sábado, 21 de agosto de 2010

El esportón andante

En Ariño, cerca ya de 1950, a pesar de que los ingresos debidos al trabajo en las minas habían ya suavizado las duras condiciones de supervivencia propias de épocas anteriores, los chicos, a partir de los diez años e incluso antes, ayudábamos en lo que podíamos y más, en las tareas familiares tanto caseras como agrícolas, que unas y otras eran muchas y variadas.

Me cuenta un amigo que, de vez en cuando, a sus diez años escasos, le mandaban con una caballería provista de un esportón a buscar fiemo a las Bancas para llevarlo hasta una huerta que tenían en el Morraz. Para hacerse una idea cabal de lo que esto representa hay que conocer lo que significan en Ariño las partidas que acabo de nombrar, tanto por la distancia como por la diferencia de nivel.

El fiemo era sirria que se acumulaba en un corral donde pernoctaba el ganado. La tal sirria, por si alguien no conoce la palabra, son los excrementos del ganado lanar y del cabrío.

Dice que un día que hacía algo de viento (lo cual pone nerviosas a las caballerías), la burra iba inquieta hasta que, a la altura del huerto del cura, la carga, que no debía de ir muy bien sujeta, se vino al suelo y el animal inició un trotecillo burrero camino adelante hacia el casetón municipal.

A mi amigo, además del susto, se le amontonó el trabajo en un momento porque no sabía a donde acudir: por una parte no quería dejar el esportón abandonado, y por otra tenía que recuperar lo antes posible a la caballería pues, estando fuera de control en aquel camino-carretera, le podía suceder cualquier percance, lo cual sería una desgracia importante. Así que finalmente optó por ponerse el esportón por sombrero y arreó lo más ligero que pudo hasta alcanzar a la burra, que por fin se había parado. La cogió del ramal, volvió al punto de partida, puso en condiciones de carga el esportón, cargó el fiemo (no sé si llevaría pala) lo ató esta vez con más cuidado y siguió, resuelto el contratiempo, hasta la huerta de destino.

Mi amigo se ríe al imaginarse corriendo detrás de la burra con un esportón encima sin ver otra cosa que el suelo. Uno se imagina enseguida a un espectador observando la escena sin conocer los antecedentes y no sabe qué podría este pensar. Seguramente llegaría a la conclusión de que le había hecho excesivo efecto el vino del almuerzo.

Al menos nosotros nos reímos imaginando la situación, que por otra parte no dejaba de tener un componente de lástima, por imaginar a los niños de entonces obligados a hacer trabajos impropios de sus pocos años.

Como conclusión señalaré la gran diferencia entre lo que antes y ahora se pide a los niños. Entonces las circunstancias nos obligaban a madurar demasiado pronto; sin embargo esto tenía la ventaja de irnos endureciendo para afrontar las difíciles condiciones ambientales imperantes. Ahora, que todo es mucho más fácil, corremos el riesgo de pensar que los niños son más niños de lo que realmente son, lo cual tiene también su problemática.

Para terminar indicaré que este relato requiere que figuren en él unas cuantas palabras cuyo significado alguien puede desconocer. Aunque parezca raro, todas ellas vienen en el diccionario de la Real Academia Española, si bien el uso de tales términos haya casi desaparecido.

martes, 17 de agosto de 2010

Otro viaje a Zaragoza

Hacia 1955 se organizó, para las Fiestas del Pilar, un viaje a Zaragoza utilizando como medio de transporte un taxi grande que había entonces en Ariño que, debido a su gran capacidad, resultaba económico, aparte de que los horarios se podían ajustar de acuerdo con la conveniencia de la mayoría de los pasajeros. Con tales facilidades y los atractivos de esta ciudad, la propuesta resultaba muy interesante.

Yo, que entonces era estudiante no me apunté, pero sí lo hicieron dos personas que conozco bien, que a pesar de su juventud, tenían ya cierta solvencia económica, aunque no excesiva como se podrá ver en su momento.

Al día siguiente comprobé (porque nos veíamos casi cada día) que no habían regresado y sus familiares me comentaron que no habían acudido al sitio convenido a la hora de regreso acordada con el taxi. Desconocían la causa de este hecho y, aunque se mostraban preocupados, imaginaban que se trataba simplemente de una falta de puntualidad y pensaban que aparecerían en el coche de línea la tarde siguiente, como realmente sucedió. Según me explica mi informador (que fue uno de los protagonistas) el suceso dio lugar a que en sus respectivos domicilios hubiera más que palabras y que, a pesar de ser ya unos mozos, salieran de este asunto con las orejas bien calientes.

Lo sucedido, según mi improvisado cronista, había sido lo siguiente:

Efectivamente llegaron tarde a la cita de regreso en el taxi por lo que decidieron tomar el tren (un rápido) hasta La Puebla de Hijar y desde allí ir hasta Ariño con algún camión de TRAMISA o con el coche de línea que subía por la tarde recogiendo a los posibles viajeros del tren y parando en cada pueblo hasta llegar a Muniesa.

En la estación sacaron dos billetes en ventanilla y preguntaron a alguien por allí si el tren que estaba a punto de salir pasaba por La Puebla y cuando les respondieron afirmativamente se subieron a él y se durmieron de inmediato.

Les despertó el chirrido de los frenos del tren al llegar a una estación, comentaron que ya debían de estar cerca de La Puebla, y un señor que iba junto a ellos les dijo enseguida que el tren había pasado por ese pueblo, iba en dirección a Madrid y ya estaba en Pinseque a varios kilómetros de Zaragoza.

El susto fue morrocotudo al comprobar que estaban yendo en sentido contrario al previsto, y la reacción inmediata fue bajarse atropelladamente del tren cuando este iniciaba ya la salida de la estación de Pinseque.

Se encontraron, pues, en la carretera a considerable distancia de Zaragoza vestidos de fiesta, y sin una peseta en el bolsillo, ya que las últimas las habían gastado en los billetes; así que no les quedó más remedio que volver caminando durante horas otra vez a la estación de partida, mientras tomaban conciencia de que el error se debió a confundir el futuro con el pasado ya que, aunque el tren pasaba por dicho pueblo, no tenía que pasar, sino que ya había pasado cuando hicieron la consulta.

Cuando por fin llegaron a la estación dieron con un tren que sí que iba a La Puebla y se subieron a él sin billetes puesto que, como queda dicho, no llevaban dinero. Cuando le muestro a mi informador mi curiosidad por lo que tenían previsto hacer cuando pasara el revisor, me dice que cualquier cosa menos pagarle, porque esto era imposible. No tuvieron que afrontar esa papeleta simplemente porque cuando llegaron a su estación de destino el revisor todavía no había pasado, así que esta vez al menos, “les sonrió la fortuna”.

Le pregunté también cómo resolvieron lo del billete del coche de línea ya que el Juanico (es decir el cobrador) era inevitable, y me dice que le explicaron lo que les había sucedido y añade: “chico, aunque parezca mentira, ¡nos creyó y nos perdonó el billete!”.

Según hemos ido viendo se comprenden las reservas que he hecho al comienzo del relato sobre la solvencia económica de nuestros protagonistas y también he anticipado las consecuencias finales de sus andanzas, así que con esto termino este relato que demuestra, como argumenté en otro anecdotario, que los viajes a Zaragoza eran agradables, pero tenían riesgos de cierta importancia, si no se prestaba un mínimo de atención o no se iba suficientemente despierto.

jueves, 12 de agosto de 2010

Un viaje a Zaragoza

En la década de los cincuenta solían hacer los mocetes de Ariño algún que otro viaje a Zaragoza y para ello la ocasión ideal eran las fiestas del Pilar del doce de octubre.

Me cuenta un ariñero, que tampoco reside en Ariño, anécdotas sobre uno de aquellos viajes acompañado por otro chico de su misma o parecida edad, y me dice que, a sugerencia del acompañante, la primera operación que hicieron fue ir al puente de piedra y alquilar una barca de remos a la orilla del Ebro y, sin haber practicado nunca esta actividad, comenzar a remar en dirección al centro del río. Como es lógico la corriente los llevó rápidamente a donde quiso, que fue hacia una zona en la que había numerosos pescadores de caña que, enfadados por la interferencia y alarmados porque nuestros remeros corrían un peligro evidente, les gritaron para que se alejaran de allí a sitio menos peligroso e inoportuno. Los avisos tuvieron efecto inmediato y los sofocados barqueros remando como pudieron y a base de trazar la barca numerosos círculos consiguieron llegar por fin hasta la orilla, gracias a un milagro de nuestra señora la Virgen del Pilar que permanece entre los muchos no computados hasta la fecha. Eso sí, como consecuencia de los numerosos golpes al agua con los remos planos salieron de la barca con las ropas mojadas a fondo, lo que nos da una idea del lastimoso estado en que iniciaban su estancia en la engalanada ciudad.

El siguiente objetivo de su programa fue ir a alguna zona donde hubiera buen nivel de ambiente festivo y al efecto aparecieron por la calle san Miguel (o cercanías), lugar muy concurrido, donde un señor les preguntó la hora. Ante este elemental incidente mi informador se detuvo para consultar su reloj, pero su amigo aceleró el paso tomando distancia y volviendo hacia atrás la cabeza previno a su camarada, en alta voz, con estas palabras: “¡No te pares con la gente, que aun te quitarán la cartera!”. Esta actuación le sentó fatal al destinatario por ser puesto en evidencia ante los presentes y más teniendo en cuenta que el señor que le había preguntado la hora era nada menos que un sacerdote de avanzada edad vestido, como era entonces habitual, con la clásica sotana, así que el aviso no podía ser más inoportuno.

A juzgar por las actuaciones anteriores supongo que debieron de tener unos cuantos tropiezos durante el tiempo en que deambularon por Zaragoza, pero uno más, que mi informador comenta, fue que tomaron el tranvía “Venecia-Delicias”, que iba a Torrero desde la avenida de Madrid y viceversa, y aunque tenían como destino la calle Vista Alegre que se halla cerca del parque Pignatelli, no tomaron bien la referencia de donde debían apearse y cuando el tranvía estaba llegando al final del recorrido, lejos de la calle a la que pretendían ir, preguntó uno de ellos al conductor si ya estaban cerca de “la parada vista alegre” a lo cual el empleado, con aire socarrón, sin volver la cara le contestó: “No; cerca de aquí está la parada vista triste”. No le faltaba razón porque ya casi se veían la cárcel y el cementerio de Torrero que era a lo que el conductor se refería, aunque no le hubiera costado mucho ser un poco más amable y educado con aquellos usuarios del tranvía en el que se ganaba cada día las habichuelas, por más que los viera con pinta de despistados y pueblerinos.

En aquella época el ir desde el pueblo a Zaragoza efectivamente daba lugar a constantes problemas porque había muchas cosas que eran vistas por primera vez por el que venía del pueblo, como los tranvías, los teatros, la multitud de coches, las considerables distancias, etc., etc..Casi todo era diferente, incluidas las normas de comportamiento, el atuendo y hasta la forma de hablar. Cuando se permanecía durante el suficiente tiempo en esta ciudad, se volvía al pueblo con bastantes conocimientos, adquiridos muchas veces, al igual que nuestros amigos, a base de tropiezos. En algunos casos como en el de los quintos en fase de hacer la preceptiva mili, a veces no se podía evitar volver con cierto aire de suficiencia, que es lo que le sucedió al militar que protagoniza uno de mis relatos que titulo “chascarrillos”.

Zaragoza, que nos atraía de forma especial por tener a nuestra Virgen del Pilar, mostraba realmente aires de gran ciudad y había que ir a ella con cuidado y bien aconsejado, so pena de encontrar problemas, eso sí más enojosos que importantes; sin embargo el ir a nuestra capital, Teruel, no daba lugar a ninguna dificultad (salvo la del complicado viaje), porque era como un pueblo grande en el que no se sentía la más pequeña hostilidad del entorno. Quizá esto sea la razón de que quienes hemos vivido un tiempo en esta encantadora ciudad le tengamos un cariño muy especial y la recordemos de una forma entrañable.

miércoles, 7 de julio de 2010

El desmayo

Contaba mi padre que, en cierta ocasión, estando varios amigos en el café-bar del tío Pablo uno de ellos tuvo una especie de desmayo y se quedó como muerto. Trataron inútilmente de reanimarlo y cuando vieron que no respondía a los tratamientos clásicos como darle bofetadas, hacerle beber coñac o un vaso de agua, etc., consideraron que lo más conveniente era llevarlo urgentemente a la casa de sus padres situada en las proximidades del abrevadero del barrio Bajo y llamar al médico. Entre varios amigos lo bajaron, pues, hasta la calle y cogiéndole unos de las piernas y otros de los brazos iniciaron el camino hacia su casa con la limitada rapidez que permitía el peso del paciente, que era mucho. Al llegar a la bifurcación de calles que hay al final de la iglesia tuvieron dudas sobre el mejor camino a seguir ya que el del barrio Bajo era más llano y más corto pero estaba más concurrido y sería todo un espectáculo el verlos pasar de aquellas formas, y la calle de arriba tenía otros inconvenientes; así que allí seguían parados sin decidir el mejor trayecto, cuando el presunto muerto, con voz de ultratumba, dijo: “por esta, por esta calle iba yo cuando estaba vivo”. La sorpresa mezcla de rabia y de asombro hizo que todos los portadores lo soltaran a la vez y el “muerto” emprendió veloz carrera hasta el bar de partida seguido de sus amigos cargados de aviesas intenciones. Una vez que llegaron todos al bar, el enfermo imaginario les invitó a una copa, les dijo “qué bien os he engañado” y los demás le respondieron que había escapado por los pelos de recibir allí mismo un justo castigo, y le perjuraron que si alguna vez tenía un problema de verdad tendría que ir solo a casa como buenamente pudiera, pues eso había conseguido con el engaño.
Desconozco la probabilidad de certeza de este relato, pero está tan bien ambientado que si no sucedió realmente, bien pudo haber sucedido ya que era normal en aquella época gastarse bromas pesadas, ya que las sencillas no tenían suficiente enjundia. El ambiente de nuestro Ariño entonces era así, qué queréis que os diga.

martes, 22 de junio de 2010

El gua

Cuando yo era un niño (hace ya muchíiiiisimos años), nuestra necesidad innata de jugar la satisfacíamos por medio de juegos de bajo o nulo coste porque, aunque no estábamos en crisis (“momento en que se produce un cambio muy marcado en algo”), estábamos siempre bajo mínimos en disponibilidad monetaria; así que solo jugábamos con cualquier cosa que supusiera un desembolso económico insignificante.

Uno de estos juegos en Ariño era el gua. Consistía en la competición entre dos chicos (las chicas jugaban a otras cosas), provistos cada uno simplemente de una canica, que nosotros la llamábamos pitón, y era el nombre más empleado entonces en muchos pueblos de Aragón. Lo de canica se ha impuesto posteriormente.

Estos pitones eran de varias clases: de cristal (que la mayoría eran verdes y procedían de las botellas de gaseosa), de acero pulido (procedentes de rodamientos), de piedra, y de cerámica. Estos últimos eran los más utilizados, ya que los otros eran demasiado resbaladizos y además los de cristal eran frágiles, los de acero excesivamente pesados, y los de piedra más caros (la regla comercial era que uno de piedra valía por cuatro, o más, de cerámica).

Los de cerámica tenían un peso muy adecuado y solo el inconveniente de aparecer, recién estrenados, con la superficie muy lisa; sin embargo al cabo de un tiempo de uso, debido a los roces y choques a los que eran sometidos de continuo, adquiría la rugosidad óptima requerida para este juego. Al pitón que tenía las mejores condiciones de tamaño, y rugosidad y por tanto funcionaba mejor, en algunas partes se le llamaba “la tiradera” y es el que se reservaba para jugar. Los demás de cerámica se utilizaban para el pago de las partidas perdidas, como indicaremos en su momento.

Para jugar al gua había que situarse en una superficie plana para que no se produjeran rodaduras inconvenientes de las canicas, y era mejor la tierra que el cemento, porque en este último tipo de suelo los movimientos de los pitones eran más difíciles de controlar debido al menor rozamiento; sin embargo, a pesar de dicho inconveniente, tenía otras ventajas y, por ello, también se jugaba al gua en algunas superficies de cemento.

Se requería que en el suelo hubiera un pocete (llamado gua) más o menos profundo y de unos seis a ocho centímetros de diámetro, como algunos que había en la plaza mayor, que se formaron por casualidad cuando se cubrió la plaza, que era de tierra, con una capa cemento. Se ve que quedaron algunas gravillas demasiado superficiales y, con un poco de ayuda, se fueron desprendiendo, dando lugar a un par de agujeros muy adecuados para el juego que estoy explicando.

Para jugar, después de los acuerdos previos, se situaban los dos jugadores a una determinada distancia del gua y se tiraban sucesivamente los pitones tratando de dejarlos a la menor distancia posible del agujero y, con suerte, dentro de él. El ganador de esta primera operación llevaba la iniciativa en la parte siguiente del juego que consistía en los siguientes movimientos: primero el gua, que era introducir el pitón en el agujero. A continuación se hacía lo que llamábamos chiva, que era golpear al otro pitón, luego el pie, que era separarlos, por medio de un nuevo impacto, a una distancia de más de un pie; acto seguido tute, que era igual a chiva y, finalmente gua, que era meterlo otra vez en el agujero.

La práctica de todos los movimientos se hacía con las dos manos: la izquierda con el pulgar en el punto donde se hallaba situado el pitón propio en la fase correspondiente y el meñique tocando a la mano derecha, que sujetaba al pitón entre el índice y el pulgar y este dedo era el que lo impulsaba finalmente, a modo de proyectil, para lograr lo requerido en cada una de las sucesivas fases del juego.

Cuando se fallaba el tiro en cualquier fase, pasaba la iniciativa al otro jugador, empezando este por la fase en que hubiera quedado con anterioridad.

El primero que completaba todas las fases era el ganador de cada juego, y su oponente tenía que darle lo acordado, que podía ser un pitón, un cromo, una chapa, o incluso una moneda, generalmente de cinco o de diez céntimos de peseta.

Este juego era uno de los más populares y lo practicábamos continuamente. Los que tenían más habilidad llevaban siempre los bolsillos llenos de pitones que terminaban vendiéndoselos a los menos habilidosos, así que al final la habilidad se traducía en dinero, cosa que tiene su miga, y también era un detalle curioso que los chicos más expertos en estos juegos eran los que peor iban en clase, que es una demostración de la existencia de una especie de ley compensatoria que se refiere al conjunto de las facultades con que somos dotados los individuos de la especie humana.

Para finalizar se me ocurren dos observaciones: la primera, que era admirable que un juego tan simple tuviese tan gran aceptación a pesar de que había que estar todo el rato con una rodilla en tierra, y la segunda, que este juego es más fácil de practicar que de explicarlo y que algo que precisa tantas explicaciones se aprendía, viéndolo practicar, en menos de un minuto, incluso por los chicos menos espabilados, lo que nos indica la gran ventaja que tiene la enseñanza con ejemplos y ejercicios prácticos, frente a las explicaciones demasiado teóricas, como las que he utilizado en el presente escrito.

viernes, 23 de abril de 2010

La acequia del molino

Entre el manantial de “Los baños” y lo que fue molino de harina, había en Ariño una acequia que, separada del río Martín por un largo y espeso cañar y siguiendo el contorno de los huertos de “Darcos”, conducía el agua, recién nacida en los manantiales, hasta un depósito de obra anexo al molino.

Este depósito era una especie de chimenea de unos diez metros cuadrados de sección rectangular y una altura de unos cuatro. Desde arriba se veían los remolinos del agua antes de precipitarse hacia las turbinas con un estrépito considerable.

La acequia, excavada en el terreno, estaba forrada de obra de mampostería y fratasada con cemento, y mediría algo menos de dos metros de anchura y casi dos metros de profundidad. Estaba bien trazada y construida y tenía, a poca distancia de su comienzo, dos tajaderas metálicas perpendiculares entre sí, la una transversal a la acequia para cerrar el paso del agua hacia el molino, y la otra anterior y lateral para darle salida hacia el río. Estas tajaderas se accionaban manualmente cuando era necesario desviar de nuevo hacia el río el agua ya encauzada, fuera porque se precisase realizar reparaciones de las máquinas del molino, o por evitar desperfectos en ellas y el embarrado de la propia acequia, que pudieran producir las fuertes, y entonces frecuentes, avenidas del río Martín .

El caudal debía de ser de más de dos metros cúbicos por segundo y en el agua, muy transparente, se percibían barbos de considerable tamaño. Era impresionante verlos nadar enérgicamente a contracorriente a pesar de la elevada velocidad del agua. Incluso una vez vi una anguila, y a pesar de que me conocía bien los ríos de Ariño, nunca más tuve ocasión de hallar otra en ninguna parte, salvo un día en que mi tío Antonio, que era buen pescador, atrapó una, a mano, en la orilla del pozo que llamamos “La cueva de la Marta”.

El situarse a la orilla de aquella acequia infundía cierto temor porque no tenía protecciones laterales y en caso de caída accidental, dada la fuerza del agua y que no era posible asirse más que a algún que otro zarzal, existía una alta probabilidad de acabar en las turbinas del molino o en algún rastrillo de ramas que posiblemente hubiera, cosa que yo no llegué a saber con certeza. En cualquier caso significaba un alto riesgo de perder la vida.

Esta sensación de peligro y el andar por allí con cierta frecuencia, ya que mi abuelo tenía un huerto en aquella zona, hizo que me inventase un original test para determinar mi grado de integración con personas queridas, para lo cual hacía una lista mental con ellas y me sometía a la siguiente pregunta: ¿Si accidentalmente esta persona se cayera a la acequia, sería capaz de tirarme al agua para intentar salvarla? Yo mismo me llevaba sorpresas, porque la autorespuesta no siempre era afirmativa, y ello me permitía conocer por quién sería capaz de poner mi vida en alto riesgo de pérdida. Este ejercicio parece una tontería pero, sobre todo teniendo en cuenta que yo no era más que un chaval, tenía su miga. Esta ocurrencia, me sorprendió a mí mismo y, a pesar de los años transcurridos, la recuerdo siempre como un curioso ejercicio psicológico para la valoración del nivel de los afectos.

Aquella acequia, además del encanto natural del agua y de la agradable visión de los peces, me producía una gran admiración por ser una obra de gran utilidad para el pueblo, especialmente por dedicarse a mover el molino para el pan, cosa tan esencial en aquella época, y me hacía sentir una gran admiración por las personas que idearon todo aquello y gestionaron su construcción, puesta en servicio, y mantenimiento.

En estos momentos tengo entendido que dicha acequia está aterrada en el sentido físico y hasta pudiera ser que en el metafórico. No he confirmado la información mediante visita al lugar, porque estoy seguro de que me produciría mala impresión el comprobar la falta de interés que supone el despreciar la posibilidad de aprovechar la energía del agua, por ejemplo para reconvertir el molino en minicentral, como se ha hecho en muchos sitios, que permitiera incluso abastecer de forma autónoma los importantes requerimientos energéticos del previsto balneario. Hay que reconocer que generaciones anteriores, con menos medios, estuvieron mejor mentalizadas que las nuestras en estos aspectos.

Me temo que, para colmo, se trata de un error irreparable, debido a la ubicación de los cimientos de los pilares del puente que conduce al proyectado balneario, justo en la trayectoria de la acequia, en lugar de respetarla, como hubiera sido lo lógico.

Sería para mí un motivo de gran alegría saber que los aspectos del relato que he supuesto debido a comentarios oídos al respecto sin comprobación detallada in situ, finalmente no fueran ciertos; pero, mientras tanto, me propongo recordar a la acequia y al molino como eran en mi época de niño, y correr un tupido velo sobre el triste final de esta historia.

jueves, 25 de marzo de 2010

Los latones

Ante todo comenzaré por explicar qué son los latones, por si alguien no conoce estos curiosos frutos. Cuando están maduros son unas bolitas casi negras de algo menos de un centímetro de diámetro, que tienen una piel fina y dura, una pulpa amarillenta comestible de sabor dulce, y un hueso esférico de poco más de medio centímetro. Pertenecen a la familia de las drupas que son los frutos con piel, carne y una sola semilla, como las ciruelas, las cerezas, etc. Los producen los latoneros, árboles de madera noble y correosa de los que se sacan buenas varas y, si no estoy equivocado, los garrotes largos que usan los pastores. Estos árboles son raros y en Ariño hay unos pocos, llenos de polvo, próximos a la cuesta de las bodegas, a la orilla de la carretera, cerca de las huellas de los dinosaurios. Aunque el nombre de latonero es correcto, más técnico es almez, por extraño que parezca. En Zaragoza los veo plantados en los jardines públicos y en los alcorques de las aceras. A veces, cuando tienen latones maduros, cojo algunos, recordando prácticas de la infancia.

El nombre y aplicaciones eran generalmente conocidos por los chicos de los pueblos con ligeras variaciones en la denominación; en cambio los de las ciudades, cuando oían la palabra latón, supongo que pensarían que se referían a la aleación de cobre y cinc de color amarillo claro, susceptible de gran brillo y pulimento, como lo define la Real Academia.

Volviendo a las actividades de los chicos de Ariño en edad escolar que fueron objeto de mi anterior relato, había una que gozaba de gran atractivo en otoño, que era el cañoneo con los huesos de los latones. El sistema consistía en proveerse de una caña con diámetro interior adecuado y de una longitud de algo más de un palmo, cargarla con un hueso y, soplando con fuerza, lanzarlo con la mayor velocidad posible.

Menos mal que no nos explicaron entonces que algunos indígenas lanzan por este procedimiento hasta dardos envenenados, porque es sabido que los niños lo van probando todo, y aprendiendo a base del principio del escarmiento. Imagino también las dotes creativas de quien fue capaz de inventar dicho aparato relacionando los misteriosos huesecillos y la posibilidad de utilizarlos con finalidad agresiva; sin embargo la inventiva no pasó de este nivel, porque aunque el uso del aparato coincidió con nuestro conocimiento de las armas de fuego por medio de los tebeos y de las películas del Oeste, no inventamos algún sistema de carga rápida de los latones o de repetición como los utilizados por los revólveres, los rifles o las ametralladoras, aunque fuera en versión simple.

El aparato, dentro de su sencillez, funcionaba con eficacia y, si el canuto estaba bien calculado, era sorprendente la velocidad del ecológico proyectil, la rectitud de su trayectoria y la energía del impacto. Eso sí, como queda insinuado, la recarga para un nuevo lanzamiento era relativamente lenta, lo que le quitaba capacidad combativa.

La problemática principal de este digamos juego, era el acopio de los latones, ya que, como he indicado, en Ariño no había latoneros productivos; así que había que ir hasta cerca de la sima de san Pedro a buscarlos, porque allí estaban los más próximos. Esto representaba dos problemas: uno era la distancia de varios kilómetros, y otro, que se hallaban en el término de Oliete, y los zagales de ese pueblo también los utilizaban. Y comoquiera que las relaciones entre los chicos de los pueblos vecinos, si no había un factor moderador no eran especialmente amistosas, el encuentro de las dos bandas de aspirantes a la recolección solía terminar en combate a pedradas, técnica en la que había unos cuantos expertos en ambos bandos y, aunque el arte de esquivarlas se dominaba muy bien, no era extraño regresar al pueblo con algún combatiente descalabrado.

El caso es que, de una u otra forma, muchos chicos llevábamos bolsilladas de latones, de huesos de latón, y la famosa caña. Luego, dependía de la mentalidad de cada uno el uso más o menos agresivo que de este equipo se hiciera. Algunos tenían la mala sombra de tirarles latones a las chicas, que no eran partidarias de este tipo de “juegos” y por tanto existía ventaja sobre ellas, aunque también se tenía muy en cuenta los “rebotes” que podían sobrevenir de los amigos y familiares de las mozas, como consecuencia de tales agresiones.

Con todo, lo más divertido era disparar contra otro chico equipado reglamentariamente y, era ya la repanocha, cuando a veces se producían tiroteos entre grupos organizados cuidadosamente en dos bandos participando los chicos más aguerridos.

Yo siempre consideré este juego como algo peligroso, aunque no por ello me privé de practicarlo. Realmente en caso de darle a alguien con uno de estos proyectiles en un ojo se le podía dejar tuerto. Cierto es que era poco probable la coincidencia, pero a veces el diablo hace afinar la puntería y suceden las desgracias; sin embargo en Ariño los ángeles de la guarda, que los llevábamos siempre a mal traer y haciendo horas extras, realizaban muy bien su trabajo y, que yo sepa, nunca se produjeron en realidad estos potenciales y temibles percances.

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