viernes, 30 de enero de 2009

Guitarra ay mi guitarra

Hubo en Ariño una época en que el bar Central, que era propiedad de Bautista Vallespín, tenía una abundante clientela de jóvenes de alrededor de 20 años, que ocupábamos con frecuencia la planta calle del bar, más los locales de las plantas 1ª y 2ª. Un domingo por la noche cerró un poco antes de lo normal, cuando el bar estaba lleno, y nos juntamos en la calle nada menos que 20 ó 30 clientes. Una vez en la calle, con mi guitarra en la mano, de la cual era inseparable, me di cuenta de que me había dejado dentro una prenda de abrigo y, cuando me disponía a volver para recuperarla, uno de mis amigos, se ofreció para guardarme la guitarra hasta mi regreso. Como en la calle había semejante follón y apreciaba mucho a mi guitarra, no acepté de entrada el ofrecimiento, pero insistió tanto, que, finalmente accedí, y subí, a la carrera, a buscar lo que me había olvidado, lo cual me costó unos treinta segundos.

Al llegar abajo ¡oh, sorpresa! ¡el celador de mi guitarra ya no estaba donde yo lo había dejado! Giré la cabeza rápidamente para ver donde había ido a parar, y me lo vi corriendo, a toda velocidad, con mi guitarra en la mano como si fuera persiguiendo a alguien. Con los ojos “a cuadros” contemplé, “a cámara lenta”, las siguientes imágenes: mi amigo, en su loca carrera, tropezó, cayó encima de la guitarra, y esta y aquel fueron como un par de metros deslizándose sobre las piedras, haciendo un horrible sonido y sacando chispas, hasta que la guitarra encontró una piedra de mayor tamaño y se paró en seco, deslizándose mi amigo por encima y aterrizando un metro más lejos.

Aquella escena todavía me viene a la memoria cuando en alguna película aterriza un avión en la pista de cemento sin salirle el tren de aterrizaje. En estos casos suelo decir: “Mira, como mi amigo con mi guitarra”.

Conviene aclarar que entonces las calles eran de tierra, el suelo no era plano y había zonas en que sobresalían de la tierra grupos de piedras de regular tamaño. En aquellas calles había que andar, sobre todo por las noches, con mucho cuidado y levantando mucho los pies para no tropezar.

Volviendo al aterrizaje, instintivamente fui corriendo al sitio en que habían quedado el portador y mi guitarra, y por más que le pregunté qué demonios había pasado, no llegué a saberlo con certeza, ni nunca lo he sabido. El caso es que allí estaba mi flamante guitarra, hecha añicos como la moral de mi amigo.

Mi malparado amigo, que tenía cierta solvencia económica, me dijo enseguida que no me preocupase por la guitarra, pero, coño, ¡me pedía un imposible en aquel momento! Me dijo que la guitarra corría por cuenta suya, a lo cual en principio me negué, pero siguió insistiendo y, como mi situación económica era muy precaria, pensé que tardaría bastante tiempo en tener otra y al final accedí y compré, por cuenta suya, una parecida a la que se hizo trizas aquella noche, por un motivo que nunca he llegado a comprender.
La persona a la que me he referido, que años más tarde emigró a Francia y después a Alemania, era un buen amigo que, aunque tenía sus rarezas (¡y quién no las tiene en mayor o menor grado!), sabía corresponder como es debido cuando la circunstancia lo requería. Vaya este párrafo final en su homenaje.

martes, 20 de enero de 2009

La leña

El embalse de Cueva Foradada se construyó en Oliete entre 1903 y 1931, es decir que tardó en terminarse cerca de 30 años. Este tiempo tan largo hizo que comenzara a tomarse a cuchufleta la finalización, y hasta se hacían cancioncillas al respecto. Una de ellas comenzaba así: “El pantano de Oliete larán, larán…”. En el año 1896 se había terminado el embalse de Escuriza y los habitantes de Ariño, con el nacimiento de “la huerta mayor”, tuvieron una considerable mejora en sus condiciones de vida, que no eran muy boyantes hasta aquel momento. A partir de entonces los productos hortofrutícolas pasaron a ser abundantes, pero el dinero seguía siendo una rara especie. En cambio en Oliete con los puestos de trabajo a que dio lugar la construcción del embalse y la duración de esta, surgió una clase social en la que “circulaba el dinero” y la población, que además no abandonó las labores agrícolas, tenía una prosperidad y solvencia que le permitió ahorrarse algunas desagradables tareas que en los demás pueblos eran inevitables. Una de ellas muy característica era el acopio de leña.

Ante todo hay que decir de ella que en aquellos tiempos no era imaginable una casa que no la utilizase continuamente. La leña se hacía en el monte, principalmente con romeros. Los pinos no se utilizaban para quemarlos, sino como vigas y carpintería general para las casas. Los usos muy generalizados de las especies suelen conducir a su desaparición, porque muchas veces se supera el punto crítico de supervivencia. Ejemplos de esto lo tenemos en Ariño con los pinos, que llegaron a desaparecer casi totalmente siendo que antiguamente, según he oído decir, los había por todas partes. Entre la actividad de desyermar monte para el cultivo de cereales y la necesidad de los maderos y de las maderas para muchos usos se llegó a la extinción de todos los pinos que no tuvieran muy difícil acceso. Otro ejemplo de este principio lo tenemos en la desaparición de los romeros en Alacón, donde escaseaban tanto por haberse superado su nivel de supervivencia que, de vez en cuando, se veía llegar a nuestro guarda del monte acompañando a alguien de aquel pueblo (que en su conjunto tiene mi cariño y mi respeto) que había sido cogido “in fraganti” haciendo leña sin permiso en el monte de Ariño. El viaje terminaba en el Ayuntamiento y el infractor era sometido a la correspondiente sanción económica.

El fuego de leña en las casas era tan indicativo de la existencia de una familia que, en una época anterior, para calcular el potencial de recaudación de tributos y las posibilidades de formación de ejércitos se tomaba como unidad para medir la dimensión de los pueblos el “fuego”, y así como ahora decimos este pueblo tiene tantos habitantes, entonces se decía “este pueblo es de tantos fuegos”.

Pues bien, el pueblo de Oliete necesitaba, como todos, la leña y podía comprarla, y había gente que podía suministrarla y necesitaba el dinero. Así que nació un mercado de la leña que consistía en que los vendedores con sus caballerías cargadas de fajos de romeros recorrían las calles del pueblo anunciando de viva voz la mercancía y los potenciales compradores negociaban con los ofertantes el precio; y si se llegaba a un acuerdo se descargaba la caballería, y si no, se continuaba dando vueltas por el pueblo para seguir intentando venderla.

A propósito de esta cuestión me cuenta mi amigo Juan José que en aquella época, cerca ya la fiesta de Sanadonisinén, un mozo de Ariño le propuso a su padre, para recoger “unas perras”, hacer leña y llevarla a vender a Oliete. Le pareció bien al padre y efectivamente el muchacho subió al Puerto con un par de burros, hizo la leña y, por el camino de la sima de san Pedro, la llevó hasta el pueblo de destino. Dio unas vueltas con las caballerías cargadas, y al fin vio que se abría una ventana y, pensando que era el momento propicio, dijo, una vez más, en voz alta “¡Hay leña!” y desde dentro de la casa le contestaron: “¡La leña pa las costillas del que la lleva!”. El inexperto vendedor acusó el impacto de la tosca expresión pero siguió dando vueltas, hasta que se dio por vencido; sin embargo, en lugar de volver con los burros cargados hasta Ariño, decidió llevársela a una familia de la que eran amigos; así que fue a verlos y les dijo que venía a regalarles unas cargas de leña. Los amigos no supieron o no quisieron entender la insinuación, le dieron las gracias por el regalo, y esto fue todo. El mozo al llegar a Ariño con la cara colorada y con los pies y las costillas calientes, le dijo a su padre: “Padre, yo me voy a trabajar a Barcelona, porque esto ya no se puede resistir”. Y esta es una historia más de la emigración desde Ariño, que a mi amigo Juanjo le contó el protagonista de esta anécdota, en una de las periódicas visitas del catalán de adopción a su querido pueblo natal.

A pesar de de la inseguridad indicada, a esta actividad del suministro de leña se dedicaba, según me dijo mi padre, un matrimonio (sin hijos) instalado en un mas (o masía) en el Puerto de Ariño. El marido arrancaba con la azada estrecha los romeros y la esposa hacía los fajos y, cuando les parecía, cargaban la caballería e iba la mujer a Oliete a intentar vender la mercancía. Por cierto me contaba mi padre anécdotas increíbles sobre aquella pareja. Para empezar, el marido era un “malaleche” que siempre estaba de mal humor y gritándole a la esposa, y ella siempre asustada, aguantándole. Un detalle retrata la situación: el marido, al arrancar los romeros, en lugar de dejarlos juntos para facilitarle la labor de recogida, los tiraba tan lejos como podía en todas direcciones, para que tuviera un trabajo lo más fatigoso posible. Me contó también que ella era la encargada del avituallamiento, para lo cual pasaba (no sé si le dejaría utilizar la caballería) a Lécera a comprar lo necesario, cruzando por aquellos larguísimos y solitarios caminos del Puerto. Un día al regresar a media tarde se percató de que había olvidado algo, lo cual le costó repetir el viaje acto seguido para buscar lo que faltaba, con lo que regresó al mas cuando ya era noche cerrada.

En invierno el mercado de la leña se animaba, así que era la época del año en que más y en peores condiciones tenían que trabajar. Cierto día al amanecer se encontraron con que había nevado y seguía haciéndolo copiosamente. Dentro tenían un buen fuego, así que el hombre exclamó: “¡No hay miedo, que hay pataquina!”, refiriéndose a que tenían patatas abundantes para resistir sin salir del mas el tiempo que fuera necesario. Al oír esto la mujer, que estaba sentada en el banco de piedra al lado del fuego, murmuró: “sí,…pues están las últimas en el puchero”, mostrando el error de cálculo del marido, la preocupación por la nevada y el temor por las consecuencias que tendría para ella el fallo de la intendencia.

Cada vez que, mientras nieva, contemplando la nieve desde el calorcico de casa alguien, o yo mismo, decimos “no hay miedo que hay pataquina”, me viene a la mente la expresión “pues están las últimas en el puchero”, recordando con tristeza el trabajo tan duro de aquella pareja; y especialmente me produce una inmensa pena la vida de aquella pobre mujer siempre sola por aquellos duros y largos caminos temiendo encontrarse al llegar al mísero mas, con aquel hombre despiadado del que tenía buenas razones para recelar que la sometiera a maltratos o indignidades.

Realmente, de las historias que me contó mi padre, esta es una de las más tristes.

martes, 13 de enero de 2009

El reto

Mi padre no era aficionado a los juegos de azar ni a los de cartas, salvo al guiñote que por cierto se lo manejaba bastante bien. Tampoco era dado a las apuestas; sin embargo de joven hizo una que se comentó en Ariño. Fue una extraña apuesta que mejor podría llamarse reto, ya que mi padre no iba a perder dinero aunque perdiera la apuesta; conviene aclarar por otra parte, que entonces el dinero era difícil de perder, porque muy pocos lo tenían, especialmente los jóvenes, y menos para jugárselo así como así.

Hay que decir que, como norma bastante generalizada, lo que les faltaba de dinero les sobraba de apetito y prueba de ello era que todo animalejo que, no teniendo sabor amargo, cayera en las manos de los jóvenes, o de cualquiera, tenía las horas contadas.

Mi padre en cuanto al apetito no era una excepción, pero tampoco es que tuviera una especial fama de gran comedor.

Una noche (quiero suponer que antes de cenar) estando con otros en el bar del tío Juan Alloza, que se hallaba situado en el barrio Bajo enfrente de una de las posadas (“la nueva”), derivó la conversación hacia lo mucho que les gustaban a los reunidos las galletas de vainilla y mi padre dijo que él sería capaz de comerse una caja llena. Aquellas cajas eran cúbicas y medirían unos treinta o cuarenta centímetros de arista, de manera que contendrían de veintisiete a sesenta y cuatro litros de galletas bien ordenaditas. Aunque la horquilla que doy es amplia, incluso considerando la cantidad inferior no deja de ser una enorme cantidad. Alguien del grupo le tomó la palabra y le retó, asegurando que estaba dispuesto a pagarlas si mi padre era capaz de comérselas. (Sin lugar a dudas el retador no apreciaba mucho a mi padre).

Los detalles del reto no quedaron bien pormenorizados, porque no se acordó por ejemplo quien pagaría las galletas en caso de perder mi padre y ni siquiera tuvieron la previsión de tasar el tiempo. Mi padre no podía perder, pero los retos son los retos y a nadie le gusta hacer el ridículo y menos en aquellos tiempos. Así que se despejó una mesa de de mármol y se le pidió al tío Juan que trajera una caja de galletas de vainilla sin abrir.

Se puso la caja sobre la mesa, se le quitó la tapa y se volcaron las galletas. El espectáculo fue asombroso para todos, porque se formó un montón de de tal altura que apenas cabían en la mesa y eso que era bastante grande.

El que competía con mi padre quedó convencido de que sin duda ganaría la apuesta. Mi padre, aunque nunca pensó que pudiera contener tantas galletas aquella caja y quedó tan sorprendido como los demás, apretó los dientes y se dispuso a comerlas aunque reventase en el empeño. Las cogía a puñados con ambas manos y en cuestión de segundos desaparecían de la circulación. Cuando llevaba liquidadas así como la mitad del montón apareció por la puerta del bar el tío Gasparico y al percatarse de la situación, dijo: “¿Todas esas galletas se ha de comer ese? ¡Pues cinco duros que llevo me los apuesto, con quien quiera, a que no se las come!”. Nadie le aceptó la apuesta porque estaban atentos a las maniobras de mi padre, pero le dijeron: “¡Pues ya se ha comido otras tantas!” Con esto el tío Gasparico se calló prudentemente y mi padre siguió chino chano hasta comerse la última, resultando ganador del reto y el contrincante perdedor y pagador de la caja de galletas.

Trascendió lo sucedido y hubo quien dijo que mi padre al día siguiente tuvo serios problemas digestivos. No es cierto ya que, por el contrario, desayunó con total normalidad y no acusó el más pequeño contratiempo, lo cual demuestra que tenía un estómago a prueba de galletas de vainilla y que estaban hechas con productos de muy buena calidad, dicho sea de paso.

También ocurrió que el tío Pedro el Codis, que era oficialmente el tácito campeón del pueblo en cuestión de comidas, en cuanto supo lo de la apuesta del día anterior pensó que él no podía ser menos, se ofreció para emular la proeza gastronómica y alguien efectivamente le aceptó el reto. Así que se personaron un grupo de personas en el mismo bar y pidieron la correspondiente caja. Pero cuando al vaciarla se formó el consabido montón, el tío Codis tuvo una extraña reacción, ya que cambió de color y cuando a pesar del susto se dispuso a comerlas, se ve que se le cerró la garganta y a cada galleta que se metía en la boca le daba vueltas y vueltas y a duras penas conseguía tragarla. El resultado fue que renunció a seguir al cabo de un rato, cuando había rebajado el montón en apenas media docena.

Así que todos los que estuvieron al corriente de aquellos sucesos se afianzaron en la idea de que las apariencias engañan en cuanto al “saque” de algunas personas, especialmente cuando se trata de jóvenes.

Al tío Codis, en aquel mismo bar, siendo yo niño, lo vi desmayarse con un ataque de epilepsia que me impresionó bastante. Estoy por pensar que el susto de aquella tarde aciaga de las galletas pudo ser el causante de la enfermedad y el bar en el que ocurrió, un factor desencadenante. Cosas más raras se han visto.

lunes, 5 de enero de 2009

No tenemos otro

Cierto día mi buen amigo Juan José “el Lino” estuvo enseñándonos unas casas de Ariño que estaban en venta. Al despedirnos nos contó lo siguiente:

“En una ocasión llamaron al médico a una casa, porque uno de los que allí vivían se había puesto enfermo. Después de reconocerlo, mandó el doctor reunirse a los familiares, y les dijo:

–No sé, no sé . . . Este enfermo no me gusta nada.

El portavoz de la familia, tomó la palabra y respondió:

–Pues lo sentimos mucho, pero no tenemos otro.”

Juan José empleó este chiste para decirnos que, aquellas casas, más o menos buenas, eran las únicas que tenía para enseñarnos. Los chistes utilizados tan acertadamente y con la gracia con que lo hace mi amigo, son, algunas veces, una magnífica y sana manera de exponer los asuntos.

No vendremos más

Recién llegado al cuartel, un muchacho hizo algo que no se ajustaba exactamente a la disciplina militar, por lo que el sargento le propinó un espectacular sopapo. El novato, muy cabreado, exclamó: “¡Mecagüen esto..., con este trato vais a dar lugar a que, al final, no vengamos ninguno!”

La gracia de la expresión está en que en aquella época, salvo raras excepciones, era obligatorio el servicio militar; así que era totalmente impensable el no acudir a la llamada a filas.

Este es otro chiste de mi amigo Juan José, explicado con menos gracia que él y suavizada la exclamación del quinto por no atreverme a ponerla como él la decía, a pesar de que, con tal reserva, el chiste ciertamente pierde mucha contundencia.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

El pajarico

En Ariño hubo una época en que las proteínas de origen animal “andaban algo escasas” y eran muy apreciadas todas las de este tipo, incluidas las de los pájaros y especialmente las de los gorriones. Estos tenían la particularidad de que su principal alimento eran los cereales mientras podían tenerlos accesibles, que era desde la siembra hasta la finalización de la trilla. Debido a su gran número y a su notable voracidad eran unos competidores a tener en cuenta por los agricultores, que entonces eran la mayor parte de los vecinos, a los que les parecía francamente mal que estos volátiles les disputasen lo que les costaba muchos sudores producir. En consecuencia la caza de los gorriones estaba bien vista. No dábamos importancia al detalle de que otro de sus alimentos preferidos, además de los cereales, eran los saltamontes (que llamábamos grillos) y no nos parábamos a pensar que, si hubieran desaparecido los gorriones, es posible que hubiesen sobrevenido plagas de saltamontes que quizá hicieran más daño en los sembrados que aquéllos. Que estas cosas tan curiosas suceden cuando se contemplan las cuestiones ecológicas con insuficiente conocimiento y atención.

Total, que la veda de los gorriones estaba abierta todo el año y, por si no quedaba claro, se decía: “todo lo que vuela a la cazuela”, máxima que se aplicaba con algunas excepciones que eran las aves carroñeras y las de carne amarga o demasiado fibrosa o dura. La carne de gorrión en particular era considerada exquisita simplemente friéndola o asándola a la brasa.

Esta costumbre no era exclusiva de Ariño sino que estaba generalizada en casi todas partes. Incluso se consideraba normal que en los bares tuvieran gorriones fritos, como tapas, en el mostrador. Esto lo he visto en Zaragoza “con mis propios ojos” y han podido verlo en muchos sitios las personas de mi generación. La limitación para comerlos en los bares era que se trataba de unas tapas demasiado caras y el dinero entonces “andaba también escaso”.

Estos usos ahora se considerarían repugnantes, se tomarían como un ataque despiadado al reino animal y hasta se catalogarían como “un avicidio”. Entonces eran prácticas normales, como ahora cuando comemos gambas, salmones, pollos, ternascos, terneras o vacas, sin plantearnos cuestiones éticas sino económicas y nutricionales. Y, por cierto, algunas de las cosas que comemos actualmente no se hubieran comido entonces “ni regaladas”. Por ejemplo a mi abuelo Domingo le entraban náuseas cuando le decíamos que comíamos gambas en la ciudad; y se debía a que nos imaginaba comiendo saltamontes.

Así que no debemos escandalizarnos demasiado, ya que muchas cosas son relativas, como intento argumentar en el párrafo anterior.

Entonces, insisto, la caza de gorriones era tan normal y generalizada que los cepos se vendían en cualquier tienda y se veían en casi todas las casas. Yo mismo, que era de natural inquieto y depredador, tenía mis buenos cepos bien ajustados y muchas mañanas, antes de ir a la escuela, plantaba un par en la era de santa Bárbara cebados con hormigas aladas (alicas), y me escondía detrás de un cañizo para observar el momento en que el gorrión padre o madre aparecía en el tejado de la ermita, echaba un vistazo al suelo y, sin pensárselo dos veces, volaba hasta cerca de uno de los cepos y desde allí se aproximaba, dando curiosos saltitos, hasta caer en la trampa.

Esta larga exposición es necesaria para entender, aparte de algunas costumbres de una época, la transformación que se produjo en mi modo de pensar respecto a la caza de los gorriones. Me sucedió que un día dejé de perseguir encarnizadamente a los pájaros, como le pasó (salvando las distancias) a san Pablo con los cristianos. Aclaro que mi caída de la burra, que describo en uno de mis anteriores relatos, no influyó en mi cambio de ideas, ni ella tenía parecido alguno con el flamante caballo de Saulo.

Ocurrió que uno de aquellos veranos en que la casa de mis padres estaba “al completo” de animados ocupantes, fuimos un día de excursión al pantano de Oliete. Dejamos el coche a la salida de ese pueblo, nos acercamos hasta la presa, contemplamos desde el río la impresionante obra de mampostería con paramentos de sillería, subimos los infinitos escalones hasta la coronación y, recorriendo su camino en curva, contemplamos los alrededores admirando las espectaculares panorámicas que se nos ofrecían. Para completar la excursión, decidimos seguir caminando por una zona próxima al agua. En este recorrido me impresionó el ambiente árido del entorno sin el más pequeño signo de vida vegetal. La tierra y las rocas de la pendiente por la que caminábamos eran de colores casi blancos lo que favorecía la reflexión solar hacia nosotros. Ello producía en aquel día tan caluroso una especial sensación de sofoco que pronto nos hizo renunciar al paseo e iniciar el regreso antes de deshidratarnos más de lo conveniente. En aquel momento, sobre una roca de regular tamaño me pareció ver a un gorrioncillo. Me acerqué y observé que efectivamente lo era y para mi sorpresa no salió volando como hubiera sido lo normal. Era un gorrión de los “voladores”, que así llamábamos a los que considerándose ya capacitados para volar comienzan a hacer sus primeros vuelos. Aquel tenía el plumaje en perfectas condiciones y en principio debería poder volar; sin embargo permanecía quieto con los ojos abiertos, vivo pero como aturdido. El pajarillo se dejó coger y tanto mi padre (que venía a mi lado) como yo diagnosticamos que estaba sufriendo un golpe de calor que le incapacitaba para volar. Lo depositamos en un sombrero de paja y seguimos nuestro iniciado regreso hasta el coche que, convertido en improvisada ambulancia pajaril, nos permitió llegar por fin hasta nuestra casa.

Una vez en ella, busqué una jaula para proteger a nuestro pájaro de los gatos que con frecuencia se veían por la casa, le puse hojas de lechuga para refrescarlo e intenté hacerle beber agua y leche, a lo cual se resistía como si ya hubiera decidido dejarse morir. Sin embargo con el paso de las horas pareció reaccionar. De hecho se mantenía en pie y de vez en cuando lo visitábamos mi padre y yo para ver si “apitaba” y le íbamos aplicando los alivios que se nos ocurrían. Al momento de acostarnos nos alegramos porque nos pareció que estaba mejor y nos fuimos a dormir deseando que durante la noche terminara de recuperarse. A la mañana siguiente nos levantamos temprano y lo primero que hicimos fue ir a ver al pajarillo ¡Estaba en un “rebullico” con los ojos cerrados, porque durante la noche había muerto! Yo noté como un nudo en la garganta y, me saltaron las lágrimas. Me volví hacia mi padre y él que era un hombre duro al que no había visto llorar nunca, tenía también los ojos enrojecidos. Los dos Salvadores nos habíamos propuesto ejercer de salvadores de aquel animalillo al que se le escapaba la vida; no lo habíamos conseguido y sentíamos una gran pena por aquel ser tan pequeño e indefenso que acababa de morir.

El sentir lástima por los seres indefensos creo que es una de las características exclusivas de las personas, y me parece que este sentimiento tan humano es muy cercano al cariño, aunque igualar ambos no sería del todo correcto.

Me hice estas reflexiones y me pregunté si realmente los pajarillos y los demás animales no tendrán unas almas peculiares que, al morir los cuerpos que las sustentan, también estén destinadas a gozar de una particular felicidad en un cielo hecho especialmente para ellos. Ya sé que esto no es admisible, pero soñar no cuesta nada.

Comprenderéis que filosofando de estas maneras no estaba mi mente en condiciones de seguir manteniendo mis hábitos de caza y, efectivamente, a partir de aquel día cambió mi forma de ver, respetar y querer a los pájaros y en general a todos los seres vivos.

Siempre recuerdo aquel suceso que, aparte de cambiar mi actitud hacia los animales por pequeños y simples que sean, me permitió comprender también una cosa muy importante: la faceta de ternura que tenía mi padre q. e. p. d., y yo nunca había sabido ver de una forma tan palpable.

Para terminar debo decir que me sorprendo de la cantidad de cosas que sucedieron y de los cambios que se produjeron por causa de la existencia y muerte de aquel minúsculo, maltrecho y querido pajarillo. Todo ello me sirvió también para constatar de nuevo que, a veces, pequeñas causas producen grandes efectos.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Dudosa solidaridad

Hace años en Ariño los amigos solían finalizar los días festivos yendo en grupo por sus casas a tomar “la última copa”.

Se decía, aunque no puedo asegurar que sucediese realmente, que dos de aquellos amigos llegaron al atardecer de un domingo con la indicada intención a la casa de uno de ellos y, no estando sus padres, el anfitrión echó mano de una botella de licor y de dos copas y sirvió la primera para el amigo, el cual, sin pensarlo dos veces, se la echó al coleto de un trago. Acto seguido, se llevó las manos a la garganta haciendo toda clase de aspavientos ¡Resulta que el supuesto licor no era tal, sino un líquido agresivo!

El causante del accidente, en lugar de intentar curar rápidamente a su amigo, poner a buen recaudo la botella y, por supuesto pedir ayuda, solo supo exclamar: “¡Mecagüen esto! ¡Si la botella no era de anís! ¡Pues pa que veas que no lo he hecho a posta, mira lo que hago: !” Y sirviéndose la otra copa de la misma botella, se la bebió también de un trago, como había hecho su amigo.

La gente, al conocer el suceso, decía: “¡Aquellos sí que eran amigos de verdad!”.

Además de lo difícil que me resultaba asimilar este original concepto de la amistad, tampoco pude averiguar nunca lo que ocurrió con los intoxicados.

Esta anécdota es conocida en Ariño con una variante y es que sucedió en un bar (entonces se llamaba café), el suministro de la copa equivocada se produjo por un despiste del dueño y el contenido era gasolina. El causante del error también se sirvió otra copa con el mismo líquido. La versión primera es la que contaba de vez en cuando mi padre. Cualquiera de las dos pudo suceder e incluso, si me apuran, pudieron suceder las dos y, si conviene, quizá ninguna, que todas estas posibilidades se dan cuando aparecen noticias contradictorias. Yo personalmente creo que algo de esto sucedió y, puestos a creer a alguien, creo a mi padre mientras no me demuestren, sin lugar a dudas, que estaba equivocado.

Finalmente este relato me da pie para indicar algo que en las empresas organizadas tienen muy claro los jefes de Seguridad y Prevención de accidentes y es prohibir totalmente que una botella contenga algo distinto a lo que indica la etiqueta, para evitar la repetición de las pequeñas o grandes tragedias. Y no vale aprovechar la botella de refresco o de cerveza para guardar dios sabe qué con tal de poner con bolígrafo el nuevo contenido (porque esto es una medida insuficiente) ni alegar que “esta botella solo la uso yo y sé lo que hay dentro” ya que al final llega otro, echa mano de ella y ya está el lío. Esta medida de seguridad que se practica en algunas empresas es algo que debe hacerse también en cada casa, porque la cantidad de accidentes por esta causa es alta, y la forma de evitarlos consiste en poner las medidas indicadas y seguirlas exactamente. El solidarizarse con el afectado en la forma que se hizo en el relato, no sirvió para otra cosa que duplicar el problema en lugar de solucionarlo.
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