sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi muñeca

En 1955, cuando yo tenía dieciocho años y estaba estudiando Peritaje Industrial en Zaragoza, en las vacaciones de Semana Santa nos entró a un grupo de amigos una vocación repentina por los deportes y quedamos en comenzar a practicarlos jugando un partido de fútbol, en el minicampo que había en el barrio de SAMCA, al lado del frontón.

Acudimos de buena mañana más o menos equipados (más bien menos) y comenzamos el partido. A mí no sé qué puesto me correspondió pero, como todos íbamos en grupo detrás de la pelota, daba lo mismo. A los diez minutos del comienzo, estábamos cuatro o cinco de los improvisados futbolistas en un pequeño círculo con el balón en el centro y todos intentando darle patadas, cuando tuve la feliz idea de dar un salto con los dos pies y situarme sobre la pelota para frenarla. Nunca lo hiciera pues el balón actuó de bisagra ayudado por alguna de aquellas patadas, y yo caí finalmente de espaldas. Al caer apoyé las dos manos hacia atrás para protegerme y, al chocar en el suelo, noté una fuerte tensión en las muñecas. Me levanté, y al verificar si me había roto algún hueso, percibí que la muñeca izquierda me dolía; y allí se terminó el partido para mí, y al poco rato también para el Juanito “El barbero”, que se rompió el dedo meñique de la mano derecha y ya para siempre le quedó torcido; visto lo cual dimos por terminado el encuentro y nos fuimos todos, cada uno a su casa.

Al llegar a la mía, mi madre me notó en la cara que algo me pasaba, y era que la muñeca me seguía doliendo bastante. Me la observó y señaló un pequeño bulto en el lateral, que a ella le dio mala espina, por lo que hizo el diagnóstico provisional de que algún hueso se me había estropeado. Con este diagnóstico y el hecho de que cada vez el dolor iba en aumento, decidimos ir a Zaragoza al día siguiente a casa de nuestros buenos amigos los Oliete (de los que éramos como familia), para que me viese algún traumatólogo.

Aquella noche la recuerdo como una de las peores de mi vida porque la muñeca me dolía muchísimo sin cesar el dolor ni un segundo. A la mañana siguiente el coche de línea y el tren nos llevaron a Zaragoza. La más pequeña vibración hacía que me aumentase el dolor, así que fui todo el viaje de pie para amortiguarlo, flexionando las piernas continuamente. Nuestros amigos me prepararon una cita con un traumatólogo que conocían, el doctor Lorente Sanz, que lo era del hospital militar con grado de teniente coronel y que tenía consulta privada en la calle san Gil y allí fui, a la hora convenida, acompañado por mi madre.

El médico me quitó el vendaje casero que llevaba y me cogió la mano con la suya como si se saludaran dos zurdos, y simplemente con esta operación, me desapareció el dolor casi totalmente. Supongo que debí de poner cara de extraordinaria sorpresa ante lo fácilmente que desaparecía un dolor tan agudo y constante. Debió de tardar unos diez minutos en diagnosticarme una fisura del radio y me citó para la mañana siguiente en la Cruz Roja que está en la plaza que entonces se llamaba de José Antonio y me vendó e inmovilizó el antebrazo de tal manera que el dolor era ya muy soportable.

A la mañana siguiente, en la Cruz Roja, cuando yo creía que simplemente me iban a escayolar el brazo, me pusieron una bata, me pasaron a un quirófano, me acostaron en una mesa, me colocaron una mascarilla y me dijeron “cuenta hasta diez”. Cuando iba por el ocho lo dejé… Me desperté con el brazo escayolado al lado de mi madre y el doctor Lorente me dijo que habían tenido que estirarlo mucho para arreglar los desperfectos, y me citó en su despacho por la tarde.

Cuando vio que la evolución postoperatoria era correcta me indicó que esperaba quitarme la escayola dentro de cuatro semanas y que si entretanto tenía algún problema fuese a verle. Con esto regresamos a Ariño con el brazo reparado y las vacaciones tocando a su fin.

En la fecha prevista fui a que me quitase la escayola, y me dijo que el brazo estaba bien y que, para la recuperación de la fuerza, hiciera algunos ejercicios y de vez en cuando lo bañase en agua caliente salada. En este momento le pregunté cuánto tenía que pagarle y me dijo que no había prisa, que ya hablaríamos más adelante, y me citó para dentro de otras dos semanas.

Acudí de nuevo esperando que aquel día me daría el alta definitiva y la factura, y fui provisto del dinero que pude recoger. Efectivamente me dio el alta y entonces le dije: “Doctor Lorente, ahora si que tiene que decirme ya cuales son sus honorarios”. Me miró con una mirada escrutadora y me dijo: “El caso es que ha sido una operación complicada: yo he tenido que pagar quirófano, anestesista y a varios ayudantes...”. A mí comenzaron a temblarme las piernas y debía de ser transparente para aquel hombre tan brillante y experimentado. De pronto me hizo la siguiente pregunta: “Vamos a ver… tú, ¿qué dinero llevas? Le contesté que tres mil pesetas, y él me dijo finalmente: “Pues dame mil quinientas”. Insistí en darle al menos las tres mil, pero se mantuvo en lo dicho y también añadió: “Espero que algún día hagas tú lo que yo acabo de hacer contigo”. Me dio un abrazo y salí de su casa con los ojos arrasados de lágrimas y el corazón lleno de afecto y agradecimiento hacia aquel hombre, que se hizo cargo de que éramos una familia humilde, y yo becario, y de que nos pondría en grave dificultad si nos cobraba lo que realmente valía la operación y las consultas. Con las mil quinientas pesetas que le dimos, aunque eran de las de hace 54 años, no pagamos, ni mucho menos, los elevados costes de la operación, su propio trabajo y las numerosas visitas en su consulta.

Se me ocurren, como conclusión, varias cosas: la primera, que es mal sistema el comenzar una práctica deportiva por un deporte que podemos calificar de violento. La segunda, que las coberturas sociales son incomparablemente mejores ahora que entonces, porque los estudiantes teníamos simplemente un seguro escolar válido únicamente para accidentes en el interior del Centro, en época y horario lectivos, y no durante las vacaciones. Otra gran mejora ha sido la asistencia médica inmediata y la disponibilidad de medicamentos. Si aquello me hubiera ocurrido actualmente, con analgésicos y antiinflamatorios me hubiera ahorrado 24 horas de fuertes dolores. Otra observación es que cuando tenemos 16 ó 18 años, que ya nos parece que somos autosuficientes, si nos ocurre cualquier cosa, al final son los padres los que nos sacan del apuro, porque nuestra autosuficiencia solo es aparente. Y, para terminar, que el encontrar personas como mi traumatólogo, nos da una lección de humanidad, de delicadeza y de caballerosidad que nos hace ir por la vida deseando parecernos a esas personas que se convierten en magníficos modelos de referencia.

Hace poco tiempo vi en una sala de espera, en una orla de la Facultad de Medicina, la fotografía del doctor Lorente Sanz; además de agolparse muchos recuerdos en mi mente, le dediqué una vez más mi callado, emocionado y sincero homenaje de gratitud, por todo lo que este señor ha significado en mi vida.

Para terminar señalaré, una vez más, que los acontecimientos aparentemente negativos, suelen venir acompañados de aspectos favorables que, si los sabemos ver, dan en muchos casos un saldo positivo, como sucedió en aquella ocasión: el haber tenido la oportunidad de conocer a tan magnífica persona y haber podido ver su forma de actuar, no tiene ni punto de comparación con la fisura de un simple hueso.

3 comentarios:

*E_lys_a* dijo...

Es una actitud muy positiva sacarle una moraleja a cada situación.

Un saludo!

Salvador Macipe dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Salvador Macipe dijo...

*E_lys_a*, gracias por tu comentario.
Efectivamente, con mis escritos siempre intento, además de aportar algo a la intrahistoria de Ariño, deducir una lección o enseñanza bienintencionadas, avaladas por mi carácter reflexivo y por mis muchos años. Además de que, como a ti, este sistema me parece positivo, trato de ver, siempre que puedo, lo más positivo de cada situación; sin embargo a veces me veo obligado a señalar cosas que no me han parecido justas, que gracias a Dios son las menos.
Un cariñoso saludo.

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