lunes, 21 de septiembre de 2009

Médicos, enfermedades y algunas anécdotas

El primer médico que conocí en Ariño fue don Tomás Quintana Calleja, persona de gran relevancia en el pueblo, lo cual fue la causa de que la placica donde tenía el consultorio y la vivienda pasáramos todos a llamarla “la replaceta del médico” sin necesidad de placa ni de acuerdo formal alguno. Él fue la primera persona que me conoció, porque atendió a mi madre en el parto en que nací. Aparte de que aquel médico gozaba fama de tener buena mano para los partos, yo creo que en el de mi madre precisa fue también la ayuda de santa Bárbara (que tanto por ser mi padre minero como por vivir en la calle santa Bárbara era casi una obligación moral para nuestra santa) ya que el primer lío lo tuve con el cordón umbilical que resultó arrollado en mi cuello y con mi desorientación en la posición de salida (porque nací con los pies por delante) y estos eran unos contratiempos tan serios que daban como segura la muerte durante el parto, como les había sucedido a dos hermanos míos que me precedieron en las mismas condiciones y no tuvieron la suerte o intercesión precisas para salir ilesos de tan apurado trance.

Don Tomás, cuando llegó al pueblo era joven, sociable y participativo y formaba parte de la rondalla tocando el violín, detalle indicativo de sus conocimientos musicales y de su nivel. Alguna vez intento imaginarme cómo sonaría el violín en la rondalla y me resulta difícil. El guitarrico e incluso el acordeón son compatibles con el sonido de la rondalla, pero nunca he visto ni oído alguna que incluyera un violín entre sus instrumentos.

Volviendo a las actuaciones médicas de don Tomás, del mismo modo que era generalmente reconocida su habilidad como comadrón, también se decía que en los casos de pulmonía “se le escapaban muchos”, y no tiene nada de particular que así sucediera porque en la época de la que hablo no se había generalizado la disponibilidad de la penicilina (que fue el gran remedio para esta enfermedad), porque entre su descubrimiento y su aparición en Ariño pasaron unos cuantos años. Hasta entonces, salvo unos tratamientos paliativos, no se hacía otra cosa ante una pulmonía que dejar al organismo que por sí solo la combatiera esperando a que la enfermedad hiciera crisis y se iniciase la recuperación del enfermo o, por el contrario, el fatal desenlace.

Otra de las enfermedades que entonces tenía un pronóstico muy pesimista era la que posteriormente pasó a llamarse apendicitis. Los primeros avisos eran dos ataques de los cuales era posible sobrevivir; pero al tercero tenía lugar lo que se llamaba un cólico miserere y se producía la muerte sin remedio. En realidad era, como luego se divulgó, un proceso de apendicitis crónica que terminaba con una perforación del apéndice y la consiguiente peritonitis que entonces no tenía solución, al menos con las posibilidades de los médicos de pueblo.

En los albores de la difusión de la penicilina falleció don Tomás y apareció por el pueblo el nuevo médico, que se llamaba don Eugenio.

Era de mediana estatura, algo regordete y mofletudo, agraciado de rostro, con un bigote muy poblado y aparente. Usaba pantalones de montar a caballo y botas altas a juego, indumentaria que nos causó general sorpresa. Algunas veces imaginé, puesto a hacer elucubraciones, que cuando le informaron sobre Ariño, dedujo que un pueblo con varias minas, con calles de tierra, y gente por las masías, era algo así como un pueblo del Oeste americano y decidió pertrecharse para estar a tono con el imaginado lugar; lo de agenciarse un caballo debió de dejarlo para más adelante y para entonces ya se había dado cuenta de que no era necesario en absoluto.

Vino con su esposa y una cuñadica tan guapa, elegante y formal que creo no estar desencaminado al pensar que debió de romper algunos corazones entre los mozos de su misma edad.

La llegada del nuevo médico fue un acontecimiento en aquella cerrada sociedad y objeto de una general curiosidad para descubrir todas sus cualidades y saber con quien tendríamos que jugarnos los cuartos en cuanto a las cuestiones médicas en lo sucesivo. Dudo que los rayos X tengan más poder de penetración que las miradas de los vecinos de Ariño en aquellos momentos; sin embargo, tras la inicial desconfianza, nos dimos cuenta de que el nuevo médico superaba a don Tomás en conocimientos (fruto de su formación más moderna en la Facultad) y de la juventud, dinamismo y experiencia que demostraba en sus actuaciones. Por tanto el pueblo respiró aliviado al ver que en don Eugenio tenía un médico excelente.

En una de sus primeras actuaciones tuvo como paciente a mi madre, que venía sufriendo lo que podríamos llamar el segundo ataque de apendicitis. Don Eugenio lo diagnosticó con seguridad, le prescribió un tratamiento antiinflamatorio y antibacteriano y aplicaciones de bolsas de hielo en la zona afectada, que para nosotros fue lo más sorprendente porque en el ataque anterior don Tomás le había indicado bolsas de agua caliente para atenuar los dolores. Le dijo también don Eugenio a mi madre que lo antes posible debían operarla para extraerle el apéndice y se ocupó de dirigirla a una clínica concertada con el Seguro, que había en la ciudad de Teruel. Esto podemos llamarlo la estrategia ante la enfermedad y luego fue por cuenta de mis padres la táctica, que consistió en tomar como base de operaciones y ayudas la casa de la Sra. Teresa, magnífica persona natural de Ariño que vivía en Teruel sacando adelante a sus dos hijas y tres hijos, los Franco, personas muy brillantes, buenas y apreciadas en dondequiera que los han conocido, incluido Ariño, donde tienen varios chalés cerca del molino.

A Teruel fueron a parar pues mis padres (en viaje laborioso e incómodo) y, en el momento preciso, mi madre fue operada, resultando la operación exitosa (que dirían en Hispanoamérica) y neutralizando con ello el riesgo del cólico miserere, expectativa harto probable de no haber sido por los conocimientos y actuación del ya muy apreciado don Eugenio.

La parte táctica de la situación tuvo algo que me interesa resaltar porque en ello ejercí un curioso protagonismo. A mí se me asignó el cuidado de la casa y de los animales del corral mientras mis padres estuvieran en Teruel, labor que debía compaginar con la escolar, y la de supervivencia, lo cual significó un trabajo considerable para un chaval de unos once años, sumado a la penosa situación de tener que arreglármelas en solitario en aquella casa que resultaba grande para mi corta edad, especialmente durante las noches. En cuanto a la tropa de animales, pasaron a depender de mí en cuanto a su alimentación, una burra, un tocino y un numeroso grupo de gallinas. Los trabajos más costosos eran el “abrevado”de la burra y la preparación y servicio de la comida del cerdo. Fue esta la que dio lugar a una anécdota que voy a detallar acto seguido:

Diré previamente que la preparación de la comida del cerdo consistía en poner a cocer sobre la estufa de carbón en un caldero, una mezcla de calabaza, remolachas y patatas pequeñas. Una vez cocidas, tenía que bajar el caldero al corral, y en una “bacía” añadir agua y “salvado” y mezclar y triturar todo con un “badil”. Mi problema era que el acopio de agua me obligaba a hacer un viaje ex profeso a la cocina desde el corral, lo que me fastidiaba bastante.

Tengo que aclarar que antes de haber agua corriente en las casas de Ariño, en la mía teníamos un pseudo servicio de agua con grifos en el cuarto de baño y en la fregadera, que procedía de una tinaja situada en el granero, donde centralizábamos las aportaciones del agua que íbamos trayendo de la fuente pública. Los desagües de los distintos usos caían directamente al corral por medio de tubos que vistos desde abajo sobresalían como medio metro.

Mi genial ocurrencia consistió en dejar en la fregadera el agua que iba a precisar y atar una fina cuerda al tapón de corcho, la cual se hallaba también sujeta al eje de la palomilla que gira continuamente cuando el despertador llega a la hora asignada. Yo dejaba la alarma del reloj prevista para que sonase dentro de tres minutos y la palomilla, llegada la hora giraba, arrollaba la cuerda, tiraba del tapón y caía el agua al corral donde yo la estaba esperando con el caldero en su punto de caída. Dos condiciones de ajuste fueron necesarias para que el invento resultara eficaz y fiable: que el tapón no estuviera demasiado apretado y que el despertador quedase bien inmovilizado.

Seguramente invertí más trabajos en preparar el sistema que los paseos que me ahorré, pero aquello fue para mí un juego demostrativo de que las cosas es posible hacerlas de varios modos y nos produce una especial satisfacción el ver que pueden funcionar por un método diferente al puramente rutinario.

Acababa de inventar, sin darme cuenta, la automatización de un sistema, con un retardo variable prefijado.

Tengo que añadir que de esto no consideré necesario dar información a mi madre ya que no hubiera entendido que para ahorrarme unos pasos durante unos diez días hubiera puesto a nuestro flamante despertador en riesgo de caer dentro del agua, y creo que nunca, pasado el tiempo, se lo conté, para que no pensase que estaba chalado o algo así.

Esta historia terminó muy felizmente porque iban a comenzar las fiestas de santa Bárbara y parecía que mis padres no podrían llegar a tiempo, con lo cual yo y algunos familiares íbamos a pasarlas muy tristemente; sin embargo ellos haciéndose cargo de esta circunstancia aceleraron el regreso, bajaron como pudieron hasta cerca de Muniesa, fue mi padre caminando hasta aquel pueblo donde pudo pedir al chofer del camión de los mineros que se acercase a recoger a mi madre que regresaba recién operada. Accedió con mucho gusto y mis padres llegaron a Ariño en dicho camión. Me parece verlos aparecer por el arco de santa Bárbara anocheciendo cuando comenzaba a sonar la música en la plaza y yo en la puerta de mi casa sintiéndome, por todo, muy triste. El ver a mis padres, especialmente a mi madre cansada pero ya resuelto su importante problema y las fiestas comenzando, me produjo una de esas alegrías que se graban para siempre en la memoria.

Al recordar todo esto tengo un reconocimiento especial para el detalle del chofer de aquel camión de los mineros que entendió la circunstancia y no le importó salirse por una vez de la rigidez de las normas para hacer un favor a la familia de un compañero. Y es que algunas veces la humanidad y la comprensión deben estar por encima del estricto cumplimiento de las normas. Tengo la impresión de que actualmente se tiende a normalizar y a protocolizarlo todo, y muchas veces se olvida el dejar un margen para los casos especiales, y para el ejercicio de facultades tan humanas como la solidaridad, la caridad y el sentido común.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Tan caras lombrices

Poco antes del año 1950 había en Ariño uno o varios guardas jurados que eran vecinos del propio pueblo y, tanto en el monte como en la huerta, intentaban la captura de ladrones y de ladronzuelos, ejerciendo su actividad con razonable dignidad y rigor; sin embargo en cierto momento debió de considerarse (pienso que por las autoridades locales) más conveniente contratar para este cometido a algún guarda jurado titulado seleccionado en la capital de la provincia turolense.

Contratado para la indicada función, un buen día apareció por el pueblo un hombre joven de poco más de 30 años, procedente de Teruel. Estaba casado con una señora rubia. Ella era de esa clase de rubias que llaman la atención (más en aquella época) y solía ser destinataria de las maliciosas miradas de algunos vecinos (y vecinas), así que las malas lenguas insinuaban, no sé si con mucho o poco fundamento, que el nuevo guarda tendría que demostrar su pericia guardadora no lejos de su propia casa.

El caso es que, puesto a ejercer su cargo, se fue difundiendo por el pueblo la idea de que la prioridad de su gestión sancionadora se centraba en complicar la vida a los vecinos en lugar de en aminorar el número de hurtos en campos y huertas. Se metía en que había que llevar las caballerías a una distancia reglamentaria entre ellas, en que después de la segunda, si había un objeto saliente, debía llevarse colgado de él un trapo rojo, etc., etc. Incluso a mi primo Inocencio y a mí, que entonces tendríamos unos nueve y doce años respectivamente, nos tocó sufrir los efectos de su desenfoque profesional, como explico a continuación:

Estábamos cierto día acompañando a nuestras madres que esperaban para hacer compras en el economato de SAMCA (entonces se hallaba cerca de las primeras casas de la carretera a mano izquierda viniendo de Albalate) y además de ellas estaba esperando, con el mismo propósito, un numeroso grupo de mujeres. Era a media mañana y llevábamos en los bolsillos Inocencio y yo unas rudimentarias líneas de pesca. Como las cañas que utilizábamos para pescar eran simples cañas que abundaban en los dos ríos, teníamos todo lo necesario para entretenernos pescando en la zona de los Pilones mientras nuestras madres esperaban pacientemente su turno para realizar las referidas compras. Únicamente necesitábamos el cebo, y conseguirlo fue nuestro siguiente objetivo. Se trataba simplemente de escarbar con algún palo en el barro de la próxima acequia, donde esperábamos encontrar lombrices, que para aquella ocasión eran a nuestro juicio el cebo más apropiado.

Elegimos como lugar adecuado para la búsqueda la zona de la acequia situada detrás del local que años más tarde sería baile-bar del Prudencio “el Bello”. Estábamos, pues, allí hurgando con dificultad en el barro, cuando, antes de encontrar alguna lombriz, oímos una voz autoritaria próxima a nosotros conminándonos a abandonar de inmediato nuestra actividad. Alzamos las miradas y vimos, en escorzo desde abajo, la figura del nuevo guardia en la que resaltaban a simple vista los símbolos de su autoridad y cargo: llevaba en especial bien visibles la tercerola y la banda de cuero (con su chapa ovalada de latón brillante) que cruzaba en diagonal la camisa del flamante uniforme. Mirándonos con la expresión más amenazadora posible nos dijo que estábamos infringiendo las normas de huertas y acequias y que nos iba a denunciar por ello. No había terminado de decirlo cuando Inocencio dio media vuelta y emprendió una veloz carrera que parecía la de los cien metros lisos, primero por el margen de la acequia y luego carretera adelante hacia el grupo de mujeres y, llegando hasta donde estaba mi madre, le dijo con voz entrecortada:”Tía…tía…, que al Salvador lo han denunciado”. Mi madre tenía narices suficientes para defenderme de lo que fuese preciso, pero estaba con ella una prima suya que se llamaba Águeda que, comportándose en aquella ocasión como más papista que el Papa (actitud que no le priva de mi agradecimiento) soltó un sonoro taco y se dirigió a toda prisa al lugar de autos dispuesta a desfacer el entuerto y a poner las cosas en su sitio. Entretanto yo, que no quise o no pude salir huyendo como mi primo, tuve que darle los dos nombres al guarda, cosa que tiene la disculpa de su avasalladora actitud, y de que en el fondo, a pesar de ser solamente un niño, pensaba que no nos podían castigar mucho por una falta tan leve y que, viviendo en el mismo pueblo, antes o después el guarda nos cazaría y entonces la cuestión sería más complicada.

Salimos el guarda y yo a la carretera y entonces vimos venir, hecha una furia, a la susodicha prima de mi madre. El encontronazo fue de consideración y resultó finalmente que el guardia denunció a la Águeda por desacato a la autoridad y acto seguido se esfumó con cierta prisa, sospecho que para soslayar el riesgo de que aquella mañana tuviera que denunciar a la mitad de las mujeres del pueblo a los pocos días del comienzo de su actividad, lo cual sería una perspectiva muy poco favorable para él.

Ni Inocencio ni yo volvimos a tener noticias de aquellas denuncias (y supongo que tampoco la Águeda) fuera porque el guarda no se atrevió a cursarlas o porque las invalidaron personas de más autoridad que él, que debieron de considerar lo sucedido como una sarta de fruslerías y tuvieron más claro que aquel personaje, que realmente se esperaban de su flamante cargo cosas de más enjundia que denunciar a dos chavales por escarbar en el barro de una acequia en busca de media docena de lombrices para pescar en el próximo río.

martes, 11 de agosto de 2009

Chascarrillos

La superioridad militar

En Ariño hubo una época en la que el ir al servicio militar significaba, para algún que otro mozo, volver al pueblo con unos aires de superioridad y unas formas de hablar como las que se aprecian en la siguiente anécdota, que contaba mi padre.

Un vecino volvía caminando por la carretera llevando del ramal a un par de machos, cuando a la altura de los baños le alcanzó un militar recién llegado de la mili, que, tras entablar conversación sobre diversos temas, le preguntó al de las caballerías: “Por cierto, estos machetes...¿son vuestres?".

No sé lo que le contestaría el de los machos, pero al llegar al pueblo, le faltó tiempo para difundir lo acontecido y algunos se iban riendo por “lo bajinis” al imaginar la tonta pregunta y la ridícula forma de hablar que había adquirido en el servicio militar aquel licenciado.


Los repechos del Puerto

No sé a quien le oí contar que cierto día, una comitiva compuesta por un burro, un hombre de cierta edad y su hijo, subían en fila hacia el puerto, el padre agarrado al baste y el hijo varios metros más atrás del conjunto padre-burro. Al aumentar la pendiente de la cuesta se oyó una ventosidad de tal calibre que justificó la siguiente pregunta: “Padre, ¿ha sido usté, o el burro?”; a lo que el padre respondió: “Yo he sido, yo, hijo mío”. Y dijo el hijo: “¡Ya me paicía a mí que pa el burro era mucho!”

Este tipo de dichos sobre temas que ahora damos en llamar escatológicos, antes producían mucha risa; y aquella risoterapia frecuente y generalizada, era (como ahora es bien sabido) un factor motivador de la felicidad de la gente.


Una desigual pelea

Explicando los pormenores de una contienda, uno de mi pueblo, explicaba lo que decía uno de los contendientes:

"Ellos, garrotazo; nosotros, puñau de paja. Ellos garrotazo; nosotros, puñau de paja". Y concluía:

"¡Cómo los pusimos de paja!"

¿Verdad que en las contiendas de vida real tenemos a veces la sensación de que las cosas nos están sucediendo de esta desigual y desfavorable forma?

jueves, 30 de julio de 2009

un mas del Puerto

Me estoy refiriendo al mas del tío Morel, es decir de mi abuelo Domingo, y por lo tanto de mi abuela Petra, que debieron de edificarlo en su juventud, seguramente de recién casados.

Para llegar hasta él había que ir a la balsa primera del Puerto, tomar el camino de la izquierda, pasar por una zona con muchas losetas que hay enfrente del mas de los Novellas y rebasar la loma siguiente; es decir que se hallaba situado cerca ya del término de Alacón.

Acabo de nombrar la palabra Puerto. Para mí, de pequeño, esta solo tenía un significado: la zona de Ariño donde mis abuelos tenían unos campos y un mas donde me gustaba mucho ir. Cuando los maestros empezaron a hablarnos de los puertos marítimos pensé que este término lo estábamos utilizando mal en nuestro pueblo. Más adelante comprendí que todo era correcto porque el término puerto también sirve para denominar el paso entre montañas que era la acepción que servía para nuestro Puerto.

Volviendo al mas, que hemos dejado aparcado cerca del término de Alacón, voy a explicar las características del edificio y algunas cosas que allí sucedieron:

Las paredes eran gruesas, hechas con piedras y losetas que abundan en las cercanías. Tenía una planta baja y otra encima cuyo piso quedaba como medio metro más alto que el nivel de una era de arcilla de tamaño reglamentario, que formaba parte del conjunto. El suelo de la planta baja era de losetas y el de la superior de cañizos enyesados. Los maderos procedían de los troncos de los pinos que todavía abundaban en el Puerto y las tejas las llevaron desde la tejería del pueblo, lo que debió de representar una formidable labor de acarreo.

En el exterior, cerca de la entrada de la planta baja, se veían los restos de un antiguo horno para hacer el yeso que utilizaron en la construcción. Era fácil imaginar el considerable trabajo que realizaron para traer el aljez desde las Salmorreras donde se hallaba el yacimiento, contando que hay entre ambos puntos como una hora y media de camino y bastantes cuestas, y también debió de costarles lo suyo el moler finamente los tormos de materia prima una vez calcinados.

La arcilla de la era seguramente la trajeron desde las cercanías, pues había por allí visibles muestras de tierra arcillosa.

El mas tenía dos puertas, una amplia en la planta baja y otra de menor anchura en el pajar. Nunca se pintaron y por eso tenían aquel color gris característico que toma la madera expuesta al sol sin ninguna clase de protección.

En la planta baja había en primer lugar un espacio de unos veinticinco metros cuadrados que era la zona habitable donde destacaban dos amplios y robustos bancos de piedra, situados a ambos lados del fuego bajo. En las paredes se veían numerosas escarpias y estacas para ser utilizadas como percheros, y en los rincones de la estancia bastes y algunos aperos propios de los distintos usos agrícolas. Algunas cestas y banastas completaban aquella mínima dotación de humildes enseres que sería pretencioso llamar mobiliario.

Al fondo de esta planta baja había un espacio de unos veinte metros cuadrados destinado a cuadra con sus correspondientes pesebres, separado del espacio anterior por unos tabiques de cañizos enyesados en los que había un hueco rectangular para el paso de personas y de caballerías.

El piso de arriba se destinaba a pajar, que también llamábamos cambra, y además de estar ocupado por una considerable cantidad de paja y de sacos de cereales producto de la trilla, se utilizaba para dormitorio. Sobre aquella paja multiusos dormíamos las personas que pernoctábamos en el mas, que a veces éramos unas cuantas, acompañadas por unos pocos e inofensivos ratoncillos.

Aquella construcción sencilla pero resistente era la base logística de las muchas y variadas operaciones agrícolas que el cultivo de cereales en una superficie de varias hectáreas requería.

Como acabo de apuntar, allí nos juntábamos, sobre todo en la época de la siega-trilla, numerosas personas sin sentir el más pequeño agobio, sino la alegría de estar todos juntos comiendo en la misma olla y bebiendo en el mismo botijo la exquisita agua de un balsete próximo.

La edificación no tenía ni una sola ventana, pero las puertas abiertas permitían de día una aceptable iluminación del interior y, como ya dije en otra ocasión, la luna y los candiles de aceite (aquellos sí que eran de bajo consumo), se consideraban, de noche, medios de iluminación suficientes.

Al entrar al mas se apreciaba un olor característico (a mas) que a mí me agradaba como dije en alguno de mis recientes relatos.

No puedo terminar esta descripción sin señalar un detalle que siempre me ha intrigado: yo, desde que era un niño de pocos años jugaba sentado en el suelo cerca de la puerta del mas y veía, en una superficie de pocos metros cuadrados, una especie de flores de un solo color en verde claro, muy numerosas y curiosas, que no he visto en ninguna otra parte. Creo que son de una especie rarísima que valdría la pena estudiar.

Volviendo al tema de mi relato diré que, dentro de aquella austeridad general había un detalle curioso a la entrada de la cambra y era una loseta bien cuadrada, más saliente que las demás, en la pared próxima a la puerta, que se pensó a propósito para dejar sobre ella una caja de cerillas y para colgar el candil de aceite con mecha de algodón que permitiría disponer de una titubeante luz si fuera necesaria durante la noche.

Focalizo la atención en la dichosa loseta, por ambientar lo que voy a explicar acto seguido:

Una tarde, mientras los mayores hacían la siesta, mi hermana María que era unos años mayor que yo (y yo tendría unos seis), me propuso que cogiera las cerillas de tan señalado lugar y, entre ambos, incendiar una hermosa mata de barda que crecía pegada a la pared del mas en la parte posterior del fondo. Yo, obediente a mi hermana y, por qué no, interesado, como muchos niños, en la espectacularidad de las llamas, pito y bien mandado sustraje las cerillas y participé activamente en la operación que ella había ideado.

Al principio todo nos fue bien a los precoces pirómanos, pero en pocos segundos la barda ardió a toda leche y para apagarla se nos ocurrió utilizar estiércol seco que había en una femera (montón de estiércol) próxima, con lo cual solo conseguimos incrementar el problema. Aunque aquella hoguera no era un peligro real para el mas, la magnitud de las llamas nos asustó, y mi hermana salió corriendo despavorida, y yo detrás, en dirección al pueblo, huyendo sin reparar en que la casa de mis abuelos estaba a hora y media de allí y cerrada a cal y canto. Cuando habíamos recorrido unos doscientos metros y perdido de vista el desagradable espectáculo de las llamas lamiendo la pared exterior del mas, nos refugiamos en una caseta y allí nos quedamos atascados sin atrevernos ni a ir al pueblo ni a volver al mas ni a permanecer en aquella solitaria caseta.

Transcurridos unos minutos oímos a mi abuelo que nos llamaba a lo lejos desde lo alto de la loma, con lo cual vimos el cielo abierto. Al parecer el olor a quemado le había despertado y al no vernos tuvo la intuición de todo lo que había sucedido, así que salió en nuestra busca y nos halló acojonadicos en la caseta. No nos hizo ningún duro reproche ni nos castigó porque, además de que era muy bueno, se dio cuenta de que con el susto habíamos pagado la travesura y de que nunca más haríamos otro disparate como aquel.

Nosotros (y especialmente mi hermana que moralmente se sentía la protagonista principal del hecho) siempre agradecimos a nuestro abuelo que viniera a buscarnos y que no nos castigara. Cuando nos vemos de vez en cuando con mi hermana todavía solemos sacar aquel incidente a colación alabando la bondad de nuestro abuelo y censurando nuestras disparatadas actuaciones infantiles.

Aquel conato de incendio fue un presagio de lo que iba a suceder unos diez años más tarde, que lo explico a continuación:

Mis abuelos habían prestado las llaves del mas a un vecino del pueblo que necesitaba hacer en el Puerto unos trabajos, y mi tío Antonio, proyectando subir a cazar les pidió también las llaves. Ellos le informaron de la situación y mi tío pensó en ir de todos modos, siguiendo cuidadosamente el camino para encontrarse con el anterior ocupante del mas si se hallaba de regreso.

No lo vio en todo el camino y cuando llegó al mas tampoco estaba. Algo había ocurrido que hizo que no salieran las cosas según lo previsto, y mi tío decidió dormir en la puerta del mas en aquella hermosa noche de verano después de cenar y de fumarse a gusto un par de cigarros. Le despertaron los estornudos de su perro a causa del humo y entonces vio que en el interior había unas formidables llamas. Después de jurar en hebreo presa de la impotencia, se le ocurrió de pronto que en el pajar estaba el fruto de la cosecha y, a toda velocidad, con una piedra de gran tamaño, rompió la puerta de la cambra para sacar los sacos a la era. De momento la vía de aire que se produjo avivó notablemente las llamas, pero luchando con el incendio, mi tío salvó buena parte de lo almacenado aun a riesgo de perder la vida en tan peligrosa operación. Se quedó finalmente tendido en la era deshecho física y moralmente, viendo como llegaba a su fin aquel edificio tan querido y necesario para toda la familia.
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No se logró averiguar si la causa del incendio fueron la posibles brasas del interior o alguna colilla de mi tío mal apagada que el vientecillo avivó e hizo pasar por debajo de la puerta hasta la paja que solía haber por el suelo en el interior. Ambas cosas eran posibles pero el daño estaba hecho y no se iba a resolver removiendo el tema. Se dejó como estaba y en paz. Lo que sí es cierto que de no haber ocurrido la desgraciada descoordinación indicada anteriormente es casi seguro que aquel día el mas no se hubiera quemado.

Mis abuelos, que eran mayores, se quedaron como pasmados, mi tío enfermó al poco tiempo (mi madre siempre relacionó la enfermedad de mi tío con aquella aciaga noche en el Puerto) y al resto de la familia no nos sobraban fuerzas, medios y moral para reconstruir el más, así que allí quedó medio derruido resistiendo, la parte que se mantuvo en pie, el paso del tiempo.

Cuando hace un par de años fui con Elena y mis hijos Joaquín y Javi a verlo quemado después de más de cincuenta años, al acariciar aquellas piedras, sentí como si estuviera abrazando a varias generaciones de mis antepasados y, más que de tristeza, me invadió una insólita sensación de profunda paz, recordando a la vez a muchas y buenas personas y a tantas cosas allí sucedidas.



















jueves, 2 de julio de 2009

La cultura del pan en Ariño (VI)

Cada quince días, con la harina blanca impoluta, se procedía a realizar lo que se llamaba la masada. La cantidad se calculaba de acuerdo con el consumo de pan de la familia durante unos quince días. El amasado consistía en mezclar bien la harina con agua, formando una masa pegajosa y compacta. Para conseguirlo se metía el brazo hasta el codo en la pasta y se realizaba una y otra vez un movimiento de batido a buena velocidad. Costaba un tiempo y era pesado. Esta masa tenía que fermentar, y para ello se había mezclado bien con la levadura. Esta cabía en un puchero pequeño que se llevaba de casa en casa dentro del barrio y cuando se necesitaba amasar, se preguntaba quien la tenía y se le pedía. A su vez, al terminar, se llenaba el puchero con masa fermentada y se guardaba esperando al primero que amasase. Siempre que pienso en esta organización de la levadura, me maravillo de lo bien que funcionaba, sin ocasionar nunca el más pequeño problema.

La tarea de amasar la realizaban siempre las mujeres a pesar de que requería un considerable esfuerzo físico. Por extraño que parezca, así estaba asignado, desde sabe Dios cuando, al llamado sexo débil.

Después de una noche de fermentación de la masa, a la mañana siguiente se la llevaba al horno elegido previo acuerdo con sus dueños, para obtener un cierto número de panes. Los hornos se caldeaban quemando romeros y el olor a romeros quemados se extendía al atardecer por las calles próximas. Este era también uno de los inolvidables olores característicos del pueblo, algunos días en que la atmósfera estaba especialmente tranquila.

Los panaderos dividían la masa en porciones adecuadas al tamaño de los panes y poco a poco se metían a cocer en el horno, a través de la boquera. Los expertos ojos del panadero calculaban el momento exacto en que los panes estaban cocidos y con una pala que tenía un mango de 4 ó 5m, eran finalmente extraídos. Utilizando una pluma de gallina mojada en aceite de oliva a modo de brocha, se frotaba un poco en la parte superior de los panes, que quedaban brillantes como si estuvieran barnizados.

Estos panes estaban muy tiernos y se decía que no era saludable comerlos calientes. Yo creo que esto era una exageración disuasoria, ya que estaban tan apetitosos recién salidos del horno que, de no poner alguna cortapisa, en poco tiempo se podía rebajar sustancialmente el lote, que debía llegar sin menguas apreciables a casa, ya que, según hemos indicado, tenían que durar unos quince días.

Los panes se guardaban en la artesa, bien tapados, y aguantaban, sin endurecerse demasiado, los quince días previstos y una vez transcurridos, se repetía el proceso de amasar. Y así sucesivamente a lo largo del año y, sin variaciones notables, un año tras otro.

Para terminar este bosquejo de costumbres y de añoranzas, se impone un salto en el tiempo al día de hoy. Hoy en día, todo ha cambiado respecto al pan. Sofisticadas máquinas cultivan y cosechan el trigo empleando a muy pocas personas, y la conversión del trigo en pan se produce en grandes factorías. Finalmente, a base de una impecable logística, nos encontramos cada día a la puerta de casa por poco dinero el pan necesario, sin darnos ni cuenta de lo que esto lleva consigo, ni de la gran transformación que se ha producido en algo que antiguamente era una cuestión fundamental. Ahora todo es muy fácil y mucho hemos ganado, pero quizá no está todo tan claro, y alguna vez me pregunto si estamos comiendo el pan de siempre, o más bien estamos consumiendo un sucedáneo que poco tiene que ver con el de los pasados tiempos. Cuando veo lo rápidamente que este pan se seca; que se llega a desaconsejar en la dieta y que en todo caso se permite, con reparos, el integral, intuyo que algo importante se nos ha escapado, que el pan de aquel trigo, verdaderamente era otra cosa, y que aquel sí que era lo que debía ser: nada menos que un alimento señalado por Dios desde el comienzo de los tiempos, como algo esencial para garantizar la supervivencia de la especie humana.


GLOSARIO DE TERMINOS DE USO COMÚN EN LA ÉPOCA DEL RELATO

Acoyundar.- acuerdo entre labradores para prestarse las caballerías..
Aventar.- echar al aire la mies trillada para separar el grano de la paja.
Avena.- un tipo de cereal.
Balsa.- laguna pequeña de unos 30 m de diámetro.
Balsete.- pozo de obra de unos 3 m de diámetro y unos 2 m de profundidad.
Beta.- cuerda de tela.
Boñigo.- excremento de caballería.
Boquera.- puerta pequeña del pajar o del horno.
Bota.- recipiente de piel para 1l o de 1,5l de vino.
Caballería.- burro, burra, macho, mula, caballo.
Cabezana.- guarnición de cuero que se pone a las caballerías para afianzar el ramal.
Candil.- aparato de iluminación muy simple, con aceite y mecha de hilos de algodón.
Capazo.- cesto flexible hecho de fibras vegetales.
Centeno.- tipo de cereal utilizado para pienso de animales.
Cuchufleta.- broma.
Espigar.- recoger las espigas del rastrojo.
Fajina.- apilamiento de fajos.
Fal.- hoz.
Falcada.- mies que se lleva en el brazo,mientras se siega, antes de dejarla en la gavilla.
Fascal.- 30 fajos.
Gaseosa.- solución en agua de dos productos, que es efervescente y dulce.
Gavilla.- conjunto de falcadas de mies.
Horca.- herramienta con cuatro púas de madera, para manejar la mies y la paja.
durante las diversas labores de la trilla.
Hoz.- herramienta curvada con dientes de sierra, utilizada para segar.
Mas.- casa de campo, usada para tareas agrícolas.
Masía.- mas.
Mies.- cereal maduro.
Muñeca.- la parte del brazo más próxima a la mano.
Parva.- mies troceada extendida en la era y también el montón resultante.
Rastro.- utensilio de madera que se utiliza para amontonar la paja.
Rastrojo.- campo después de segar el cereal.
Ribazo.- separación entre fincas.
Sabina.- arbusto de secano mayor que los romeros.
Salvado.- cáscara del trigo.
Solar.- montón resultante del barrido de la era después de trillar.
Tajo.- grupo de segadores.
Talega.- saco de tela de lona, para contener unos 100Kg de trigo.
Tempero.- humedad de la tierra de labor.
Tonelillo.- tonel de unos 2l para llevar vino.
Torno.- Aparato para separar el salvado de la harina
Trilladeras.- conjunto de sogas y aparejos, para tirar del trillo las caballerías
Parva.- mies extendida en la era
Porgadero.- cedazo para el trigo
Vencejo.- especie de soga de baja calidad de unos 2 m

martes, 30 de junio de 2009

La cultura del pan en Ariño (V)


Como vemos todas estas labores eran pesadas, y había que realizarlas en el menor tiempo posible. Las familias que se dedicaban exclusivamente a la agricultura normalmente tenían más tierras, así que entre atender lo que tenían de cereales y la huerta, iban siempre “azacanados”, como se decía en Ariño, es decir desbordados por sus muchos trabajos. En las que tenían unas cuantas tierras de secano y algo de huerta, que eran la mayoría, los hombres generalmente trabajaban además en las minas, así que el trabajo también les sobraba por todos lados y no les quedaba más remedio que emplear, además de todos los días festivos, parte de sus vacaciones reglamentarias, reservándose el resto para coger las olivas. En una palabra, que todos, hombres mujeres (y hasta los niños) en verano trabajábamos muchísimo. Los hombres adultos solían llevar la peor parte y, cuando los recuerdo, me producen una sensación no de lástima, sino de orgullo y admiración porque eran unos trabajadores formidables que se sacrificaban por toda la familia sin una queja, y sin hacer el más pequeño alarde, como si fuera la cosa más lógica y natural; y aún les quedaba alegría y satisfacción para cantar alguna que otra jota, cosa que ahora hemos olvidado.


Todas las familias realizaban estas labores por las mismas fechas y todo el pueblo terminaba casi a la vez. En compensación a las muchas fatigas pasadas tenían lugar, al igual que en muchos pueblos, las fiestas mayores que en Ariño se celebraban en honor del santo Patrón san Roque, y servían a la vez para relacionarse los chicos y las chicas; trataban de verse, conocerse, bailar y, como consecuencia de ello y de algún que otro bienintencionado consejo materno, solían aparecer algunos nuevos noviazgos cada año.

Durante las fiestas se olía por las calles a carne asada de cordero, lo que en contadas ocasiones sucedía a lo largo del resto del año. Si la cosecha no había sido buena las fiestas no eran tan alegres, pero también en este caso eran una buena terapia para las tribulaciones pasadas y venideras, así que siempre eran bien recibidas por todo el mundo, y por descontado por todos los jóvenes de ambos sexos.

Habíamos dejado reposando al trigo en el granero hasta que, en los momentos programados a lo largo del año, en cantidad de un par de talegas, se le ponía otra vez en movimiento para llevarlo al molino, transportado como siempre, sirviéndose de las caballerías.

El molino estaba a orillas del río Martín, más abajo de los Baños, a unos 3km del pueblo. La instalación hidráulica consistía en un canal grande bien hecho con cemento, que tomaba el agua del río muy cerca de los Baños y terminaba en un edificio grande tipo almacén, que llamábamos “el molino”, dentro del cual, al fondo, estaba el salto de agua con sus correspondientes turbinas, las cuales movían las ruedas del molino propiamente dicho. A la salida se veía un considerable caudal de turbulentas aguas y, dicho sea de paso, en esta zona se pescaban a veces barbos de buen tamaño. Este era uno de los mejores sitios para pescar de todo el río, ya que los barbos lo preferían por alguna razón que desconozco.

Toda aquella instalación, con sus corrientes, sus torbellinos y su estrépito, era un poco sobrecogedora y peligrosa, especialmente para los niños, que solíamos acompañar a los padres cuando llevaban el trigo a moler.

Lo gestionaba y maniobraba el “tío molinero” que, mediante el pago de un módico importe por el servicio, devolvía en las mismas talegas el trigo convertido en harina de molienda, es decir harina mezclada con cáscara de trigo. Con esta harina se habría fabricado pan integral, pero todos preferíamos el pan blanco, porque nos gustaba más, sin saber que se desperdiciaban la mayor parte de las vitaminas. La harina se cernía en los tornos que había en algunas casas del pueblo, quedando separada de la cáscara, que recibía el nombre de salvado. Este servía, mezclado con remolachas, patatas pequeñas hervidas, calabazas, etc., para comida de los cerdos; así que con estos alimentos, mejores que las bellotas, no es extraño que los cerdos criasen, en Ariño, estupendos jamones.

lunes, 29 de junio de 2009

La cultura del pan en Ariño (IV)

En Ariño todos los trillos eran muy parecidos y bastante simples. Pesarían unos 50kg y tenían forma más o menos rectangular. Estaban hechos con varias tablas gruesas de muy buena madera, curvadas ligeramente hacia arriba en su parte anterior, muy bien ensambladas, y unidas por dos fuertes travesaños cuadrados, también de madera, atornillados en la parte superior. En la parte de abajo llevaban multitud de alojamientos rectangulares, en los que había, insertadas a presión, piedras pequeñas de pedernal con aristas, que hacían el efecto de cuchillas. De vez en cuando había que repasar el trillo y reponer las piedras que se habían embotado o desaparecido. Además de las piedras solían llevar varias sierras de acero y cuatro ruedas, también de acero, de unos 6cm de diámetro, afiladas de forma apropiada para ejercer el efecto cortante deseado.

Antes he dicho que estos eran trillos simples, porque en alguna parte he visto trillos de aquella época que son verdaderos alardes, con multitud de artilugios de hierro salientes por todos lados. Supongo que debían de ser eficaces, pero no sé si yo me hubiera subido a uno de estos aparatos sin que alguien me convenciese totalmente de que era menos peligroso de lo que parecían.

Encima del trillo se situaba el cabeza de familia, con el látigo en la mano y, comprobando que todo era correcto, se daba la orden de marcha y a dar vueltas y vueltas, arrastrando los burros al trillo y al ocupante. Después de dar media docena de vueltas se cedían las riendas a los chicos, que ya estábamos reclamándolas.

Al principio las caballerías iban a buen paso e incluso al trote. Más tarde, por cansancio, aburrimiento, calor o por mareo, iban bajando la velocidad y si no se les amenazaba continuamente, llegaban a pararse descaradamente y, para más ignominia, se ponían a comer en la parva. Esto solía ocurrir cuando el trillador era una chica, o un chico de pocos recursos. Resuelto este incidente y otros parecidos y a puro de vueltas y de sol, se iban, poco a poco, troceando las pajas y desgranando las espigas, que es lo que con todo este montaje se pretendía.

Normalmente se trillaba con un solo trillo, pero alguna vez se ponían dos en paralelo, uno ocupado por el trillador y el otro lastrado con un peso. El control de la operación era más difícil y fuera por esto, o porque era un lío tener dos trillos, el caso es que esta modalidad de trilla raramente se practicaba.

Los chicos participaban con gran entusiasmo en la trilla, porque les gustaba muchísimo, ya que se trataba de una especie de tiovivo ecológico muy divertido. Por otra parte además de divertirse eran de gran ayuda, porque mientras ellos trillaban, los mayores, horca en mano, iban dando vueltas a la parva, es decir haciéndole una especie de peinado a rayas paralelas. Con estas maniobras iban saliendo a la superficie las pajas largas, que se “escondían” del trillo en la parte inferior de la parva.

Todo el mundo bebía mucha agua en el botijo y, a media mañana aparecía la dueña de la casa con el almuerzo, era recibida con gran algazara y regocijo, y se reunían los comensales en un esquina de la era, mientras el más sacrificado, que solía ser el padre y muchas veces la madre, seguía trillando hasta que le tocase su turno de desayuno, es decir cuando acabasen todos los demás.

Cuando el experto, es decir el cabeza de familia, consideraba que la parva estaba suficientemente trillada, se daba la orden de parar las caballerías, las que por una vez obedecían inmediatamente. Se desmontaba el tinglado de trillar y se procedía a amontonar la parva, lo cual requería el uso del rastro y de unas escobas especiales hechas con ontinas, que eran arbustos de ramas finas y flexibles bastante resistentes. Estas escobas no tenían mango de palo como las que se utilizan en las casas, por lo que había que escobar agachados, sujetándolas con ambas manos a la vez, sufriendo bastante los riñones (o más propiamente las vértebras lumbares). Como en esta labor de amontonamiento participaban normalmente varias personas, por suerte se acababa en poco tiempo, obteniendo finalmente un montón cónico de unos 2m de altura de una mezcla de paja y grano, y otro más pequeño de arcilla en polvo y grano que llamábamos “el solar” (resultado del barrido), que se situaban en un puntos estratégicos de la era, elegidos de acuerdo con el viento dominante de la zona.

El programa de la trilla era trabajar hasta el mediodía aprovechando bien el calor del sol, recoger la parva, ir personas y animales a comer a casa, y por la tarde, sin pérdida de tiempo, volver a la era para aventar. Este programa podía tener variaciones en función del gusto y circunstancias de cada uno, así que al expuesto podemos llamarle programa tipo.

Para aventar, que así se llamaba al proceso de separar el grano de la paja, era necesario que hiciera buen viento (ni escaso ni excesivo y en buena dirección y sentido) cosa que, por raro que parezca, casi siempre sucedía. Con ayuda de las horcas que eran, por así decirlo, como unos tenedores gigantes de cuatro púas, que al parecer se obtenían (dondequiera que las fabricasen) de ciertos árboles a base de cortar las ramas apropiadas y darles la forma conveniente, se iban tirando al aire las horcadas de paja mezclada con el grano, cayendo este casi vertical, y separándose la paja arrastrada por el viento. Por este procedimiento físico elemental repetido una y otra vez, se conseguía la casi total separación entre el grano y los elementos de menor densidad, como el polvo, la paja, y un variado grupo de partículas indeseables.

Cuando se había separado la casi totalidad de la paja, y reducido por tanto considerablemente el tamaño del montón inicial, se seguía aventando con pala de madera, y finalmente, utilizando cribas y porgaderos, que son tamices circulares con borde de madera, se completaba la separación total. Esta fase final de separación de piedras, cachurros, pajas y demás contaminantes, era la especialidad de las mujeres, ya que requería mover los tamices con un cierto garbo, y los hombres tenemos que reconocer que por lo general somos un poco desgarbados.

Entretanto la paja que había ido arrastrando el aire al aventar, se iba poco a poco acumulando en la era y, utilizando un rastro, se amontonaba en la boquera del pajar, que había sido abierta previamente retirando las piedras que la taponaban. Sirviéndose de una horca se traspasaba fácilmente al interior, donde quedaba almacenada. De allí se iría retirando saco a saco a lo largo del año, para ser empleada en gran número de aplicaciones, en las cuales era prácticamente insustituible. La operación de separación del trigo del montón al que según hemos dicho llamábamos solar se hacía al final, para no contaminar a la paja con el abundante polvo de arcilla resultante del barrido de la era.

Con el grano bien limpio obtenido a base de unos cuantos ciclos de criba y porgadero, se iban llenando las talegas y generalmente al anochecer, siempre con la ayuda de las caballerías, usadas una vez más como medio de transporte de cargas pesadas, se llegaba con las talegas a casa. Entonces había que subirlas al granero, que estaba en el piso superior de la vivienda, donde menos humedad había. Las operaciones de carga, descarga y subir el trigo al granero correspondía a los hombres, porque se requería mucha fuerza. El caso es que con estos esfuerzos algunos terminaban herniados, y además para siempre, ya que la operación para reparar la hernia era desconocida, al menos en mi pueblo.

Las talegas se vaciaban en el granero y allí quedaba el trigo, lo más desparramado posible, en espera de sus futuros traslados.

La trilla se realizaba, en la forma descrita, todos los días seguidos que fuesen necesarios según la importancia de la cosecha, y al final de estas operaciones todo el grano quedaba a buen recaudo, extendido en el granero.
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