domingo, 27 de octubre de 2013

El río Ariño (II)


Tanto la huerta Mayor, que tenía una gran extensión, como la de la izquierda del rio, que eran tierras de labor con muchos y pequeños bancales, estaban trabajadas hasta el último rincón (aunque la mayoría de los propietarios fueran también mineros) y en ellas se cultivaban todos los productos que requerían las habituales necesidades caseras. Los ingresos en dinero (salvo en una época en que también los hubo por causa de una importante y continuada demanda de manzanas), eran exclusivamente los obtenidos en la mina, a pesar de que entonces los salarios no eran  comparables con los de épocas posteriores. El caso es que allí existía una economía que podemos llamar “sostenible”, aunque fuera a costa de tener bastante trabajo y pocas vacaciones. Daba gusto ver  toda la huerta tan bien cuidada.

 Se vivía razonablemente bien, aunque tampoco sobraba nada. Así que si nos imaginamos a Ariño en la época anterior a la de la inauguración del pantano (que tuvo lugar en 1896), con  pequeños huertos hechos en lugares inverosímiles en el río Martín y los que a base de azudes se regaban con el río Ariño exclusivamente en su margen izquierda; una población incluso mayor que la actual  y sin las nóminas mineras, tenemos que intuir que aquellos antepasados debieron de pasarlas canutas y el agua de este río debió de tener entonces un valor incalculable; por eso dije al comenzar el artículo (I), que este río debió de ser algo importantísimo, por la escasez de huerta que sufría la considerable población asentada en el lugar. Y no digo nada de cómo debían de pasarlas los pueblos de secano que no tenían ni siquiera un río Ariño.

 Las circunstancias con el tiempo cambian, unas veces a mejor y otras a peor, incluso a lo largo  de una generación y no es mala idea el tratar de adivinar el futuro y prepararnos para afrontarlo, en lugar de que las vacas flacas nos cojan descuidados, con las huertas yermas y las pocas que aún pueden ser rentables, en manos de propietarios más emprendedores que nosotros, que ni siquiera habitan en nuestro pueblo.

A continuación citaré algunas características que definen un poco más al río Ariño. La primera es que su cauce es serpenteante (como el de casi todos los ríos) y tenía unas cuantas ramblas de gran extensión (a pesar del pequeño caudal habitual). Esta particularidad se debe a que, con cierta frecuencia, se producían importantes avenidas, debidas a la extensa cuenca que originaba un no despreciable número de barrancos, que normalmente estaban secos, pero a veces  salían todos a la vez, por alguna razón  que ignoro sobre las nubes, las corrientes verticales y esos variados fenómenos  meteorológicos que conocen los entendidos (valga la obviedad).

 Enfrente de nuestros huertos de los Padillos, pero un poco más arriba, desembocaba el Valdecanales, con un agua limpia  habitada por una fauna piscícola, ranil, arácnida y culebril, y por  ratoncillos, topos  y otros muchos animalejos de menor tamaño. En fin, que se veía llegar, en ayuda del río, una constante  vía de agua,  plena de vida animal.

También en el río encontraban un perfecto acomodo variadas especies de animales que las avenidas citadas no hacían desaparecer. Estoy pensando en los de cierto tamaño, ya que los más pequeños eran para nosotros no dignos de consideración a pesar de que, con los años, comprendemos que el tema es más complejo, ya que los pequeños animales, algunos casi invisibles, tienen un papel fundamental en lo que  los expertos llaman cadenas tróficas. Desde nuestro elemental punto de vista diré que el río estaba habitado por madrillas, ranas,  y un cierto número de culebras (culebrillas) de unos cuarenta centímetros de longitud como máximo. Las ranas eran las que se hacían notar más, por el coro nocturno que organizaban, que se oía perfectamente desde la parte sur del pueblo, principalmente durante el verano. 

Me llamó siempre la atención que cada río tuviera sus moradores específicos y como no hay regla sin excepción,  las madrillas podían verse en los dos ríos, pero en cambio los barbos, las anguilas y los cangrejos, eran habituales pobladores del Martín e inexistentes en el Ariño. Verdaderamente suceden infinidad de hechos curiosos de los que no conocemos las causas ya que, efectivamente, la ignorancia que tenemos de casi todo, es inmensa.

Otro punto especial que me interesa señalar, es el cruce del río con el camino que conduce hacia el Chinebral, que luego continúa hasta la alameda del Plano, cercana al Torreón de los Moros.

 Se llega al cruce indicado  comenzando donde estaba el primer cuartel de la Guardia Civil y bajando hacia el río  por la cuesta de las mangraneras en la que había algunas, además de varios chincholeros.  Los jóvenes quizá no conozcáis estas palabras porque en castellano se dice granados, y chinchol es una palabra que ni siquiera aparece en el diccionario; sin embargo estas palabras son parecidas a como se denominan estos árboles y sus frutos en catalán. Es muy curioso que lo mismo ocurre con muchas otras expresiones de términos agrícolas que se empleaban en Ariño hace unas décadas, lo cual indica que la forma de expresarse en catalán y en el aragonés de nuestro pueblo, debió de ser entonces bastante parecida. Con un cierto complejo de inferioridad, hemos asumido que nuestra forma de hablar era nada más que una incorrecta expresión del castellano, cuando en realidad era un idioma que tenía, con toda su personalidad y derecho, su propia forma en amplias zonas (con ligeras diferencias) del reino aragonés, en el que se incluía el condado de Cataluña. Y cambiando un poco el tono del discurso, y puestos a señalar cosas curiosas, también diré que en Ariño solo existen (que yo sepa), árboles de estas especies en la referida cuesta.

Esta cuesta ha sido siempre muy transitada por personas y caballerías y además fue el camino obligado para llegar al campo de fútbol cuando este deporte vivió días de gloria en Ariño. El campo de fútbol estaba en el Chinebral y era un yermo (creo que del tío Victorio), que lindaba con una viña de mi abuelo Domingo. En aquel campo se jugaron interesantes partidos a pesar de que era bastante pedregoso, acosterado  y no tenía ni una mata de césped. Debido a esta falta de horizontalidad era muy ventajoso el corresponderte  la parte más alta y además, si los jugadores de la parte favorable fallaban el tiro en las proximidades de la portería contraria, el balón salía hacia el río Martín a toda leche y había que esperar a que algún corredor lo alcanzase, para continuar el partido. Se podría decir que, en algunos aspectos, aquello parecía propio de una película cómica italiana.

Nuestro equipo era notable y yo, que entonces era un chavalín, me maravillaba con las acrobáticas paradas de dos porteros que luego fueron grandes amigos míos: me estoy refiriendo en especial al Manuel el Pelegrín con quien nos seguimos viendo en la calle santa Bárbara y Vicente Omedas  fallecido hace pocos años.  

Me he salido bastante del tema principal de mi artículo, pero no he podido evitar el recordar la relación que para mí tenía el cruce del río con subir al campo de futbol a contemplar las hazañas de nuestros futbolistas, que entonces algunos me parecían hombres maduros, cuando en realidad eran todos, hasta los de más edad, bastante jóvenes.

Para terminar mi larga exposición, diré que en los Padillos y alrededores, unas veces ayudando a mi padre, otras pescando madrillas, atrapando ranas y tratando de localizar setas en los chopos, pasé mucho tiempo de los veranos de mi adolescencia, con una obligación ineludible, que era la de proveer diariamente a nuestra caballería de una saca de lastón, segado en los ribazos circundantes, labor en la que me hice experto, ya que conocía perfectamente las hierbas preferidas por el animal, aunque esta actividad me costó unos cuantos cortes de hoz, cuyas señales conservo en los dedos de la mano izquierda, ya que las zoquetas, que son la protección segura para segar la mies, no servían para segar el lastón, por la pequeña longitud de este.

 El caso es que en verano al atardecer emprendíamos contentos mi padre, la caballería y yo, el camino de regreso a casa, con alimentos para personas y animales y, muy frecuentemente, con un talego de tela que contenía una mezcla de setas, ranas y caracoles. Aparte,  sujetos  en un junco, traía una ristra de madrillas que, fritas sin más, eran un bocado exquisito,  además de una fuente de las proteínas que escaseaban en aquellos tiempos. 

Las cosas cambian de tal modo, que todo lo que inocentemente hacía sin perjudicar a nadie, ni afectar negativamente al medio ambiente, hoy estará seguramente prohibido y severamente castigado. Paradójicamente,  muchas de aquellas especies de animalicos estarán actualmente en peligro de extinción por causas que deberíamos conocer y que, desde luego, no son la de algún que otro chaval haciendo aquel combinado de caza/deporte/juego, que eran actividades inofensivas, además de  muy saludables y atractivas.

Nuestro río seguía y sigue mansamente su curso desde el cruce de la cuesta de las mangraneras y bordeando la partida de los Molinares aporta su pequeño caudal residual  al Martín en el cortado escalonado de las Predicaderas. Como el pez grande se come al chico, en aquella confluencia desaparece para siempre, absorbido por el más caudaloso, aunque actualmente tampoco este sea gran cosa ni al parecer merezca grandes cuidados de quien debiera proporcionárselos. Y así le va, a pesar de que algún que otro francotirador, como el autor de estos artículos, de vez en cuando, indique el lastimoso estado actual de nuestros dos ríos, que fueron, hace tan solo unas décadas, un admirable regalo de la Naturaleza.

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