Don Eugenio subía a la iglesia con su familia en coche, y tenía toda la plaza para dejarlo, ya que entonces solo había en el pueblo algunos coches de SAMCA y el del señor Bordíu, que por su aerodinámica forma denominábamos “el pepino”. La ausencia de coches nos iba de perlas a todos los chicos para jugar continuamente en la plaza y, aunque jugábamos por todas partes, este era el sitio más seguro para localizarnos. Una observación: cuando digo plaza quiero decir la del Ayuntamiento, por ser la principal, porque en Ariño, más o menos importantes, hay varias plazas, además de una más pequeña que llamamos “la replaceta del médico”.
Don Eugenio y su familia procedían de Madrid y se decía de él, que durante la República había ocupado un puesto importante en un ministerio. A mi entender esto debía de ser cierto porque tenía categoría técnica y humana sobrada para ello.
Nunca tuve oportunidad de hablar con él, pero todos decían que era una persona culta, competente, amable y asequible y una prueba de ello fue que, siendo muchas sus ocupaciones, daba clases al hijo de un empleado de la herrería de SAMCA, simplemente porque fueron a pedírselo.
Cada año, el día de Reyes, decía unas palabras de felicitación desde el escenario del cine-teatro de la Empresa, en el acto de entrega de juguetes a los hijos de los mineros, juguetes que normalmente eran los únicos que llegaban a nuestras manos y por eso los valorábamos mucho, los cuidábamos bien, y jugábamos durante varios años con ellos.
Mi padre contaba las siguientes anécdotas sobre don Eugenio:
En cierta ocasión el encargado del taller mecánico apareció en su despacho con un cabreo monumental causado por un empleado que por lo visto le había faltado gravemente al respeto y, entre otras cosas, dijo: “A mí ese tío que no me joda, que cojo la pistola y le pego cinco tiros”. A lo cual don Eugenio, sin inmutarse y mirándole por encima de las gafas, le contestó: “hombre… con un tiro bien pegao es suficiente; no hace falta gastar tanta munición en balde”. Con esta broma dejó desconcertado al enfurecido encargado, y las aguas comenzaron a volver a su cauce.
Otro día, yendo por el interior de una de las minas, acompañado por el encargado general que era el tío Salvador, parece ser que el techo era bajo y había que caminar agachados, lo cual para don Eugenio, que era ya mayor y por añadidura miope, le resultaba dificultoso; total, que dio con la cabeza en una viga; y como entonces no se utilizaban todavía los cascos protectores, se hizo daño, y se quejó amargamente del golpe recibido. Algo más adelante, se dio de nuevo, y entonces dijo: “Rediez Salvador, otro golpe... y además en la misma”. El tío Salvador, ingenuamente, le contestó: “No, don Eugenio, que el otro ha sido en la trabanca de allá detrás”. Y don Eugenio concluyó: “No, Salvador; yo quería decir en la misma cabeza”.
La vida de don Eugenio debía de estar llena de anécdotas, en correspondencia con su inteligencia y fino sentido del humor. Yo solo conozco las que mi padre contaba con el cariño y el respeto que evidentemente le tenía. Estos sentimientos se me contagiaron de tal manera que, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, contestaba de carrerilla: “Yo de mayor quiero ser ingeniero, administrador o encargao”. Y la respuesta de los mayores, era: “Para, para, que si sigues bajando te vas a quedar en nada” y se reían mucho. El caso es que mi vocación para ser ingeniero, que se manifestó cuando tenía poco más de veinte años, posiblemente era el fruto tardío de la semilla que con su ejemplo dejó en mí, mi admirado don Eugenio Ruano, q. e. p. d.