martes, 14 de octubre de 2008

El romance de la loba parda

Cuando yo tenía unos 8 años, es decir hacia 1945, nuestro maestro, que era D. José Martínez de Castro, vino un día a la escuela con unas cuantas poesías y nos dijo que teníamos que memorizarlas lo antes posible. Las poesías eran: “Corriendo van por la vega”, La princesa está triste”, “El romance de la loba parda” y alguna más. Al cabo de pocos días nos sacó a la pizarra a ver cómo iba el asunto. Varios chicos, entre los cuales me encontraba, habíamos hecho caso del encargo y además teníamos buena memoria, así que nos las sabíamos todas. D. José debió de ver algo en mí, porque me eligió en aquel “cástin” que nos había preparado; y además decidió que sería “El romance de la loba parda” la poesía que se recitaría en una representación que se estaba preparando para la festividad de Santa Bárbara, en un local grande con escenario que se había construido anexo a la báscula, en el lugar que actualmente ocupan las oficinas de SAMCA.

Dado que mis conocimientos como recitador eran nulos, D. José, al terminar las clases, me fue instruyendo en las artes declamatorias durante los pocos días que faltaban hasta el de la representación.

Por otro lado, en la zarzuela “Gigantes y Cabezudos” que es aquella en que cantan “por ver a la Pilarica vengo de Calatorao. Vinimos en la perrera rediez lo que hemos gastao...” se me adjudicó el papel de “niño” del grupo y cuando alguien me cantara “chico no te pierdas, ¿vas bien agarrao?” yo tenía que contestar: “voy agarraico no perdais cuidiao” y cuando mi interlocutor informara al grupo cantando: “va bien agarrao no perdáis cuidiao” yo finalmente cantaría: “voy-a-ga-rrai-co-no-per-dáis- cui-diá…ooooo”. Tengo que decir que en aquel grupo cantaban adultos que tenían muy buena voz como el Marcos, el Salvador Peguero –q. e. p. d.– y unos cuantos más.–Salvador y yo muchos años después fuimos compañeros de trabajo, y tuve ocasión de constatar, además de su buena voz, sus extraordinarias dotes como amigo, persona y profesional. Su memoria bien merece este sincero homenaje–.

D. José preparó un nutrido coro de escolares para cantar “Eres alta y delgada”, “Los gallos cantan al alba” y algunas otras canciones. En este coro yo también participaba.

Se representaría también una obra corta de teatro; así que me vieron pasando por allí y me cogieron para el papel de niño pequeño que entra al escenario y dice “ahí tié usté la carta, padre”, mientras se la entrega. Aquí tengo que decir que no presté atención o no me instruyeron bien, porque en la actuación le di la carta a una persona que no era el que figuraba como mi padre y, aunque la gente debió percatarse, no nos lo quiso tener en cuenta.

El espectáculo tendría su parte femenina, pues la hija del Sr. Barat –encargado del taller mecánico– organizó un coro perfectamente ataviado con trajes de asturianas, y las mozas que lo componían –entre ellas mi hermana María– cantarían aquello de: “caminito de la fuente van las mozas del lugar, con la cara sonriente y con el ansia de llegar…”. Aunque yo era un chavalín, reconocía las cosas, y me daba gozo ver aquel espectacular grupo de guapas chicas cantando con los cántaros apoyados en la cadera, en aquel teatro a punto de estrenarse.
Todas las actuaciones musicales las acompañaría al piano la hija de D. Tomás, el médico, que al parecer había estudiado en Zaragoza la carrera de piano.

En los intervalos actuarían Francisco Valiente, persona muy agradable y polifacética haciendo unos juegos de manos, y un catalán muy animado que trabajaba en la Empresa como ebanista y se llamaba Maneus, haría algunas actuaciones humorísticas con el nombre artístico de “el caricato Neusma” que como vemos, es su nombre, invertido.

Así que la función que se preparaba era variada y extensa, y el ambiente del pueblo no podía ser mejor. Algo así como cuando mi hijo Javier rodó “Cuídala bien”, pero con una participación todavía mayor. Yo, como supongo que les sucedió a bastantes personas, actué en casi todo, como he ido detallando.

El día de la representación, el teatro estaba lleno a rebosar –calculo que habría más de quinientas personas– de gente del pueblo y de socios de la Empresa que habían sido invitados a las fiestas de Santa Bárbara y tenían reservados los lugares preferentes. Actuamos con el coro de la escuela, seguimos con la zarzuela y por fin me tocó salir a mí solico a aquel enorme escenario, vestido de pastor y provisto de una descomunal gayata. A la gente parece que le hizo gracia ver a un “renacuajo” como yo, porque, nada más verme, se organizó un gran bullicio. Cuando por fin a base de siseos del público se hizo el silencio, dije bien fuerte: “Romance de la loba parda” y tiré para adelante (entabán) con mi poesía bien aprendida. Cuando llegué al punto en que se dice “¡Aquí, mis siete cachorros, aquí perra trujillana, aquí perro el de los hierros, a correr la loba parda!”, con cada “Aquí” daba una fuerte patada en el suelo, y al mismo tiempo que el teatro se venía abajo por los aplausos del público, a mí solo se me ocurrió pensar: “¡Ahí va, qué pasa con este suelo que con cada patada se levanta una nube de polvo! El caso es que seguí con mi poesía hasta terminarla, hice al público los saludos que me había enseñado mi maestro, y la gente no cesaba de aplaudir: total, una actuación apoteósica.

Se fueron sucediendo las restantes actuaciones, con más o menos alboroto, pero siempre con el entusiasmo de un público incondicional, que aquel día se lo pasó en grande. Tanto es así, que de esto hace ya más de sesenta años y los que lo vivieron y viven, aún lo recuerdan.

La entrada fue gratuita y todas las actuaciones entusiastas y desinteresadas; sin embargo algunas personas se destacaron por su esforzada colaboración según se deduce de lo escrito. El promotor principal tanto del inicio del proyecto como de su desarrollo –al menos eso capté con mi mentalidad de niño– fue una persona que prefirió pasar desapercibida: era el administrador de SAMCA, que se ocupó de la logística general y de atender, con cargo a la Empresa, los gastos que se produjeron. La persona a que me refiero fue el Sr. Almirall, y creo que es de justicia dedicarle este recuerdo.

Volviendo de nuevo a mi persona resultó que todos a la salida me daban abrazos y felicitaciones, y de parte de SAMCA me invitaron a un pequeño ágape que tenían los socios, donde me pusieron “morado” de bombones, esos exquisitos productos de pastelería que veía por primera vez. Mi padre me dijo que lo que más le impresionó fue que, cuando la bulla del principio, tuviera la serenidad de no empezar hasta que se hizo un absoluto silencio. Mi madre “no pasaba por las puertas” de lo orgullosa que estaba.

Este éxito de mi niñez me marcó para siempre en Ariño, de manera que en cuanto la gente tenía oportunidad, me recordaba la poesía. Lo curioso es que con el corto tiempo que duró la actuación, algunos la aprendieron casi totalmente y cuando me veían me la recitaban casi entera. Además se ve que de pequeño yo no debía vocalizar bien, porque, imitándome, decían: “Romance de la loba palda: eztando yo en la mi choza…”.

El recitar este romance y posteriormente la posesión de una rara habilidad para cazar ranas en un santiamén, son las cosas más notables que he hecho en esta vida. Al menos las más populares. ¡Qué le vamos a hacer !

Por si alguien no lo conoce, “el romance de la loba parda” es el siguiente:


Estando yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas,
no paran en la majada.
Vide venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes
cuál entrará a la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.
Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada;
a la otra vuelta que dio,
sacó la borrega blanca,
hija de la oveja churra,
nieta de la orejisana,
la que tenían mis amos
para el domingo de Pascua.
–¡Aquí, mis siete cachorros,
aquí, perra trujillana,
aquí, perro el de los hierros,
a correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega,
cenareis leche y hogaza;
y si no me la cobráis,
cenareis de mi cayada.
Los perros tras de la loba
las uñas se esmigajaban;
siete leguas la corrieron
por unas sierras muy agrias.

Al subir un cotarrito
la loba ya va cansada:
–Tomad, perros, la borrega,
sana y buena como estaba.
–No queremos la borrega,
de tu boca alobadada,
que queremos tu pelleja
pa’ el pastor una zamarra;
el rabo para correas,
para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón,
para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas,
para que bailen las damas.

Cuando yo tenía unos 8 años...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Desde que leí el primer relato pensé: "cuando lo vea le voy a dar las gracias". Gracias por regalarnos trocitos tan entrañables de la historia de nuestro pueblo. a mi personalmente, me parece algo muy importante prque ARIÑO, no ha sido siempre MINAS, ABUNDANCIA Y DESINTERES. Quiero crer que estos relatos, puedan despertar sentimientos dormidos.
Al leer este relato, me he emocionado, porque la historia de la Zarzuela "Gigantes y Cabezudos", se la he oído a mi tío Marcos, que con su prodigiosa memoria, lo describía al detalle. Y si que es verdad, que lo contaba con una emoción especial al relacionarla con la festividad de Sta. Bárbara. Fiesta grande para aquella generación. Él vive en Barcelona y hasta que la edad y la salud d¡se lo han permitido, siempre ha venido a celebrar Sta. Bárbara en Ariño.
Gracias por lo que nos ha contado y muchas gracias por recordar a Marcos Alcaine.

Fina Giménez

salvador macipe dijo...

Fina, gracias por tus comentarios, que me animan a continuar. Defines muy bien mis relatos y además creo que todos debemos ser cronistas de las vivencias relativas a nuestro pueblo, porque entre todos hacemos su historia.
Tu tío Marcos además de tener buena voz y buena planta, es una gran persona, y nos tenemos mutuo aprecio; por eso siempre vamos preguntando el uno por el otro.
Por favor envíale de mi parte recuerdos y un fuerte abrazo.
Salvador Macipe

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