos deteriorados lo soportó también la tía Domina, una persona muy mayor, que aún era familia mía, que vivía sola en el piso de debajo de la escuela.

La clase estaba dividida en dos espacios: uno de pupitres para los alumnos que ocupaba unos dos tercios del espacio total, y el tercio restante que servía para zona de actividades próximas al maestro, donde estaban su mesa, la pizarra, el hundimiento mencionado, un modesto armario para libros y un hueco en la pared de enfrente para las botellas de tinta.

En invierno, entre la mesa del maestro y los primeros bancos, instalábamos una estufa cilíndrica de fundición de unos 40cm de diámetro y 80cm de altura, cuyo tubo atravesaba el techo, cruzaba una falsa y salía al tejado. La alimentábamos con el carbón que se guardaba en una carbonera a la que se accedía desde la clase.

En la zona de alumnos había tres filas de pupitres, tantas como secciones de escolares, de unos siete pupitres por fila y un banco corrido de unos 3m en la parte de más atrás. Los pupitres de cada sección, que estaban separados de los vecinos por pasillos de 1m aproximadamente, resultaban cómodos y estaban muy bien proyectados y construidos: eran biplazas, de buena madera, y capaces de soportar durante años el duro trato al que se sometían. Tenían espacios para guardar los libros y las libretas, agujeros para los tinteros de cerámica blanca, muescas alargadas para dejar los manguillos con sus plumillas, y asientos abatibles para ocuparlos y desocuparlos con facilidad. En fin, como he dicho, unos pupitres muy adecuados para la función que debían realizar, solo que, a pesar de los avisos y amenazas de los maestros, no se había podido evitar que estuvieran huecograbados con infinidad de rayas, nombres, tacos y algún que otro corazoncito.

Completaban el mobiliario dos sencillas perchas, una para ser utilizada por el maestro, y otra al fondo de la clase, siempre vacía porque entonces no se estilaban en Ariño los abrigos; así que aquella percha se podría calificar como sobrante.

Las lámparas eran de bastante potencia, estaban desnudas y colgaban del techo soportadas por sus cables entorchados con aislamiento de algodón trenzado es decir que no se cubrían los mínimos reglamentarios, cosa por otra parte bastante generalizada en aquella época.

Tres ventanas de regular tamaño orientadas al Este permitían ver, no sin cierta dificultad, la fuente de la plaza. En el lateral izquierdo de la pared Norte había un balconcillo que por su pequeñez y la altura a que estaba situado sobre la calle carecía de justificación, como no fuera la de ver desde él la ventana de la cárcel.

En las paredes se encontraban, detrás de la mesa del maestro, un crucifijo y un retrato de Franco de cuerpo entero en el centro, a la izquierda otro de José Antonio Primo de Rivera de medio cuerpo con la camisa azul y las flechas, y a la derecha una litografía de la Inmaculada de Murillo. En una de las paredes laterales había un mapa grande de Europa, con muchos nombres de ciudades, mares, ríos, etc., que con el tiempo llegamos a saber de memoria. Un mapa de España en relieve, de escayola coloreada, intentaba decorar otra de las paredes. Y para terminar la relación, indicaré que había un hueco más en la pared, con ventana de cristal, que se utilizaba para guardar minerales y algunas medidas de capacidad llenas de polvo.

El mantenimiento más frecuente de nuestra clase, en lo que nos turnábamos los alumnos, consistía en el barrido una vez por semana, - previo regado para no producir demasiado polvo- moviendo todos los pupitres. Cada dos o tres años se procedía al blanqueo de las paredes y una vez cada invierno alguien (no sé por cuenta de quién) reponía el carbón en la carbonera.

No había servicio, ni lo echábamos en falta porque tampoco lo teníamos en nuestras casas y, como no existían problemas de próstata (ni siquiera sabíamos lo que esta palabra significaba), con mear una vez en cualquier parte a la hora del recreo teníamos suficiente. Si alguien levantaba la mano para pedir permiso para salir a hacerlo, todos lo interpretábamos como una excusa para abandonar la clase con alguna otra finalidad y los maestros lo concedían a regañadientes o simplemente lo denegaban para no sentar malos precedentes.

Toda la relación con el agua era a través de un botijo de lo más simple, que inicialmente era casi blanco (y al cabo de poco tiempo casi negro), que estaba situado en el suelo, próximo al maestro. Todos, incluso el profesor, bebíamos en él, eso sí, a chorro, sin chupar el pitorro, que se consideraba una grave falta de educación. Cuando el botijo se vaciaba se mandaba a alguien a llenarlo de nuevo a la cercana fuente. Simplemente con haber podido disponer de dos botijos se hubieran simplificado bastante la logística del agua de boca, pero entonces las duplicidades no eran algo acostumbrado (salvo en lo de las perchas).

Me ha parecido conveniente describir con cierto detalle el lugar donde tenía lugar nuestra enseñanza porque, ya desaparecido, conviene dejar constancia de cómo era; también por revivir recuerdos de infancia, casi siempre agradables, en muchas personas de Ariño y, principalmente, por contextualizar lo mejor posible mi etapa escolar con don José, a la que espero referirme en un próximo artículo.

2 comentarios:

Salva dijo...

Recuerdos de todo tipo se agolpan en mí al leerte, Salvador. Tu fotografía de la escuela-clase me ha traído a la memoria todo aquel tiempo de blancos y negros, de dedicación pero también de inconsciente represión tremenda de los maestros de aquella época. Aunque fuera escaso el tiempo que yo asistí a esta escuela, mis recuerdos no guardan ni un ápice de rencor, bien al contrario tus relatos los leo complacido. Circusntancias del guión de la película de la vida de cada cual. Así fue.
En lo literario me parece una excelente descripción. Mi enhorabuena más sincera.
Saludos.
Salva

Salvador Macipe dijo...

Amigo Salva, veo que el tema de este relato te interesa aún cuando solo tenemos la fotografía del escenario. No me extraña, por tu vocación por la enseñanza y por tus raíces; pero, cuando aparezcamos en escena los actores, veremos si vale la pena la representación, que será mi visión subjetiva de todo ello. El título de esta serie de artículos es significativo, ya que “MIS MAESTROS” quiere indicar lo que representaron para mí. Solamente eso. Entre todos los que los conocimos se podrían completar sus personalidades y sus aportaciones a las gentes y a la evolución de nuestro pueblo.
Me alegro de que te interesen estos relatos y de que los leas con agrado, y agradezco tu amable opinión sobre su aspecto literario.
Un afectuoso saludo.
Salvador Macipe

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