lunes, 30 de mayo de 2011

Teatro de aficionados

Mosén José Fuster, sacerdote que muchos conocisteis y otros lo vais conociendo por los comentarios que con frecuencia hago de él, fue párroco de Ariño durante muchos años, y su juventud, formación y carácter, hicieron que realizase muchas veces interesantes actividades inéditas, especialmente destinadas a los jóvenes, con los que sintonizaba especialmente.

En varias ocasiones organizó sesiones de teatro en el entonces hermoso salón de cine-teatro-baile, de Samca, siempre con artistas locales de todas las edades. Allí han actuado conmigo amigos míos de mi edad, personas mayores ya fallecidas y chavalicos que hoy peinan canas. Los ensayos, que duraban a veces más de un mes, eran ocasión excelente para convivir y disfrutar de una distracción común numerosas personas y dar un poco de vidilla a las contadas actividades culturales de nuestro pueblo.

La obra solía representarse una o dos veces y siempre el salón se llenaba a rebosar. En alguna ocasión he calculado que en aquel local cabrían unas quinientas personas; así que descontando de los habitantes de Ariño a los de muy corta edad, a los ancianos y a los enfermos, podríamos decir que allí estaba todo el pueblo, lo cual era debido en parte a que se trataba de un acontecimiento poco frecuente, en parte también a que acudían todos los familiares de los artistas y me malicio que a una razón de peso que es la de que la entrada era libre, sin coste alguno para los espectadores.

Supongo que a mosén José sí que debía de representarle unos desembolsos, porque algunas veces los vestuarios eran alquilados y más de un viaje debió de hacer a Zaragoza sin dietas ni subvenciones. No sé si Samca, que cedía encantada el local, no colaboraría también con alguna aportación económica que no se publicaba, pues estas cosas no solían trascender, según correspondía a las normas de la sana y generosa colaboración de aquellos tiempos.

Las obras de teatro, con estas premisas tenían el éxito garantizado y a la salida y al día siguiente todo eran comentarios y felicitaciones.

Mosén José tenía la costumbre, mientras se cambiaba el decorado y para no hacer esperar demasiado tiempo a tanta gente, de intercalar, de vez en cuando, alguna poesía entre los actos, lo que motivó que a mí (y no fui el único), me tocó recitar en varias ocasiones en aquel intervalo.

Escribo a continuación una de las poesías que me proporcionó el mosén y que muchas veces he pensado que era muy alusiva a alguna necesidad perentoria que debía de haber con el mantenimiento del edificio de la iglesia, lo que entonces era un problema porque estas cosas se costeaban con los dineros de los feligreses, alguna modesta aportación del Ayuntamiento y alguna ayuda de Samca.

A nadie se le ocurría pensar que el Estado diera, así como así, subvenciones importantes a diestro y siniestro a costa de los tributos ciudadanos, los cuales eran, dicho sea de paso muy pequeños, y así y todo, difíciles de reunir.

Después de todas estas puntualizaciones voy, sin más demora, a la poesía anunciada, que por cierto no tenía título, pero decía lo siguiente:

Si alguna vez en la vida
tenéis que pedir parné,
la respuesta ya es sabida:
"Et quare conturbas me".

Yo a un francés pedí dinero,
y al punto, sin más ni más,
me contestó el embustero:
"Monsieur, je ne comprends pas".

A un italiano fullero,
fui después, segunda bola:
"Signore, io sono extraniero:
non capisco una parola".

Renegando de esta gente,
fuíme a pedir a un inglés,
que contestó secamente:
"It is very cocky … yes".

A un español fui también
y al preguntarle "¿qué tal?",
me dijo:"De salud bien,
pero de guita muy mal".

Bien empleado me está,
pues me sé de carrerilla,
que hasta al reloj cuando da,
le tiembla la manecilla.

La poesía era, como vemos, una queja sobre lo difícil que es obtener dinero altruistamente y además, las respuestas eran generalizables a muchos de los países que podríamos calificar de más adinerados.

De todas las poesías que en mi vida he dicho esta es de las que menos han entendido mis oyentes, porque no todo el mundo sabía (ni yo tampoco), además de español, latín, francés, italiano e inglés, para poder entender lo que les estaba recitando y además, el concepto de recriminación que se hacía ni siquiera a mí me parecía oportuno, porque era una queja demasiado directa y agresiva, e incluso ofensiva en algunos momentos.

Ni siquiera sé cómo después del paso de tantos años todavía la recuerdo. Debe de ser porque de pequeños aprendemos las cosas aun sin darnos cuenta, aunque tengan cierto nivel de dificultad.

jueves, 26 de mayo de 2011

Mayo, el mes de María

Ahora mayo, para el común de los mortales, es un mes cualquiera, con la particularidad, generalmente asumida por todos, de que dentro de poco no aparecerán de improviso heladas, nevadas, ni meteoros intempestivos, pues todo el mundo sabe que hasta el cuarenta de mayo no se quita el golfo el sayo, lo cual, entre otras cosas, es indicativo de que los golfos no son tontos y saben protegerse, razonablemente bien, de las inclemencias atmosféricas.

Hubo una época en Ariño, cuando aún teníamos cura (ahora parece que ya somos incurables), en que el mes de mayo era especial porque se había reservado para agasajar a la Virgen María y de hecho lo llamábamos el mes de María y también el mes de las flores, porque le llevábamos las más bonitas que encontrábamos (Acordaos de aquella canción de "Venid y vamos todos con flores a María…").

Los escolares y nuestros maestros participábamos de aquel ambiente y una tarde por semana (creo), en perfectas filas, los chicos encabezados por sus maestros y las chicas por sus maestras, a una prudencial distancia entre filas (sabido era que el hecho de estar chicos y chicas próximos era, sin más averiguaciones, seguramente pecaminoso). Y aunque no lo fuera, en aquella tierna infancia nuestros inocentes ojos se giraban demasiado hacia las chicas cuando íbamos en fila, y a alguna en particular con más intensidad o frecuencia, si Cupido había hecho uso de sus prodigiosas flechas. Todo esto dentro de lo que podemos llamar inocentes sentimientos platónicos infantiles.

Dentro de la iglesia a los chicos nos situaban en la parte del Evangelio y a las chicas en el lado de la Epístola, es decir a izquierda y derecha respectivamente, según se accede al interior. Allí rezábamos y cantábamos en voz alta, e incluso algunas chicas eran designadas por sus maestras, de acuerdo con el sacerdote, para ofrecer, cruzando el altar de parte a parte, flores a la Santísima Virgen y poesías cortitas y bien aprendidas, que generalmente se recitaban a toda velocidad por causa de la timidez y del agobio de recitar con la iglesia llena de gente. Muchas veces, por causa de esta situación emocional de la improvisada poetisa (y de la ausencia de megafonía), apenas oíamos lo que se estaba recitando.

Por aquel tiempo aterrizó por Ariño mosén José Fuster (q.e.p.d.), sacerdote que dejó en muchas personas del pueblo muy buen recuerdo, porque a su desenfado e ironía propias de su especial forma de ser y de una moderna formación sacerdotal, unía una encomiable voluntad de ayuda a cualquiera que lo necesitase, lo cual le hacía ser persona muy querida por muchos, entre los que me incluyo.

Una de las rupturas con las prácticas tradicionales consistió en decirles a los maestros que en aquellas actividades poético-religiosas del mes de mayo tenían que participar también los varones. Así que de inmediato (junto con algún que otro compañero) me tocó la china de aprenderme una poesía y dejar a los pies de la Virgen la correspondiente ofrenda floral.

Repito que por aquel entonces esto se consideraba labor de chicas y el pasar a ponernos en su mismo lugar nos producía un rubor más que mediano; sin embargo las órdenes de los maestros eran inapelables, así que tuve que salir hasta el lado de la Virgen y decir la siguiente poesía:

Aquí tenéis, Virgen mía,
un manojo de romero.
Es una planta que luce
su ropaje siempre fresco,
aunque la helada la hostigue
y la combatan los vientos.
Por eso, por ser así,
es el símbolo perfecto
de una virtud sin la cual
pierden las otras su precio.
Se llama perseverancia,
y esta hermosa virtud quiero
que brille siempre en mis obras,
pues de esta suerte pretendo
ser digno de que me mires
con cariñoso respeto:
Que me hagas feliz aquí,
y más feliz en el Cielo.

Dejé mi ramo de romero a los pies de Nuestra Señora y me retiré, como pude, hasta mi sitio en los bancos, con mi corazoncico a punto de explotar.

Sin saberlo entonces, la perseverancia que de boquilla le pedí a la Virgen reconozco que me fue concedida. Lo de la felicidad aquí, era pedir demasiado, pero también me asignó un alto porcentaje y lo del Cielo ya se verá (Dios quiera que dentro de bastantes años), aunque tengo la esperanza, cada vez más arraigada, de que Nuestro Padre está deseando que no tengamos problemas en este aspecto y además nos da el recurso de arreglar nuestras deudas cuando alguna vez, sin muy mala intención, sacamos, un poco, los pies del tiesto.

Y para terminar, confieso que estoy deseando llevar este mes de mayo, después de tantos años, un ramico de romero a los pies de Nuestra Madre y estoy seguro de que en sus labios voy a adivinar una dulce sonrisa, cuando recuerde a aquel chavalín que, de pequeño, puso también a sus pies, sin saber entonces muy bien lo que hacía, un manojo de romero.

martes, 12 de abril de 2011

Apuntes sobre la felicidad

Hace pocos días oí una estadística sobre la felicidad, en la que resultaba que Europa es el continente con mayor número de personas felices, por cada mil habitantes, de todo nuestro planeta.

La primera pregunta que se me ocurrió fue la forma en que se midió la felicidad, que es algo tan intuitivo y tan difícil de cuantificar. Finalmente pensé que debió de ser tan sencillo como computar encuestas del tipo de la siguiente: “¿Es usted feliz?” y apuntar un sí, un no, o un “no sabe, no contesta”. Aunque el procedimiento carezca de rigor científico, no por ello debe despreciarse, ya que el método científico no siempre es aplicable a todo lo que se nos ocurre.

Esto de que Europa sea el continente más feliz era, para mí, el resultado más previsible; pero la sorpresa aparece cuando a continuación se especifica que España, Grecia y Portugal (¡siempre el mismo trío!) eran los países menos felices de Europa, a pesar de que nuestro sol, nuestras playas y monumentos, la dieta mediterránea, etc., atraen tan masivamente al resto de europeos, y aunque el mayor índice de depresiones y de suicidios se dan en los países nórdicos, donde apenas ven el sol. Al respecto me aclararon un detalle y es que estos índices negativos de los europeos del norte están mejorando notablemente desde que usan con profusión lámparas que emiten radiaciones similares a las solares. (A estos tíos no se les escapa ni una).

Escuchando todo lo anterior iba yo de sorpresa en sorpresa y recordando aquello de “a la cama no te irás, sin saber una cosa más”, cuando en el referido estudio establecieron que la causa más probable de la felicidad no eran ni la dieta mediterránea, ni la simpatía de los latinos, ni el esplendor y duración de nuestro sol, sino que se trataba de que “la felicidad está directamente relacionada con la confianza en las personas del entorno”. Es decir que los españoles, los portugueses y los griegos, somos los que menos nos fiamos de nuestros vecinos y en general de nuestro entorno.

Luego, ordenando un poco las ideas, la rotunda afirmación anterior ha ido tomando sentido para mí, mediante los siguientes razonamientos:

Realmente las personas nos vemos inmersas en contextos muy variados y coexistentes. El primero es el de la familia de origen, luego suele estar el escolar, más adelante el universitario, después tenemos el laboral, el del matrimonio, el de los hijos, etc., etc. He nombrado los clásicos (que por cierto han sufrido últimamente importantes alteraciones) y he dejado para el final el de los amigos, no por ello el menos importante sino que muchas veces es el más influyente en nuestras vidas a pesar de ser un grupo reducido, ya que los verdaderos se suele decir que se cuentan con los dedos de una mano.

En los etcéteras del párrafo anterior caben infinidad de grupos que nos influyen también a veces poderosamente. (Citaré más adelante alguno).

Muchas veces llegamos a conocer a una cantidad limitada de los integrantes del grupo de pertenencia y en numerosas ocasiones a ninguno. Podría citar muchos ejemplos, pero me referiré a uno muy frecuente, que es el de personas que junto a nosotros abarrotan los autobuses en cualquier ciudad.

Algunos de los grupos de convivencia nos vienen impuestos “cósmicamente” (palabra de Joaquín), como pueden ser nuestros padres y el contexto familiar centrado en ellos; sin embargo muchos de los otros grupos podemos elegirlos y a veces cambiarlos.


Apuntada pues nuestra profusa pertenencia a grupos, tengo que decir varias cosas: la primera, que el grupo va a influirnos notablemente, de manera que si las personas que lo componen tenemos la suerte de que sean de calidad seremos algo más felices, y si no son de tan buena condición, nos veremos perjudicados por ellos en nuestra felicidad. Así que atentos al análisis del grupo al que pertenecemos, porque nos jugamos la felicidad, a pesar de que el cambio de grupo sea factible y no lo hagamos por rutina o dejadez. Un ejemplo sencillo de sustitución sería el del grupo citado del autobús que puede sustituirse utilizando el coche, en cuyo caso pasamos a engrosar el de los automovilistas, que en algunos casos reducirá la incomodidad pero, en cambio, posiblemente aumentará el riesgo. Otras veces es muy difícil el cambio y no nos queda más remedio que resignarnos ante la dificultad de la sustitución.


Nosotros también influimos más o menos en el grupo, así que en este caso seremos responsables (en mayor o menor medida) de la felicidad o infelicidad de otros. Por tanto hay que estar muy atentos a evitar ese tipo de perjuicios a los demás. Esta postura de atención en este tema a veces mejora la calidad de los grupos por los efectos acción- reacción, y espiral, que trasciende, a veces rápidamente, a muchos de sus componentes.


No quiero terminar estos apuntes sobre dinámica de grupos sin citar el de las personas que conviven en un mismo pueblo. Tengo que decir que, lamentablemente, la convivencia del mío se ha estropeado con el paso de los años, de tal forma que de ser ejemplar en mi época de juventud, ha pasado a ser, en muchos casos, algo peor que mediana, de tal modo que si los de la estadística que he comentado al principio tomasen datos en Ariño sobre la felicidad, seguramente no seríamos los más admirados. Me parece que estamos estropeando la armonía social (que una vez más digo que es uno de los objetivos más buscados en la vida), por causa de asuntos y viejas rencillas que muchas veces no valen la pena. Deberíamos pues tratar, aunque fuera poco a poco, de mejorar nuestro clima social, hasta volver a ser ejemplares en este asunto tan importante.


Definitivamente, creo que las estadísticas que oí y que me provocaron estas reflexiones, aunque las he calificado de poco científicas, tienen un componente positivo que nos debería hacer reflexionar seriamente y nos hacen intuir que, efectivamente, los grupos de ciudadanos españoles, en general son algo mejorables con relación a los de otros países de nuestra Europa y, como consecuencia, nuestra felicidad es menor (¡vaya gracia!) que la de casi todos los demás países de nuestro entorno europeo.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Mis primeros recuerdos

Es una pregunta interesante: ¿Cuál es tu primer recuerdo? Si la hiciésemos con frecuencia aprenderíamos bastante. Analizando esta pregunta, que nos la podemos hacer incluso a nosotros mismos, también encontramos curiosidades que dan que pensar.

Generalmente se trata de hechos que nos asustan o de otros que nos producen satisfacción. Muchas veces hay varios de distinta naturaleza que ocurren en una misma época (se ve que cuando comenzamos a tener uso de razón por elemental que esta sea).

El asunto tiene su miga, como suele decirse, especialmente para los entendidos. Para mí, que no estoy entre ellos, solo tengo constancia de cuatro primeros recuerdos: dos son desagradables porque uno es de alguien que se hace daño (la caída de un soldado de un caballo al espantarse este, y la caída de una señora que, esperando en una cola, se cae a un zarzal por empujón de un guardia), y otros dos, que son agradables y los explicaré más adelante.

Los primeros no me supusieron ningún trauma, pero me asustaron; los agradables me han influido positivamente. En uno de estos me veo en la calle, muy cerca de la pared, al lado de la casa de mis abuelos Domingo y Petra sentado en el suelo con una sierra de juguete que me trajo mi madre, cortando palos de romero, que eran lo más abundante por aquel entorno. Mi actividad era tan entretenida que me pasaba así horas, y la recuerdo con agrado.

No pasaba desapercibida mi presencia para mis vecinos más próximos, que me alababan por mi constancia, reposo y agrado con aquel juguete y me catalogaron, ya tan pequeño, como formal y capaz de divertirme, durante horas, con cualquier juego.

El otro recuerdo agradable fue que, estando entretenido por alguna parte del patio de mis abuelos, oí un gran alboroto y al salir vi que había mucha gente entre los residentes normales de la casa y los vecinos que habían acudido Se trataba de que acababa de “aterrizar” allí mi tío Antonio “El morel” que había venido nada menos que desde Teruel (capital que está a unos cien kilómetros de Ariño). Contaba mi tío, con gran desparpajo, que se había evadido (con intención de regresar) de un batallón de prisioneros de guerra que estaban explanando el ensanche de Teruel al otro lado del viaducto. Toda esta circunstancia da idea del atrevimiento y valentía de mi tío, corriendo el riesgo de que, a pesar que los pases de lista los hacía por él un compañero, los descubrieran y les cayera, a los dos, un buen paquete.

Mi tío me trajo (y aún hoy es una incógnita cómo pudo conseguirlo especialmente en aquella época de miseria), un espectacular caballo oscilante de cartón, tan grande como yo. Para mí aquel juguete fue algo maravilloso que utilicé durante años e hizo que mi tío fuera, para mí ya desde entonces, durante toda su vida, , una especie de rey mago.

Todo esto sucedía en un entorno de Ariño muy pequeño: “la subida al Calvario” en la entrada de cuya calle estaba la casa de mis abuelos. Un poco más arriba estaba la de “los Moscas” con los que nos llevábamos muy bien. Sin desmerecer a nadie de aquellos vecinos, especialmente la tía Serafina era una persona encantadora, igual que su marido, el tío Rafael. Las personas con quienes me encuentro de aquella familia siempre me dicen que mi abuelo “era el hombre más bueno del pueblo”, lo que me emociona cada vez, y me reafirma en el concepto que yo mismo tengo de él

lunes, 25 de octubre de 2010

In memóriam

Mi amigo Vicente Omedas

El pasado diecinueve se nos fue “del todo” Vicente. Hace tiempo que, cuando le íbamos a ver, no sabíamos muy bien si aún estábamos con él, o quizá él ya no estaba con nosotros. Su avanzada enfermedad de Parkinson, hizo que, finalmente, el ir a verle supusiera para el visitante y, hasta puede que para él mismo, una situación tremendamente angustiosa.

El día veinte, acompañado por sus familiares y por sus muchos amigos, después de una misa funeral, se procedió a su enterramiento en el cementerio de Ariño.

Durante el entierro me extrañó no sentir tristeza a pesar de que él y yo éramos muy amigos, y yo una persona fácilmente emocionable. Sentí, en cambio, una sensación de paz próxima a la alegría, que me produjo una sensación muy extraña.

Al día siguiente supe el motivo: se había acabado aquella angustiosa situación que he indicado, y estaba claro que Vicente gozaba por fin de la paz que merecía. Sin duda estaba ya en el cielo, después del purgatorio que supuso para él y para sus allegados su larga y penosa enfermedad contra la que, con su valentía e inteligencia habituales, había luchado denodadamente a pesar de intuir que se trataba de una batalla perdida de antemano.

En soledad, mis ojos han vertido incontables e incontenibles lágrimas por la pérdida de un amigo muy especial. Mi fe no ha sido suficiente para pensar que, si mis méritos son parecidos a los suyos, algún día volveremos a juntarnos de nuevo y a abrazarnos posiblemente en las cereceras, con nuestro común y añorado amigo Gregorio. Por causa de mi limitada fe, no he podido tener ese consuelo.

En este escrito en memoria de Vicente no puedo evitar la manifestación de mi pena, pero realmente lo que pretendo es destacar algunos rasgos de su forma de ser ya que, aunque él era sobradamente conocido en Ariño, la circunstancia de haber convivido durante muchísimos años como compañeros de trabajo, me permitió ser un testigo especial de sus muchos y especiales valores.

Estuvimos en la misma empresa (DATSA) trabajando en temas muy próximos durante veinte años; hicimos muchos viajes juntos, y nos propusimos infinidad de objetivos comunes; sin embargo nunca tuvimos el más pequeño roce, porque su inteligencia, su rapidez de reflejos, su competencia y su generosidad hacían la convivencia con él sumamente fácil y porque, además, poseía una rara mezcla de inteligencia e intuición que daban un alto valor a sus consejos, que siempre eran acertados, bienintencionados y generosos.

Además de nuestra coincidencia en las labores empresariales, tuvimos la suerte de disfrutar de las mismas aficiones y era muy frecuente juntarnos las familias los fines de semana en el campo o en el río, para divertirnos con las múltiples, sencillas y hermosas actividades que nos brinda la naturaleza.

Superando la tentación de extenderme en temas particulares, hay que decir que Vicente tiene muchos amigos, y era una de esas personas (lo que también le sucede a su hermano Manolo) que nos hacen sentir a cada uno como si fuéramos su mejor amigo, cualidad que no es frecuente, y está motivada porque, efectivamente, ellos saben ser muy amigos de todos.

En Ariño pocas personas habrá que hayan puesto, como él, constantemente a disposición de los demás sus recursos y posibilidades ¡Cuántos viajes habrán hecho los sucesivos coches de Vicente a Zaragoza para resolver cualquier necesidad de los demás si se percataba de que era necesario!

Sus amigos eran tantos que raro era el entierro en Ariño de alguien con el que no se sintiera vinculado y siempre hacía todos los esfuerzos posibles para acompañar al difunto y a la familia viajando ex profeso una y otra vez desde Zaragoza.

Ni que decir tiene que para su familia más próxima era un ejemplo de ayuda incansable y siempre disponible, como todos muy bien sabemos.

Al final él también necesitó la ayuda de los demás y por supuesto que la tuvo, constantemente, con amor y ternura inagotables, especialmente de sus personas más allegadas.

A mí me queda la sensación de que una persona como él merecía como nadie una muerte fácil y hasta placentera si ello no fuera una paradoja; pero me dijo una vez alguien muy acertadamente, que Dios tiene varas de medir que nosotros no entendemos.

De lo que no me cabe la menor duda es de el Señor le ha reservado un lugar destacado muy cerca de Él, con sus seres queridos, desde donde hará llegar en primer lugar a su Manuela, y también a toda su familia y a sus amigos, el consuelo que todos necesitamos.

Tengo la impresión de haberme dejado de decir de Vicente infinidad de cosas. Perdonadme, pero su vida fue tan plena, que para intentar escribir algo más que unos apuntes, habría que escribir sobre él todo un libro.

Lo que sí que quiero dejar claro es que para todas las personas que lo conocimos fue una ayuda, una vida magnífica, de las que son ejemplo permanente, y para Ariño un hombre eminente, noble, valiente honrado y generoso, cuya desaparición supone una importante pérdida y deja, con su fallecimiento, un recuerdo imborrable.

domingo, 29 de agosto de 2010

Penuria

En Ariño, al igual que en muchos otros pueblos de Aragón, se produjo, durante la guerra civil española, el fenómeno de la emigración masiva a Francia a causa del temor a las represalias ante la inminente toma de los pueblos por las tropas nacionales.

Lo más frecuente era la huida de los padres de familia, quedando estas rotas y con subsistencia difícil en muchos casos, como es fácilmente comprensible; sin embargo también era normal la salida de familias enteras, que se veían sometidas, en su partida y reubicación, a auténticas odiseas.

Con el tiempo, cuando el retorno dejó de ser peligroso, la mayoría de los cabezas de familia regresaron al pueblo para reintegrarse a sus hogares. También se daba la circunstancia de que las familias se reagrupasen en Francia adquiriendo los integrantes la nacionalidad francesa.

La vida en Francia, tanto de los hombres en solitario como de las familias, no les fue fácil ya que su país de adopción estaba implicado en la desgarradora circunstancia de la segunda guerra mundial con todo lo que ello representaba.

A una de las familias que emigraron en bloque me voy a referir en este relato, explicando lo que contaba mi padre. Se trataba una familia constituida por un hombre de bastante edad y al menos por una hija y un hijo, ya maduros. Es posible que la integrase alguna persona más, pero no puedo asegurarlo. El padre al parecer estaba enfermo quizá de depresión, de añoranza y de algo más, y permanecía en cama en el momento a que se refiere la siguiente anécdota:

Volvía la hija de intentar comprar lo indispensable para la supervivencia, quejándose de lo difícil que estaba la localización de alimentos, con expresiones como las siguientes:
–En los escaparates no se ven más que fajos de leña. Además de que todo es carísimo, hoy no he podido encontrar nada de nada.
El padre, que desde el lecho estaba “haciendo oreja”, ante tal afirmación de su hija, tímidamente, le hizo la siguiente pregunta:
–¿Tampoco tabaco?
La hija, categóricamente, respondió:
–¡Bien tabaco! ¡Ni soñarlo!
El padre que se había incorporado a medias, se llevó las manos a la cabeza, y se dejó caer hacia atrás en la cama, mientras exclamaba:
–¡Ayyy!
Y comenzó a sollozar, a la vez que decía:
–Yo quiero partir pa España! ¡Yo quiero partir pa España que aquí me voy a morir…!
Y así permaneció, con sus lamentos, hasta quedar completamente exhausto.

Con esto mi padre mostraba el difícil trance y las necesidades que pasaban los que habían emigrado a Francia, según las noticias que de uno u otro modo iban llegando al pueblo, y al mismo tiempo ironizaba sobre la importancia que en aquel contexto de extrema dificultad podía llegar a tener la insatisfacción de un pequeño pero arraigado vicio, que entonces ni siquiera se calificaba así, ya que la costumbre de fumar se consideró un vicio pernicioso (quizá con razón) muchos años después. Entonces fumaba casi todo el mundo, eso sí, lo que buenamente podían (incluso alfalfa y patatera seca), y algunos precoces chavales, a escondidas, hasta “gatos de noguera”. El Gobierno consideraba el fumar como un derecho inalienable para los hombres y el tabaco (el paquetón de picadura) se incluía en la cartilla de racionamiento con la que se controlaba, igual que el tabaco, la cantidad de alimentos esenciales que cada familia tenía derecho a consumir, como legumbres, patatas, aceite, y pocos más, previo pago de su importe.

Respecto a la misma familia (que no he podido identificar) decía mi padre que antes de la guerra, el hijo, que se las daba de aventurero, no se recataba de comentar que permanecía en España por hacerle compañía a su padre, y era frecuente oírle decir: “mi padre muerto, yo, tren y barco, tren y barco. Hala, hala de aquí”. Con esta actitud daba la imagen de que estaba deseando la muerte de su padre para tener expedita la puerta del mundo entero, a la vez que menospreciaba la calidad de la vida en el pueblo. Pero, ironías del destino, se murió él antes que su padre, y la gente, que captó la paradoja, comentaba la situación con cierta guasa.

No puedo terminar este relato, en el que se refleja, someramente, algún aspecto del ambiente de Ariño en la posguerra, sin manifestar la admiración que siento por la talla humana que demostraron tener las mujeres que asumieron la responsabilidad de sacar adelante a sus familias sin la presencia de sus maridos. Ellas y los abuelos, dieron ejemplo de entereza y dignidad ante tan difícil papeleta, y fueron capaces de cumplir con su deber, sin alardear nunca de ello. Además del respeto, su recuerdo merece la gratitud de los que, de más o menos cerca, hemos visto y vivido las críticas situaciones de aquella ya lejana época, ojalá que irrepetible.

jueves, 26 de agosto de 2010

Dos chistes con solera

El del reto lo contaba mi padre, y el de la boina mi tío Antonio (el Morel). Se los escuché por vez primera siendo yo un chavalín. Luego los he encontrado en momentos y sitios muy diversos, así que podemos decir, al menos, que estos chistes tienen solera. Para muchos no serán novedad pero, este es el problema de los chistes, que pocos son originales y muchas veces hay que poner cara de circunstancias por ser harto conocidos; sin embargo siempre hay alguien que los oye por vez primera por extraño que parezca. En todo caso para mí forman parte de mis recuerdos de Ariño por ser donde los oí la primera vez, y por tanto creo que no está de más incluirlos entre mis cosas de Ariño.

El RETO

En la época del relato era frecuente que, estando reunidos un grupo de amigos, a veces se planteara un reto con la expresión de “a que no…”.

En la ocasión a la que me refiero la expresión completa fue: “¡A que no se atreve alguno a ir a tocar la puerta del cementerio!

Por supuesto la noche era oscura y tenebrosa (las nubes tapaban completamente la luna) y el viento silbaba con quejidos lastimeros; sin embargo uno del grupo, que presumía de valiente, aceptó el reto que en la práctica consistía en clavar un clavo en la puerta del cementerio, de forma que tanto el ruido que se produciría al clavarlo como su inequívoca presencia al día siguiente, atestiguarían el cumplimiento de lo pactado.

El susodicho llegó a la puerta indicada y, atropelladamente y a duras penas, clavó la escarpia; pero ocurrió que su capa, agitada por el viento, resultó clavada también accidentalmente en la madera, sin percatarse de ello el dueño que, al intentar salir de allí poco menos que corriendo, comprobó que algo (él pensó que alguien) lo retenía. Como aquel alguien no podía ser otro que un difunto, toda la valentía de nuestro protagonista se vino al suelo y sus lamentos y peticiones de clemencia fueron constantes durante largo tiempo. El supuesto difunto no se dio por satisfecho hasta que, en un descuido de las nubes, la luna alumbró la escena y el cautivo se dio cuenta de cual era la verdadera causa de la retención. Ante esta inyección de valor, recompuso su maltrecha figura y, sacando un puñal, de un solo golpe certero liberó la capa de su atadura y, con voz potente, dijo: “¡Pues si es un hombre, igual lo rajo!”.

LA BOINA

Iban un padre y su hijo transitando por unos andurriales, cuando les salieron al paso varios facinerosos que, sin contemplación alguna, les aligeraron de todas sus pertenencias, incluidas las ropas, con lo cual los dejaron completamente desnudos. El zagal, al echarle un vistazo a su padre, exclamó: “¡Hala padre, si le han dejado la boina!”. A lo que el padre, muy dignamente, con voz grave, le contestó: “¡Menudas narices tiene tu padre, como para dejarse tocar la gorra!”.

CONCLUSIÓN
Para terminar debo agregar que resulta curioso que ambos chistes, siendo tan distintos, tengan en común la ironía sobre la valentía, y la crítica a los que, sin serlo, presumen de valientes.
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