viernes, 29 de enero de 2010

Confesiones

Hubo una época en que en Ariño había dos sacerdotes: uno de ellos era el párroco, y el otro, el coadjutor. Explicaba mi padre que, en cierta ocasión, se acercó una abuela al confesionario dispuesta a descargar su alma de pecados, y le dijo al sacerdote que en aquel momento actuaba de confesor, lo siguiente:

–Ave María Purísima.

–Sin Pecado Concebida –le respondió el sacerdote.

–Pues… confieso, padre, que tengo un pecado que me da mucha vergüenza decirlo.

–Venga, hija mía, adelante, que Dios todo te lo quiere perdonar –le animó el reverendo.

La buena señora siguió todavía un rato con sus remilgos hasta que, por fin, le dijo al confesor:

–Es que el otro día estaba dándole el almuerzo a mi nieto y, como es muy enredador, le pegó una patada al puchero, tiró las sopas de leche a la ceniza y me dio tal coraje que… ¡me cagué en los coj… del cura!

Aquel cura, que tenía una considerable dosis de socarronería, le contestó sin inmutarse:

–¡Pues habrá sido en los de mosén Nicolás, que yo los llevo muy limpios!

La señora tuvo el desliz de contarle lo sucedido a una supuesta amiga y al poco tiempo lo sabía todo el pueblo. Como era de esperar, los convecinos se partían de risa cada vez que lo comentaban.

En una época muy posterior, cuando ya solo había en el pueblo un sacerdote, que era mosén Manuel Úbeda (que por cierto nos bautizó a mis quintos y a mí), las confesiones se realizaban por un método simplificado que consistía en que el mosén iba preguntando si se había hecho esto o lo otro, y el presunto pecador simplemente respondía “sí, padre o no, padre”. Con estas facilidades, la gente se acercaba con menos corte al confesionario, las confesiones eran más completas porque la lista protocolaria estaba bien estudiada, y además se ganaba tiempo. Al final el sacerdote preguntaba si había algo más, por si acaso; y, si no lo había, aquí paz y después gloria.

Al lado del confesionario había un banco que algunas veces, especialmente por Pascua Florida, estaba ocupado en su totalidad por varones de diferentes edades que esperaban su turno. Un día había un hombre arrodillado confesándose y los del banco percibían el murmullo característico de la confesión cuando, de pronto, aquel hombre, en voz alta, exclamó: “¡¡Eso no!!”. Todos volvieron la cabeza extrañados, pero el hombre prosiguió sin dar más voces, terminó su confesión, se santiguó y salió de la iglesia.

Como al parecer era más precavido que la señora del relato anterior, no le dijo a nadie lo que le había preguntado el cura, así que nunca se supo; pero mucha gente se quedó con las ganas de saberlo, y también se iba comentando lo sucedido, dando pie a diversas especulaciones, así que no sé qué es peor.

Cuando falleció mosén Manuel, que era un sacerdote muy apreciado, vino al pueblo mosén José Fuster, que era bastante joven (poco más de treinta años) y llegó con aires renovadores, fruto lógico de su moderna formación en el seminario. Era activo y deportista y, por ejemplo, no le importaba subirse la sotana hasta la cintura y ponerse a jugar al fútbol si se daba el caso, cosa que nos dejaba admirados.

Acostumbrados los fieles de Ariño a los métodos de mosén Manuel nos extrañábamos de muchas cosas del nuevo cura, y una de ellas fue el cambio del protocolo de la confesión, ya que este sacerdote no preguntaba por los pecados, sino que esperaba, sin decir nada, a que se los recitasen. Este cambio significó para muchos algo difícil de aceptar y un día que estaba el mencionado banco de espera abarrotado de hombres, le tocó el turno a uno de cierta edad y dijo, como siempre, “Ave María Purísima”. “Sin Pecado Concebida” le contestó el reverendo, y se quedó esperando la enumeración de los pecados, y el otro a que el sacerdote se los preguntara. Cuando pasaron varios minutos, ambos en silencio, el arrodillado dijo “adiós buenos días”, se levantó, y se fue. Mosén José sacó la cabeza del confesonario y dijo “¡oiga, oiga!”…, pero el desertor siguió su camino sin volverse y murmurando por lo bajinis: “¡el pájaro no está dos veces en el nido!”.

También esta vez se comentó por el pueblo lo sucedido, y yo lo relato porque refleja la realidad y porque, bien mirado, tiene su gracia imaginar las caras que debían de poner mosén José y el malhumorado prófugo.

viernes, 22 de enero de 2010

Uno sobre campanas

Este relato lo contaba mi padre y se refiere a las frecuentes procesiones que antiguamente se celebraban en Ariño por muy distintos motivos: festividades religiosas, fiestas de los santos patronos de los barrios, e incluso para pedir la lluvia en los años de especial sequía.

Cuando se trataba de las fiestas de los santos patronos, tenía lugar, durante la procesión, el volteo de las campanas de la torre, rivalizando en energía los mozos más fornidos de cada barrio.

Explicaba mi padre que en una de aquellas procesiones estaba siendo tan patente un especial brío en la actividad campanil, que una señora de la comitiva le dijo a su vecina:
- Este año sí que van fuertes las campanas. ¿Sabes quién las toca?
- Es el chico de la tía… -respondió la otra-.
La primera, una vez que supo de quien se trataba, concluyó:
- Pues sí que las toca bien, ¡y eso que no sabe de letras!

Mi padre se reía de lo que parecía una incongruente exclamación; sin embargo esta tenía su miga, porque implícitamente relacionaba dos admiraciones: la que se profesaba a las personas que sabían leer, y la que correspondía a la agudeza vivacidad y fortaleza del mozo; y es curioso observar cómo todas estas cualidades se mezclan e influyen mutuamente en el pensamiento intuitivo de aquella señora.

A propósito del volteo de las campanas hay que decir que la operación requería fuerza, pero también destreza y rapidez de reflejos, porque el no ladearse a tiempo de la trayectoria de la campana entrañaba gran riesgo de sufrir un grave accidente.

domingo, 10 de enero de 2010

El cine en Ariño

Hacia 1946, el equipo de albañiles de SAMCA dirigido por un señor muy competente, amable, alto y fuerte que se llamaba Manolo Sos, daba fin a la construcción de un proyecto de gran envergadura, cuya gestación supongo que debió de hacerse en Barcelona, para servicio y diversión de los habitantes de Ariño. Aunque destinado básicamente a toda la población minera, por su ubicación en el barrio de SAMCA tuvo, en esta parte del pueblo, su mayor influencia.

Se trataba de un complejo compuesto por un espacioso bar con fachada a la carretera, una pensión-residencia, y un local multiusos de considerables proporciones destinado a sala de cine, teatro y baile.

El aspecto exterior de este conjunto era el de un edificio de un solo volumen de planta rectangular y notable altura, austero pero bien pensado, que se había construido con los mejores materiales y medios que en aquella época de escasez se podían conseguir.

El ambicioso proyecto se completaba con una extensa zona deportiva anexa al edificio, en la que aparecían un frontón de tamaño reglamentario, un campo de fútbol relativamente pequeño, y una pérgola circular prevista para el patinaje.

Unas acacias plantadas en los sitios adecuados daban un punto de verdor y de frescura a la estética de todo aquel conjunto.

No sé si nos dimos cuenta de que aquel proyecto significó para Ariño un paso adelante con relación a los pueblos del entorno, pues entonces era muy difícil encontrar uno que tuviese alguna instalación de aquel nivel. Alguien, en alguna parte, quiso poner al servicio de Ariño estos recursos sociales, para diversión de niños, jóvenes y mayores y para que tuviéramos acceso a diversas opciones de tipo cultural. La obra y el equipamiento de todo ello debió de representar una considerable inversión y cuantiosos gastos de mantenimiento, pero a nosotros no nos costó ni un céntimo y, por nuestro escaso conocimiento e información, quizá debimos de pensar que todo aquello estaba surgiendo de la nada por arte de magia.

Nunca es tarde para reconocer el mérito de dicho proyecto de SAMCA que, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces; a pesar de los cambios de dueños y de costumbres sociales; y con las adecuaciones necesarias en las que se vislumbra el importante protagonismo de nuestro malogrado amigo Gregorio Palos y de su hermano José (ciertamente ayudados por la SAMCA actual), todavía sigue dando unas interesantes prestaciones a Ariño, adaptadas en lo posible a sus actuales necesidades y circunstancias.

Todo este largo preámbulo es para referirme a lo que ahora más me interesa que son las polifacéticas funciones del local que llamábamos cine.

Tengo que decir que el cine en particular, tanto por el diseño como por la construcción y por el aprovechamiento de los limitados recursos, era un proyecto francamente brillante, en especial para aquellos tiempos. Hasta en el más pequeño detalle se veía la labor concienzuda de un equipo bien dirigido de técnicos y de profesionales de distintas especialidades, tratando de hacer, todos juntos, un trabajo perfecto y lo más económico posible.

El salón tendría capacidad para más de quinientas personas, que es tanto como decir para casi todo el pueblo de Ariño y, de hecho, hubo ocasiones en que asistió a algún acto casi toda la población, y el salón permitió su total acomodo sin mayores problemas.

Antes de inaugurar el salón se proyectó alguna película en el exterior, al aire libre, pero de esto conservo solamente un vago recuerdo.

El operador de cine sería el tío Feliciano, que era el padre de Manolo y de Vicente Omedas, familia de trayectoria muy notable, reconocida por todo el pueblo, especialmente por sus muchos amigos, entre los que me incluyo.

Las sesiones de cine tenían lugar los sábados por la noche y los domingos por la tarde y para las festividades de calendario (que eran las mismas para toda España excepto para los santos patronos de cada lugar) la película de turno se pasaba también dos veces, es decir la víspera y el día festivo.

La sesión de cine del sábado por la noche tenía la particularidad de que comenzaba relativamente temprano respecto al horario de la cena, y aun así acababa demasiado tarde; así que los que vivíamos en la parte alta del pueblo teníamos que hacer la ida y el retorno sin pérdida de tiempo. Cuando salíamos del cine en invierno había que vernos a paso ligero con las bufandas tapándonos la nariz, emitiendo al respirar nubes de vapor, subiendo la cuesta del Secano Cuartana a increíble velocidad, casi corriendo, para espantar el frío y llegar al Barrio Bajo en pocos minutos. Aquella prueba de esfuerzo circunstancial la resistíamos perfectamente, sin ningún problema. La bajada al comienzo de la sesión, nos costaba menos de dos minutos, porque la hacíamos corriendo, a toda leche.

Recuerdo que una de aquellas noches en que andaba mal de tiempo tuve que hacer un especial sprint desde la puerta de mi casa, y cuando estaba a mitad de la cuesta, no sé qué me pasó, si es que tropecé en alguna de las abundantes piedras del camino o que se me quedaron los pies retrasados con relación al cuerpo, el caso es que me pegué una talegada de tal calibre que fui a rastras varios metros. Cuando se detuvo mi cuerpo, me sacudí la ropa para quitarle el polvo, comprobé que no tenía ningún hueso roto, y seguí mi marcha (algo menos rápida) hasta el cine. Como resultado de aquella fenomenal plancha en el puro suelo, no recuerdo ningún efecto secundario importante, ni en el cuerpo ni en la digestión de la cena.

Las sesiones de cine de los domingos y festivos comenzaban sobre las cuatro de la tarde, que era una hora muy cómoda tanto para las personas adultas como para los chavales, que incluso teníamos tiempo en verano de darnos, después de comer, un buen baño en Los pilones o en el Pozo Loren en las entonces cristalinas aguas del río Martín, por supuesto sin esperar a hacer la digestión, ni mucho menos.

La asistencia al cine era o no permitida en función de la edad y de la calificación que le correspondía a la película, que venía fijada por las autoridades eclesiásticas de alguna parte y expuesta al público en el tablón de anuncios de la puerta de la iglesia.

Había que sacar en taquilla las entradas, que costaban algo así como 1,50 pesetas, cantidad que era accesible, sin duda alguna, para los mayores pero que para los chavales rozaba el límite de lo permitido por la economía familiar. Existía también la posibilidad de sacar abonos mensuales y entonces se disponía de una tarjeta que facilitaba los trámites de acceso al cine y permitía ser usada por el titular y por cualquier otra persona (entonces no se hilaba tan fino como ahora en estos temas) así que yo, cuando mi tío Antonio no la usaba, se la pedía y con ello podía ir al cine alguna vez más que las que mi escasa disponibilidad de dinero me permitía.

Algunas veces en que no nos llegaba el dinero para la entrada, recurríamos a una treta que consistía en mirar por un agujero que había en la puerta de madera del fondo, que dudo de que lo llevase cuando se puso la puerta por primera vez en su sitio. Como solíamos andar en grupo, nos turnábamos en la contemplación ilegal de la película y nos explicábamos lo visto, hasta que hartos de la incómoda postura y la dificultad de entender nada, comprendíamos que no valía la pena el esfuerzo y nos íbamos con la música a otra parte.

Cuando podíamos sacar religiosamente la entrada, al acceder al edificio, antes del salón, nos encontrábamos con un vestíbulo cuyas paredes estaban totalmente ocupadas por carteles de las distintas películas que antes o después se irían proyectando, que eran tan espectaculares y de actores tan famosos, que justo nos venía para reprimir exclamaciones de admiración.

Las localidades no eran numeradas y cada uno se sentaba donde podía, lo que no representaba, por la abundancia de butacas, problema alguno. El alumbrado era indirecto y bien calculado y el aviso de su apagado y del comienzo de la proyección tenía lugar por medio de dos timbrazos. Antes de la película se pasaba un noticiario-documental (el NODO) que con su peculiar estilo nos daba noticias de toda España por medio de imágenes en blanco y negro y una voz en off muy característica. Con esto se trataba de informarnos de lo bien que marchaba todo, aunque no siempre fuera cierto. A continuación se pasaban, como aperitivo, unos dibujos animados generalmente de Walt Disney o de Warner Bros, y su comienzo venía acompañado de una fuerte algarabía de los espectadores infantiles. Así fuimos conociendo a Popeye y Olivia, al pato Donald, al Correcaminos y al Coyote, al gato Lucas, a Mickey Mouse, a La pantera rosa, y a otros más. Al finalizar esta parte se encendían las luces para dar tiempo a la preparación de la película principal, la cual se proyectaba, por fin, transcurridos unos pocos minutos.

Tengo que señalar aquí que a los niños de nueve o diez años, que era mi edad por aquel entonces, el permanecer a oscuras durante las casi dos horas que venían a durar las películas les produce (al menos a mí me pasaba y supongo que también a los demás) una especie de depresión temporal. Yo, cuando menos lo esperaba, entre escena y escena, desde un rinconcico de mi cerebro me llegaba la idea de que antes o después se morirían mis padres y cosas parecidas, lo que me producía gran tristeza y desvalimiento, sensación que desaparecía cuando el recinto se iluminaba de nuevo. Así que valga mi experiencia como aviso para los padres que tengan hijos en esta edad. Debo decir también que las escenas de terror a esas tempranas edades también hay que evitarlas. Yo vi la película “Jack el destripador” en la que había una escena en que al entrar una persona en una habitación salía de repente de detrás de la puerta el dichoso Jack con un enorme cuchillo y la asesinaba. Se me grabó aquella escena de tal manera que, durante años, al entrar en las habitaciones, contemplaba instintivamente la posibilidad de que pudiera sufrir una agresión de este tipo. De modo que cuidado también con las películas que ven los niños de pequeños, pues pueden producirles traumas fastidiosos de cierta duración como me pasó a mí en el cine de mi pueblo.

En el transcurso de la película la población infantil producía molestias, que daba lugar a quejas como la que me contaron y reproduzco a continuación:

Parece ser que un niño no dejaba oír la película por causa de sus constantes lloriqueos, hasta que desde una zona próxima, alguien, dirigiéndose a la madre, dijo: “¡Dale teta!”; a lo cual respondió la madre: “¡Si ya tiene tres años…!”. El intransigente interlocutor concluyó con la siguiente expresión, rotunda y malsonante: “¡Pues dale una hostia, que no deja oír!”.

En fin, que en aquel cine que se llenaba en cada sesión, nos familiarizamos con las imágenes de aquellos grandes actores americanos como Clark Gable, Gary Cooper, Montgomery Cliff, Errol Flynn, Richard Burton, Victor Mature, Spencer Tracy y muchos más, y actrices como Bette Davis, Olivia de Havilland, Greta Garbo, Ingrid Bergman, Elizabeth Taylor, y un largo etcétera y vimos, si la edad nos lo permitió, películas como “Lo que el viento se llevó”, “Murieron con las botas puestas”, “Casablanca”, “Gilda”, “Retorno al abismo”, y muchas otras.

La primera de la que tengo noción es “Kit Carson”, película del Oeste con las aventuras propias de las luchas entre los indios y los colonos, y recuerdo que el protagonista llevaba una chaqueta de cuero con unas hileras de tiras colgando de las mangas, que ignoro la función que tenían, pero me pareció un adorno muy curioso. Un tiempo después vi que también usaba una chaqueta así Buffalo Bill, cuando vestía de gala.

Las películas de entonces eran generalmente entretenidas, y creo que positivas en cuanto a las enseñanzas que podían extraerse de sus sencillos argumentos. Así que, para mi entender, aquel cine fue un recurso cultural muy valioso y divertido.

Ahora tenemos la posibilidad de ver películas de cine en todas partes y lo consideramos algo normal y cotidiano, pero entonces supuso para los habitantes de Ariño un privilegio, un acceso a la contemplación de otros modos de vida, un aliciente para los días de fiesta, una ocasión de socialización con los demás y, en fin, una ocasión para el desarrollo personal incluso mayor de lo que imaginamos.

Al principio indiqué que el salón de cine era polivalente y no quiero terminar sin comentar que, efectivamente, se empleó muchas veces para representar en aquel hermoso escenario obras de teatro de aficionados del pueblo, algunas promovidas por mosén José Fuster que en paz descanse (yo fui uno de los actores) y otras tipo revista, varietés, etc., cuando la festividad lo requería, en cuyo caso los organizadores contrataban a la compañía que consideraban más apropiada. En este aspecto considero que de haber surgido personas impulsoras de la actividad teatral, el salón y sus medios hubieran permitido sacarla adelante perfectamente, ya que la disponibilidad por parte de la SAMCA no faltó en ningún momento.

Citaré también, aunque sea someramente, el uso de la sala para baile. A tal fin se despejaba el espacio de los asientos (que se apartaban y apilaban con facilidad), se situaba la orquesta en el escenario (recuerdo incluso alguna cantante a las que a veces se les llamaba animadoras) y la gente nos dedicábamos a bailar (los más animados) o a contemplar el jubiloso ambiente los más retraídos. Aunque la inclinación del suelo que se proyectó así pensando en uso del salón como cine era un inconveniente más enojoso de lo imaginable, no era suficiente para impedir que multitud de parejas se divirtieran bailando. Seguro que muchos noviazgos tuvieron su inicio o desarrollo en aquellas sesiones de baile en el cine de SAMCA, a la romántica luz de la iluminación indirecta que el cine requería, y al son de los boleros que entonces se prodigaban.

Para finalizar diré que estoy seguro de que algún lector que conoció lo que aquí se recuerda pensará que debería haber hecho más hincapié en este o aquel aspecto del tema. Lo siento pero he tenido que seguir mis recuerdos (principalmente de niño) y a ellos me he atenido. Mi juicio sobre este relato es que se refiere a algo muy amplio con muchas vivencias, y solamente se pueden dar unas pinceladas gruesas sin entrar en un tratamiento exhaustivo que requeriría todo un volumen. De todos modos ENTABÁN es un espacio abierto al que todos podemos llevar los recuerdos que consideremos interesantes, así como a la zona de comentarios, que también facilitan esa participación. Así que, como muchas veces decimos… ánimo, y ¡ENTABÁN!

martes, 24 de noviembre de 2009

Los tebeos en Ariño

En Ariño hay un lugar que llamamos “el ladrillao” en el que confluyen tres calles y tiene tres esquinas. Mi relato va a referirse a este punto porque tiene para mí una significación especial por varias razones: quizá la más importante es que tengo mis primeros recuerdos en ese entorno, porque hasta los cinco años viví con mis abuelos Domingo y Petra en una casa que está justo al comienzo de la calle “subida al Calvario” y, cuando fui creciendo, por estar tan cerca de la casa de mis abuelos a la que iba varias veces cada día, siguió siendo para mí dicho lugar una zona muy frecuentada.

La casa de mis abuelos era la segunda de la derecha

Citaré, como detalle curioso, que una de las primeras escenas que recuerdo es a una señora caminando con un cántaro en la cabeza y llegar hasta ella otra gritando y dándole con un bastón en el cántaro de tal modo que cayó este al suelo, se hizo añicos, y se organizó una trifulca que nunca después he podido (ni pretendido) aclarar, pero que, como es lógico, me impresionó vivamente.

El hecho es que en dicho punto las plantas bajas de dos de las tres casas que hacían esquina eran carpinterías: una era de la familia del tío José Lahoz, y la otra del tío Pablo. A esta teníamos más acceso los chavales, ya que la puerta siempre estaba abierta, y veíamos todo lo que el carpintero hacía y tenía. Recuerdo que no había ninguna máquina que utilizase la corriente eléctrica y solo se veían martillos, limas, sierras, serruchos, garlopas y cepillos, todo de uso manual. El aparato más sofisticado era una muela de grano abrasivo humedecido que se movía a pedal y que el tío Pablo utilizaba para afilar las cuchillas de las distintas herramientas.

Estoy viendo al tío Pablo, con la cara chupada debido a su delgadez, siempre con la colilla del cigarro en los labios y un lápiz plano de carpintero en la oreja para tenerlo siempre a mano. Cuando no estaba serrando o cepillando alguna madera estaba clavando puntas sin cesar o pegando las distintas partes con cola de carpintero. Todas las medidas las hacía con un metro amarillo plegable, y para el posicionamiento correcto de unas maderas con otras utilizaba varios tipos de escuadras. Este señor vivía solo en aquella casa y un día vi que todas las puertas estaban cerradas y era debido a que el tío Pablo había muerto y yo no me había enterado. Descanse en paz aquel trabajador y silencioso carpintero.

El ladrillao”: a la izquierda la carpintería del tío Pablo, en el centro la del tío José Lahoz
y a la derecha la casa de Teodoro Rodrigo, que fue tienda del tío Pascual Alcaine

La tercera casa pertenecía a la familia de Teodoro Rodrigo y era una de las más notables del pueblo por la obra, a partir de cierta altura, de ladrillo árabe y ventanas con arcos de medio punto y alero a juego. Este ladrillado supongo que fue la causa del nombre del referido lugar.

Casa de Teodoro Rodrigo, con los arcos y alero que se citan

Un día (en 1943) vimos que aparecía en esta casa un local comercial con puerta a la calle Lacería y una ventana grande con cristal y alambrada a la calle Mayor. El negocio de este local lo estaba proyectando un tío de Juan José (“el Lino”) que se llamaba Pascual Alcaine, junto con su esposa Dolores, que tenían una hija que se llamaba Mariluz y era unos dos años mayor que yo.

En Ariño (y supongo que en todos pueblos) algo así era un acontecimiento observado atentamente por todos los vecinos sin excepción, de manera que nos quedamos muy interesados en ver lo que allí se iba a hacer.

Los preliminares del proyecto eran que el tío Pascual había comenzado a trabajar en la mina y, cuando llevaba quince días, pidió la baja porque le bastó ese tiempo para darse cuenta de que con el oficio de minero entonces no iba a hacer gran cosa, y él tenía mayores pretensiones, que las acompañaba con cualidades que mucha gente reconocía y respetaba. Pensó que era más positivo dedicarse al comercio, instalando una tienda en un punto del pueblo adecuado para esta actividad. Así que señaló aquel lugar como idóneo, y allí situó su tienda.

Vimos que el tal comercio iba a ser una verdulería, lo que provocó dudas de que tuviera éxito ya que pocas familias del pueblo no tenían un huerto donde recoger verduras para dar y vender; sin embargo el tío Pascual era clarividente y lo tenía todo pensado. Por ejemplo, en Ariño no se sabía lo que eran los plátanos y gracias a él los conocimos; los tomates canarios que maduran en invierno empezaron a verse allí; las naranjas no eran fruta propia de nuestro pueblo y los camiones naranjeros de Valencia venían de tarde en tarde, etc.; en definitiva, cuando fallaba alguna fruta u hortaliza en el pueblo la hacía llegar de otras partes y, en fin, que estaba siempre atento a las demandas que se iban produciendo, lo cual era, además de interesante para la tienda, un servicio para Ariño.

A medida que pasaba el tiempo iba introduciendo nuevos productos, algunos de ellos pensados para los niños, especialmente en la época de Reyes. Un año aparecieron en la ventana-escaparate bien iluminados una serie de juguetes que hizo que los niños dejásemos la malla metálica llena de los mocos que solíamos llevar en nuestras diminutas narices. Yo me centré en una pistolica niquelada que al apretar el gatillo podía hacer chispear a un rollo de martinas (un crepitante que se vendía en tiras) y ya no tuve ojos para ninguna otra cosa. Supongo que di la noticia en mi casa pero la insinuación de lo mucho que me gustaba no fue suficiente, porque entonces los Reyes no tenían los medios de transporte actuales y no llegaban hasta Ariño más que raras veces, y los padres nos solían regalar en esas fechas calcetines y cosas parecidas. La pistolica estuvo allí varios años y algunos chicos (no muchos) sí que las compraron, pero yo no estuve entre los agraciados.

Un día apareció en la tienda un producto que iba a tener gran éxito y, sin imaginarlo, gran inflluencia entre todos los niños del pueblo, especialmente los varones. Fueron los tebeos, que el tío Pascual, con su característico buen olfato comercial, supo acercar hasta Ariño supongo que desde Zaragoza o sabe Dios desde dónde. Primero fue “el guerrero del antifaz”, basado en las luchas entre moros y cristianos; luego “el pequeño luchador” que relataba aventuras entre indios y vaqueros del Oeste norteamericano; enseguida apareció “hazañas bélicas” que se inspiraba en acciones de la segunda guerra mundial y, al mismo tiempo, “Roberto Alcázar y Pedrín” que narraba aventuras de este atildado superdetective y un chavalín que era su compañero inseparable. En poco tiempo nuevos personajes fueron engrosando la lista de los anteriores como Carpanta, Mortadelo y Filemón (agencia de información), el reporter Tribulete (que en todas partes se mete), Zipe, Zape y don Pantuflo, etc., etc. Había una de aquellas publicaciones que, además de muchas historietas, traía los famosos inventos del profesor Frank de Copenhague; se llamaba TBO y supongo que el nombre de tebeos que dábamos a todas ellas, debía de provenir de esta. Actualmente se va popularizando la denominación de cómics que, aunque aceptable, no deja de ser un anglicismo.

Aquellos tebeos llegaban puntualmente cada semana y estábamos esperándolos como al agua de mayo. Comprábamos algunos y luego nos los prestábamos de unos a otros para reducir los gastos, que empezaban a parecerles excesivos a nuestros padres.

Aquello fue una revolución cultural que nos hizo visualizar muchas imágenes muy bien dibujadas, con poco texto, y darnos a conocer mundos fantásticos creados por aquellos maestros del cómic; y todo ello nos hizo adherirnos a los tebeos de una forma total: estábamos a todas horas leyéndolos y releyéndolos de día y de noche y, si bajaban la guardia nuestros padres, incluso durante las comidas.

Las personas mayores no aceptaron bien la nueva situación, primero porque nos gastábamos en ellos más perricas de lo que nuestras posibilidades aconsejaban, y porque nos veían “ciegos con los tebeos perdiendo el tiempo en una cosa inútil, dejando algo arrinconadas las asignaturas verdaderamente importantes de la escuela”.

Esta mala imagen sobre la lectura de tebeos duró varios años y yo tengo la satisfacción de haber sido uno de los primeros que los defendí y aconsejé su lectura porque me parecieron una manera estupenda de fomentar la lectura de los escolares también en sus casas. Además los mensajes que transmitían eran, a mi entender, graciosos en muchos casos y, en general, no perjudiciales para la formación de los niños.

Los maestros que había entonces en Ariño dejaron pasar la oportunidad de aprovechar este nuevo medio de expresión hecho a medida de los escolares, y más bien consideraron a los tebeos como una cosa poco seria e intrascendente, que no valía la pena ser tenida en cuenta a efectos formativos.

Volviendo al tío Pascual, parecía que se iba defendiendo bien con unas cosas y otras y entonces (en 1946), otra vez para sorpresa de sus convecinos, cerró la tienda y se trasladó con toda la familia, que hacía tres meses que había aumentado con un nuevo miembro, Antonio, a Muniesa.

Fue una nueva muestra de su carácter emprendedor y poco acomodaticio ya que vio mayores posibilidades de desarrollo comercial en aquel pueblo y no le importaron los esfuerzos e incomodidades que estos cambios de residencia y de actividad significan, con tal de sacar adelante en mejores condiciones a su familia, cosa que sucedió según lo previsto, y en Muniesa pudo alcanzar en no demasiado tiempo, una posición más que notable.

La casualidad, que a veces permite que nos encontremos con agradables sorpresas, hizo que un día coincidiéramos en una celebración Antonio (el hijo del tío Pascual) y yo, así que me vino a buscar para “conocer a la persona que su padre admiraba y le ponía siempre como ejemplo”, que resulta que era yo. Entonces descubrí que, sin saberlo, su padre y yo nos teníamos recíproca admiración. Fue para mí muy gratificante el que a una persona de gran valía como Antonio, que tenía en Madrid una brillante situación profesional le hubieran podido servir como estímulo mis esfuerzos por salir adelante estudiando (primero Peritaje y a continuación Ingeniería Superior) con unos recursos económicos muy limitados. A partir de entonces nos tenemos, sin vernos apenas, un verdadero aprecio, como si fuéramos viejos amigos.

No quiero terminar este relato sin aclarar un punto que pudiera inducir a confusiones: se trata de mi respeto por el oficio de minero. No podía ser de otro modo, empezando por el hecho de que mi padre, mis tíos y algunos de mis primos eran mineros, y siguiendo por que para mí cualquier trabajo serio y honesto es respetable. Por otra parte, aunque en la época de la que hablo los jornales eran bastante exiguos, con el dinero que se ingresaba y el trabajo de las tierras (en todo el término, huerta y secano se cultivaban) la gente se iba defendiendo mejor que hasta entonces y Ariño empezó a tener como un cierto florecimiento, ya que anteriormente la gente estaba razonablemente bien alimentada pero no sabía cómo era el dinero; sin embargo alabo la actitud del tío Pascual, que era un emprendedor que no se resignó a seguir la rutina imperante y buscó y encontró métodos para ganarse la vida decentemente con mejores perspectivas que las ordinarias, aunque ello supongo que le costaría más problemas, cavilaciones y dolores de cabeza de los que la gente se imaginaba. Por ello con el debido respeto a todos, reitero mi admiración por las aspiraciones y trayectoria del tío Pascual Alcaine, que fue, durante muchos años, convecino nuestro y, entre otras cosas, introductor de los tebeos en Ariño, para regocijo, placer y alegría (que no es poco) de la población infantil en aquella época.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi muñeca

En 1955, cuando yo tenía dieciocho años y estaba estudiando Peritaje Industrial en Zaragoza, en las vacaciones de Semana Santa nos entró a un grupo de amigos una vocación repentina por los deportes y quedamos en comenzar a practicarlos jugando un partido de fútbol, en el minicampo que había en el barrio de SAMCA, al lado del frontón.

Acudimos de buena mañana más o menos equipados (más bien menos) y comenzamos el partido. A mí no sé qué puesto me correspondió pero, como todos íbamos en grupo detrás de la pelota, daba lo mismo. A los diez minutos del comienzo, estábamos cuatro o cinco de los improvisados futbolistas en un pequeño círculo con el balón en el centro y todos intentando darle patadas, cuando tuve la feliz idea de dar un salto con los dos pies y situarme sobre la pelota para frenarla. Nunca lo hiciera pues el balón actuó de bisagra ayudado por alguna de aquellas patadas, y yo caí finalmente de espaldas. Al caer apoyé las dos manos hacia atrás para protegerme y, al chocar en el suelo, noté una fuerte tensión en las muñecas. Me levanté, y al verificar si me había roto algún hueso, percibí que la muñeca izquierda me dolía; y allí se terminó el partido para mí, y al poco rato también para el Juanito “El barbero”, que se rompió el dedo meñique de la mano derecha y ya para siempre le quedó torcido; visto lo cual dimos por terminado el encuentro y nos fuimos todos, cada uno a su casa.

Al llegar a la mía, mi madre me notó en la cara que algo me pasaba, y era que la muñeca me seguía doliendo bastante. Me la observó y señaló un pequeño bulto en el lateral, que a ella le dio mala espina, por lo que hizo el diagnóstico provisional de que algún hueso se me había estropeado. Con este diagnóstico y el hecho de que cada vez el dolor iba en aumento, decidimos ir a Zaragoza al día siguiente a casa de nuestros buenos amigos los Oliete (de los que éramos como familia), para que me viese algún traumatólogo.

Aquella noche la recuerdo como una de las peores de mi vida porque la muñeca me dolía muchísimo sin cesar el dolor ni un segundo. A la mañana siguiente el coche de línea y el tren nos llevaron a Zaragoza. La más pequeña vibración hacía que me aumentase el dolor, así que fui todo el viaje de pie para amortiguarlo, flexionando las piernas continuamente. Nuestros amigos me prepararon una cita con un traumatólogo que conocían, el doctor Lorente Sanz, que lo era del hospital militar con grado de teniente coronel y que tenía consulta privada en la calle san Gil y allí fui, a la hora convenida, acompañado por mi madre.

El médico me quitó el vendaje casero que llevaba y me cogió la mano con la suya como si se saludaran dos zurdos, y simplemente con esta operación, me desapareció el dolor casi totalmente. Supongo que debí de poner cara de extraordinaria sorpresa ante lo fácilmente que desaparecía un dolor tan agudo y constante. Debió de tardar unos diez minutos en diagnosticarme una fisura del radio y me citó para la mañana siguiente en la Cruz Roja que está en la plaza que entonces se llamaba de José Antonio y me vendó e inmovilizó el antebrazo de tal manera que el dolor era ya muy soportable.

A la mañana siguiente, en la Cruz Roja, cuando yo creía que simplemente me iban a escayolar el brazo, me pusieron una bata, me pasaron a un quirófano, me acostaron en una mesa, me colocaron una mascarilla y me dijeron “cuenta hasta diez”. Cuando iba por el ocho lo dejé… Me desperté con el brazo escayolado al lado de mi madre y el doctor Lorente me dijo que habían tenido que estirarlo mucho para arreglar los desperfectos, y me citó en su despacho por la tarde.

Cuando vio que la evolución postoperatoria era correcta me indicó que esperaba quitarme la escayola dentro de cuatro semanas y que si entretanto tenía algún problema fuese a verle. Con esto regresamos a Ariño con el brazo reparado y las vacaciones tocando a su fin.

En la fecha prevista fui a que me quitase la escayola, y me dijo que el brazo estaba bien y que, para la recuperación de la fuerza, hiciera algunos ejercicios y de vez en cuando lo bañase en agua caliente salada. En este momento le pregunté cuánto tenía que pagarle y me dijo que no había prisa, que ya hablaríamos más adelante, y me citó para dentro de otras dos semanas.

Acudí de nuevo esperando que aquel día me daría el alta definitiva y la factura, y fui provisto del dinero que pude recoger. Efectivamente me dio el alta y entonces le dije: “Doctor Lorente, ahora si que tiene que decirme ya cuales son sus honorarios”. Me miró con una mirada escrutadora y me dijo: “El caso es que ha sido una operación complicada: yo he tenido que pagar quirófano, anestesista y a varios ayudantes...”. A mí comenzaron a temblarme las piernas y debía de ser transparente para aquel hombre tan brillante y experimentado. De pronto me hizo la siguiente pregunta: “Vamos a ver… tú, ¿qué dinero llevas? Le contesté que tres mil pesetas, y él me dijo finalmente: “Pues dame mil quinientas”. Insistí en darle al menos las tres mil, pero se mantuvo en lo dicho y también añadió: “Espero que algún día hagas tú lo que yo acabo de hacer contigo”. Me dio un abrazo y salí de su casa con los ojos arrasados de lágrimas y el corazón lleno de afecto y agradecimiento hacia aquel hombre, que se hizo cargo de que éramos una familia humilde, y yo becario, y de que nos pondría en grave dificultad si nos cobraba lo que realmente valía la operación y las consultas. Con las mil quinientas pesetas que le dimos, aunque eran de las de hace 54 años, no pagamos, ni mucho menos, los elevados costes de la operación, su propio trabajo y las numerosas visitas en su consulta.

Se me ocurren, como conclusión, varias cosas: la primera, que es mal sistema el comenzar una práctica deportiva por un deporte que podemos calificar de violento. La segunda, que las coberturas sociales son incomparablemente mejores ahora que entonces, porque los estudiantes teníamos simplemente un seguro escolar válido únicamente para accidentes en el interior del Centro, en época y horario lectivos, y no durante las vacaciones. Otra gran mejora ha sido la asistencia médica inmediata y la disponibilidad de medicamentos. Si aquello me hubiera ocurrido actualmente, con analgésicos y antiinflamatorios me hubiera ahorrado 24 horas de fuertes dolores. Otra observación es que cuando tenemos 16 ó 18 años, que ya nos parece que somos autosuficientes, si nos ocurre cualquier cosa, al final son los padres los que nos sacan del apuro, porque nuestra autosuficiencia solo es aparente. Y, para terminar, que el encontrar personas como mi traumatólogo, nos da una lección de humanidad, de delicadeza y de caballerosidad que nos hace ir por la vida deseando parecernos a esas personas que se convierten en magníficos modelos de referencia.

Hace poco tiempo vi en una sala de espera, en una orla de la Facultad de Medicina, la fotografía del doctor Lorente Sanz; además de agolparse muchos recuerdos en mi mente, le dediqué una vez más mi callado, emocionado y sincero homenaje de gratitud, por todo lo que este señor ha significado en mi vida.

Para terminar señalaré, una vez más, que los acontecimientos aparentemente negativos, suelen venir acompañados de aspectos favorables que, si los sabemos ver, dan en muchos casos un saldo positivo, como sucedió en aquella ocasión: el haber tenido la oportunidad de conocer a tan magnífica persona y haber podido ver su forma de actuar, no tiene ni punto de comparación con la fisura de un simple hueso.

viernes, 30 de octubre de 2009

Todos los Santos

Estamos llegando a la fiesta de Todos los Santos, en la que se celebra la santidad de todos aquellos (creo que deben de ser muchísimos) que, siendo realmente santos, han pasado desapercibidos para quienes se ocupan de determinar la santidad de las personas.

Celebramos también el día de los Fieles Difuntos entendiendo que existe el Purgatorio y que, para quienes estén allí, nuestras oraciones les han de servir para reducir su estancia.

En la actualidad tomamos estos días (al menos en España) para ofrecer un recuerdo especial a las personas que hemos conocido, y querido, y que ya no están con nosotros. Si nos es posible nos acercamos al lugar donde están sus restos y, por un impulso que nos surge de muy adentro, sacamos brillo a sus lápidas, ponemos flores nuevas, les decimos (en silencio) palabras amorosas y, si somos creyentes, les rezamos una oración.

La televisión española en estos días acostumbraba año tras año a poner por la noche en la cadena única y posteriormente en alguna de las posibles, el drama de don Juan Tenorio que, de tanto repetirlo, casi llegamos a recitarlo de memoria.

Todo ello me lleva a recordar cómo se hacían los entierros en Ariño cuando yo era un chavalín. En uno de mis primeros recuerdos en este sentido, me veo recogiendo velas de cera junto con otros niños en la casa del difunto. Una vez encendidas y protegiendo su llamica con la mano, íbamos acompañando al sacerdote con la cruz alzada en procesión hasta la puerta de la iglesia, donde se dejaba el ataúd sobre una mesa pequeña que alguien llevaba para este fin bajo el brazo, y el sacerdote y el sacristán cantaban lo que correspondía a la circunstancia antes de entrar a la iglesia.

La razón de que tuviéramos interés en asistir al entierro y hasta nos disputásemos la asignación de velicas, era que por ello nos daban diez céntimos de peseta a los seis chicos seleccionados. Los organizadores lo hacían por la estética de rodear al difunto de niños con velas y también porque aquella era la costumbre imperante en Ariño en los entierros. Esta costumbre fue desapareciendo, gracias a Dios, hace muchos años.

En aquella época, el anuncio del fallecimiento se hacía por un toque especial de las campanas de la torre de la iglesia (nosotros decíamos “están tocando a muerto”). Si el fallecido había sido un niño el aviso de las campanas era un toque del que decíamos “tocan a din-din”. Al cabo de pocos minutos se oía por las calles del pueblo el tintineo de una campana de mano que iba haciendo sonar el pregonero y en los puntos en que daba los bandos, esta vez decía:

“Cofrades y cofradesas del Salvador… Se hace saber… que ha fallecido (el nombre del difunto)… El entierro será (decía el día y la hora)… Nos acordaremos de acompañarle y de rezarle un Padrenuestro y un Ave María… Que el Señor haya acogido su alma en estado de gracia…” Y, con esto dicho, seguía su ronda batiendo sin parar la campanica.

Al entierro acudía casi todo el pueblo, vestidos con cierta pulcritud como señal de respeto al muerto y a su familia. Las mujeres iban hasta la iglesia, y unas pocas seguían hasta el cementerio, mientras que casi todos los hombres seguían, después del funeral, hasta el cementerio, turnándose en el transporte del féretro con cierta frecuencia, porque este tenía solamente seis asas y cada uno de los voluntarios debía soportar un esfuerzo de cerca de veinte kilos y algunas veces incluso más, y esto era demasiado para quien no estuviera acostumbrado al esfuerzo físico.

En el cementerio el enterrador había abierto una fosa en el suelo de unos dos metros de profundidad y allí se depositaba el féretro bajándolo al fondo sin mucha dificultad con dos sogas. Algún familiar echaba un puñado de tierra sobre el ataúd, que resonaba de una forma lúgubre en el silencio (interrumpido por algún reprimido sollozo) de los acompañantes. El enterrador procedía a rellenar de nuevo la fosa con la tierra que se había extraído; a veces era ayudado en esta labor por algunos familiares del difunto. Una vez acabado el enterramiento se daba el pésame a los familiares más cercanos del fallecido, generalmente de forma desordenada, y toda la gente regresaba a sus casas.

En la casa del difunto se rezaba “el rosario” tres noches seguidas (anteriormente eran nueve). Las oraciones las dirigían mujeres a quienes llamábamos “las rezadoras” que se iban turnando con el paso del tiempo. Aparte del rosario propiamente dicho decían muchas otras oraciones cuya característica común era la de ser muy largas y bastante pesadas. De cualquier modo era de agradecer que aquellas señoras se ocupasen de una forma totalmente altruista de dicho cometido, que ellas lo consideraban, sencillamente, como una obra de misericordia.

Para los niños e incluso para muchos adultos, el hecho de la muerte y el contexto que la acompañaba eran tenebrosos, temibles y traumatizantes, y no digamos cuando al fallecimiento se sumaban aspectos especiales como la autopsia (si la muerte había sido accidental), circunstancia que ponía los pelos de punta.
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El enterrador en la época a que me refiero se llamaba Melchor y la gente, con ese humor negro que es más común de lo que parece, llamaba al cementerio “el huerto del Melchor”. Este señor tenía esposa y varios hijos y compaginaba su trabajo de enterrador con el de minero. Vivía con su familia en lo que se llamaba (no sé por qué motivo) el hospital.

Este hospital era una casa situada debajo de la era “del Calandín”, muy cerca de la cuesta de las bodegas. Por estar situada en la parte sur del pueblo disfrutaba de una excelente panorámica de toda la huerta mayor pero, en cambio, en una pendiente muy próxima a ella, estaba el vertedero de todas las basuras.

Estas eran simplemente cenizas de carbón, que era el único residuo que no se reciclaba. La materia orgánica se aprovechaba en su totalidad, las botellas de cristal se reutilizaban todas, y los plásticos no se habían inventado, a pesar de lo cual la vida seguía adelante sin grandes traumas. La gestión de dichas cenizas era responsabilidad de cada uno así como el barrido de su parte de calle. El Ayuntamiento no ofrecía estos servicios ni falta que hacía; sin embargo los pueblos vistos de lejos, por bonitos que fuesen, siempre mostraban en alguna parte, muy a la vista, el brochazo negro y torvo de las basuras no reciclables.

A la muerte del Melchor el puesto pasó a ocuparlo el cabeza de familia de “Los alpargateros” que eran personas de muy pocos recursos que vivían en la casa de al lado del Melchor, y del padre pasó al hijo, como una herencia natural de dicho empleo. Me dicen que aquel chaval, “El alpargaterico”, vive en Ariño y es ya un jubilado de su trabajo en la mina.

El cementerio antiguo de Ariño estaba situado al lado de la ermita de la Virgen del Pilar. Supongo que sería tan antiguo como la ermita (que tenía vestigios románicos). De pequeños jugábamos por allí y aún se distinguían un par de tumbas de mampostería, con grandes boquetes por rotura de la obra. Oí decir que la construcción del nuevo se produjo como consecuencia de una epidemia de cólera que ocasionó tal número de defunciones que hubo que construir a toda prisa el de las lomas, es decir el que yo siempre he conocido operativo.

Este cementerio durante años eran cuatro paredes (sin nichos) y en el fondo había un local donde se realizaban las autopsias sobre una mesa de mármol. Las plantas, que crecían por todas partes de forma descontrolada, eran los sisallos que, incluso en Ariño que se daba valor a todo, se consideraban arbustos completamente inútiles. Son arbustos de lo más humildes que pueden encontrarse, aunque tienen un aroma que a mí me resulta casi agradable. Por supuesto en el recinto no se veía ningún árbol ni nada parecido.

El descuido era total y la fuerza de la costumbre hacía que a la gente le pareciese tan lógico ese estado. Raras eran las tumbas en que se podía averiguar quienes las ocupaban y lo normal es que se desconociese donde reposaban los antepasados. El enterrador gobernaba a su buen saber y entender los espacios, el orden de las excavaciones y los restos y, cuando tenía que reciclar tumbas, después de extraerlos, los amontonaba en un lugar separado y, cuando tenía suficientes, los incineraba para convertirlos definitivamente en cenizas.

La puerta del cementerio tenía ese color gris característico de la madera sometida a la intemperie con ausencia total de pintura. Al abrirse supongo que haría el chirrido característico de las películas de terror. En fin, que el hallarse en este contexto no es extraño que no fuese agradable para cualquier persona normal.

La situación comenzó a cambiar con la construcción de nichos en la pared norte al abrigo del viento, porque con este motivo ya se pudo dignificar notablemente el recinto. Estas mejoras se iniciaron en un determinado momento(que no he podido precisar) y los siguientes alcaldes han ido promoviendo las mejoras paso a paso, de forma que actualmente puede considerarse bastante aceptable, ya que generalmente no se producen excavaciones de tumbas en el suelo y todo está muy bien cuidado. En mayo de este año José Antonio Oliete, Concejal de Urbanismo, anunció en Entabán la ampliación del cementerio actual (obras ya iniciadas actualmente) en 1250 m2, y el arreglo de los locales deteriorados, con un coste total importante y cargos a la Diputación Provincial de Teruel y al Ayuntamiento de Ariño del 70 y del 30% respectivamente. A esta noticia le hice un comentario con las indicaciones que me parecieron oportunas, sobre todo poniendo de relieve la importancia que a mi entender tiene el prestar una atención especial al cuidado del cementerio. En esto, cuando visitamos otros países, nos percatamos de que tenemos mucho que aprender de ellos para conseguir un cambio no solo de detalle sino de concepto, de un lugar que, incluso sin percibirlo conscientemente, ejerce una influencia muy grande en nuestras vidas.

jueves, 22 de octubre de 2009

Ideas, estrategias y tácticas

Cualquier realización tiene unas fases que nos conviene identificar. Me refiero a las siguientes:

La idea, que simplemente es la intención de hacer algo que se nos ha ocurrido.

La estrategia, que es el conjunto de reglas de cierto nivel, necesarias para realizar la idea.

La táctica, que sirve para desarrollar la estrategia, y es la serie de métodos precisos para ello, es decir las adecuadas reglas, que suelen ser sencillas, prácticas y numerosas.

Si falta o falla alguna de estas fases difícilmente se podrán esperar realizaciones que valgan la pena. También puede ocurrir que estemos siguiendo las fases indicadas sin tener conciencia de ello, pero si la tenemos, todo nos será más fácil, como he indicado al principio.

Todo esto que parece tan evidente, mucha gente no lo tiene claro a pesar de su importancia y, de hecho, los términos estrategia y táctica se confunden con frecuencia incluso por personas de cierta formación.

Hay personas que aplican sin dificultad las fases indicadas, pero yo he conocido otras que carecen de esa polivalencia. Por ejemplo, las hay que es raro que tengan ideas algo más que mediocres. Aunque parezca una exageración, estas abundan más de lo que imaginamos (en broma se suele decir que el número de ideas es menor que el de personas). También he conocido algunas con buenas ideas, incluso adelantadas a su época, que por falta de una estrategia adecuada no han conseguido más que realizar esfuerzos costosos e inútiles. Y finalmente, he conocido personas a las que con una buena idea e incluso con una adecuada estrategia les ha fallado el resultado por no conocer o no poder aplicar una adecuada táctica.

Muchas veces ocurre que las condiciones que se requieren para tener buenas ideas no son las mismas que las precisas para llevarlas a cabo y por el contrario hay personas con gran sentido práctico que, en cambio, no son las adecuadas para generar ideas interesantes de cierto nivel. Aquí se aprecia una vez más la conveniencia de los trabajos en equipo, ya que dedicándose cada uno a la faceta que se le da mejor, entre todos se consigue reunir los requerimientos que son precisos para llevar a cabo cualquier tarea medianamente compleja.

Con este largo prólogo he pretendido establecer unos principios operativos básicos que referidos a algo sucedido realmente (que se expone a continuación) nos permiten apreciar su aplicación práctica a un caso concreto.

Yo conocí en Ariño a dos personas (sus nombres no importan) que eran especialistas en elucubrar notables ideas. En cierta ocasión se les ocurrió la posibilidad de dedicarse al cultivo de los champiñones, compaginando esta ocupación con su trabajo habitual. La idea era buena y de hecho se han creado importantes empresas dedicadas a esta actividad. Hay que indicar que entonces apenas existía competencia a pesar de que la gente ya conocía y apreciaba estas setas y, además, el poner en marcha una empresa (incluso de alimentos) no precisaba apenas trámites administrativos; de manera que las condiciones iniciales eran claramente favorables para el desarrollo del proyecto.

Se buscó la documentación necesaria (los libros eran traducciones de otros franceses, ya que en Francia, especialmente en temas de alimentación, han estado hasta hace no mucho tiempo por delante de nosotros), y esta información se completó recogiendo direcciones de proveedores de semilla (micelio) que venían anunciándose en revistas y que la servían desde ciudades como Madrid y Barcelona.

Se decidió que el lugar de cultivo sería una bodega pequeña de suelo con poca pendiente que era propiedad o estaba disponible para uno de los socios. Se barrió a fondo, se preparó arena y estiércol que debía ser, según las instrucciones, de caballo, se mezcló todo bien, se realizaron los caballones y, cuando se recibió el micelio, se procedió a su siembra.

Para mí (que tenía curiosidad por el tema y lo seguía de cerca) había en la operación al menos dos puntos dudosos, como eran la difícil comprobación de la calidad de la semilla y la falta de control de las condiciones ambientales. Esta última parte no se había resuelto por temor a realizar una inversión de cierta importancia sin confiar plenamente en los resultados del proyecto; así que se optó por suponer que, más o menos, el ambiente de una bodega era el apropiado para este tipo de cultivo.

Los socios visitaban mañana y tarde la bodega esperando ver surgir las setas abundantemente como las habían visto en las fotografías de libros y propagandas. Ciertamente la operación de visita tenía sus riesgos (casi no hay cosa sin riesgos, pero en este caso eran mayores) porque la vieja puerta de la bodega se abría y cerraba con dificultad y las paredes que la flanqueaban, hechas de mampostería antigua, no eran estables en absoluto.

Para prevenir posibles percances, los socios acordaron ir siempre a la visita los dos juntos y mientras uno intentaba abrir o cerrar la bodega, el otro observaba desde cierta distancia los movimientos de la pared para avisar al de primera línea en caso de que esta se viniera abajo. En tal caso, aquel, por medio de rápido salto, debía alejarse de la puerta para que no le cayeran las piedras encima, lo que sin duda le ocasionaría un grave accidente.

Gracias a Dios no ocurrió lo que temían, pero las setas por más que las visitaron no se decidieron a surgir, con lo cual los emprendedores dieron por finalizada la empresa repartiéndose los gastos, y sin saber a ciencia cierta la causa del fracaso; sin embargo ocurrió que al año siguiente, cuando las dejaron tranquilas, salieron bastantes setas (tampoco demasiadas) y al menos pudieron hacerse los socios unas tortillas de champiñones, y repartir algunos más entre los vecinos.

El análisis de la operación según los criterios inicialmente expuestos nos hace ver que la idea fue buena, pero la estrategia y la táctica resultaron equivocadas, y con ello se perdió la oportunidad del nacimiento de una nueva industria en Ariño, cuando partiendo de la misma idea se pusieron en marcha numerosas empresas perfectamente rentables en distintos puntos de España, en las que sin duda resolvieron adecuadamente las cuestiones de estrategia y de táctica necesarias para lograr un resultado conveniente.
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